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Los fantasmas que recorren Popayán

El lunes 9 noviembre, 2015 a las 8:59 am
Jorge Muñoz Fernandez

MATEO MALAHORA mateo.malahora@gmail.com

Tres fantasmas recorren el municipio de Popayán: el fantasma del desplazamiento, el fantasma del desempleo y el fantasma del postconflicto.

artelista

Ilustración: Artelista.

Los fantasmas de Popayán no son apariciones esporádicas, son fenómenos que inquietan y sobrecogen tanto a quienes son protagonistas en calidad de actores victimizados, como a quienes sin serlo observan los fenómenos desde una óptica preocupante para la suerte y el futuro del Departamento y, particularmente, para nuestra capital, donde la crisis es más sentida y visible en virtud de la caucanización de la pobreza, cuyo asentamiento en la ciudad no sólo tiene raíces en el conflicto armado sino en la desigualdad enorme entre el campo y las ciudades impuesta por el modelo político vigente.

Hay que aclarar que la migración campo-ciudad, por espontanea que sea, es un fenómeno también político, agravado por el desplazamiento forzado, y no como lo trataron, incluso, funcionarios del Estado y enemigos del proceso de paz de manera ordinaria, al sostener que las masacres originaron migraciones voluntarias, desconociendo las implicaciones de las hostilidades militares.

Migrantes, perturbadores de los semáforos y dementes, toda una calificación de epítetos vulgares para esconder el hecho irrefutable, como lo acredita Planeación Nacional, que los desplazados constituían un cuarto de la población rural del país, lo que ya explicaba la profunda crisis social y agroalimentaria del sector agrícola nacional, no el principal, que terminó por agravar, severamente, la economía caucana y de nuestra ciudad, con enormes diferencias en la manera como sus habitantes accedían al bienestar y la cultura.

Una familia campesina propietaria de treinta plazas de tierra, con caña panelera, café, y frutales, víctima de los actores del conflicto, como lo registró el entonces Defensor Nacional del Pueblo, Jaime Castro Caicedo, se vio ante la disyuntiva de “me vende usted o negocio con la viuda” y optar por los cinturones urbanos de miseria para no morir… A ellos les llegaron a llamar migrantes voluntarios.

Los ciento cuarenta mil desplazados de Popayán no sólo hacen parte de los colombianos empobrecidos por la fuerza, la violencia política y la violencia institucional, sino que, además, terminaron sometidos a un imperioso proceso de familias en acción y sisbenización electoral.

Esos fantasmas que recorren nuestros pueblos y ciudades nos hacen recordar a Rafael Alberti con su canto comprometido con hombres y mujeres que fueron empujados hacia abajo, aquellos que al llegar a la ciudad les cerraban las ventanas, las puertas y las oportunidades: “cerremos, cerremos pronto las fronteras”.

Al fantasma de los desplazados el Estado tiene que tratarlos como colombianos, seres humanos caídos en desgracia, no como capital humano para que produzca simplemente capital en las fábricas.

Humanizar el concepto de la política es abrevar en el derecho internacional de los derechos humanos para construir ciudades donde la armonía social, como discurso, no sea una estrategia que prolongue la desigualdad social.

De qué vale reubicar a vendedores ambulantes si su manera de llevar pan a los manteles de su casa no crea condiciones para salir de la pobreza.

Pensar que la composición social de nuestras ciudades nada tuvo que ver con el pasado y, sobre todo, con el pasado remoto, es creer que los conflictos que soportan nuestras ciudades fueron causados únicamente por fuerzas extrañas o actores violentos.

Tiempos hubo en que artesanos, vendedores y comerciantes estaban agremiados y hasta la justicia era más despejada.

Y hablamos de ciudades pequeñas en el Medioevo, donde aprendices, jornaleros, incluso constructores y maestros arruinados, los trabajadores a destajo de la ciudad, como hoy pudiésemos llamarles y pequeños comerciantes, tenían sus propias agremiaciones para luchar por sus reivindicaciones. De su seno nacieron los obreros.

Más sensatez y decencia tuvieron los señores feudales y la Iglesia para tratar el problema de los vendedores.

Como los lugares “invadidos” por los buhoneros eran los espacios de las puertas de entrada a las Iglesias, único sitio de congregación momentánea de los reyes, la nobleza y los feligreses que asistían los domingos a escuchar, sobrecogidos, las patéticas escenas del purgatorio, el limbo, el cielo y el infierno, las autoridades, para proteger los lugares santos y aislarlos del bullicio, fijaron días especiales y lugares para la realización de los encuentros mercantiles.

Eran los campesinos quienes llevaban los productos que cultivaban al mercado, directamente al paladar de los reyes, nobles y señores, sin la participación de intermediarios ansiosos, campesinos que también solían abastecer a los artesanos.

Si las condiciones sociales, culturales y económicas hicieron posible el advenimiento de la economía mercantil en el Medievo, no es aventurado pensar que en la Popayán del postconflicto existen condiciones para hacer de la ciudad un modelo productivo donde la educación, la salud, la reinserción y el bienestar constituyan un modelo incluyente en el contexto la economía nacional. Para ello no es necesario agua bendita para ahuyentar los fantasmas sino voluntad política y apoyo institucional. Hasta pronto.

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