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LOS DOCE CÉSARES

El martes 7 junio, 2022 a las 10:47 pm

LOS DOCE CÉSARES (1) / Julio César

Donaldo Mendoza

   Para este artículo, la fuente es el volumen 12 de Biblioteca de la historia, Sarpe (1985). Y su autor, el historiador y biógrafo Cayo Suetonio (Imperio romano, 10 a 60 d.C.). El propósito no es hacer una reseña de las doce biografías, sino mostrar algunos aspectos relevantes, más de la vida que de la obra, en la intención de avecinar su interés a nuestros días, razón de ser de los textos clásicos: hacernos sentir contemporáneos suyos.

   Respecto a la obra, Julio César (12 de julio del año 100 a. C. a 15 de marzo del 44 a.C.), es el primero de los doce césares; el último es Tito Flavio Domiciano (24 de oct. de 51 a 18 de sept. de 96 d.C.). Suetonio describe cuatro momentos en la vida de estos emperadores: los padres y la infancia, los años en el poder, rasgos de la personalidad y las circunstancias de su muerte. Asimismo, como elemento de estilo, Suetonio pone énfasis en la anécdota para mostrar al desnudo la personalidad y el contexto cultural.

   De los doce, Julio César parece el más visionario. Muchas de sus frases y sentencias tienen una resonancia que les da olor de presente; por ejemplo, una que por estos días le escuchamos a una fórmula vicepresidencial: “Dispuesto a darlo todo con gusto, hasta el anillo, por aquellos que defienden su dignidad”. O lo que una persona sensata diría respecto al volumen de normas en los códigos o en la constitución, que en su mayoría pasan como letra muerta: “…quería reducir a su justa proporción todo el derecho civil y compendiar en poquísimos libros lo mejor y más indispensable del inmenso y difuso número de leyes existentes”.

   Una cosa que hoy podría ser considerada como mera vanidad, en aquellos tiempos ponía en alto riesgo la reputación de quien la mostrase: “(J. César) no soportaba con paciencia la calvicie, que lo expuso más de una vez a las burlas de sus enemigos. Por este motivo, atraíase sobre la frente el escaso cabello”. Y el caballo, que entonces era medio de transporte y máquina de guerra, decía mucho de la presencia de su dueño, que no ahorraba calificativos en ponderar las virtudes de su ejemplar: “Montaba un caballo singular, cuyos cascos parecían pies humanos, pues estaban hendidos a manera de dedos”.

   Un tópico que en aquellas calendas cumplía papel determinante en la vida de los romanos, incluso más que la religión y los dioses, eran los presagios, los sueños, los augurios… Con una continua presencia en la mente de los ciudadanos. Los lectores recordarán que el anuncio de la muerte de Julio César la anticipó un augurio: “…el arúspice Spurinna le advirtió, durante un sacrificio, que se aguardase del peligro que le amenazaba para los idus de marzo”.

   Y en efecto, también recordará el lector la dramática escena cuando César encara a Bruto, conspirador, diciéndole, mientras le apuñalan: “¿También tú, hijo?”. Sucumbió Julio César a los 56 años de edad, y fue puesto en el número de los dioses, “por unánime sentir del pueblo, persuadido de su divinidad”.

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