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Jueves, 18 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

LOS DOCE CÉSARES (4)

El viernes 22 julio, 2022 a las 9:40 am

LOS DOCE CÉSARES (4)
Tiberio Claudio Druso, (Nerón), Tito Flavio Vespasiano

Donaldo Mendoza

Siguiendo el uso de la tradición y la costumbre, los llamaremos Claudio, (Nerón) y Vespasiano. La razón de Nerón en paréntesis es porque ya se le mencionó bastante en la reseña del libro Anales del Imperio romano, de Cayo Cornelio Tácito.

Además de Nerón, cinco césares no serán comentados; en parte, para limitar a cuatro las entregas; y en parte también por su discretísima recordación (Servio Sulpicio Galba, M. Salvio Otón, A. Vitelio, Tito Flavio y Tito FlavioDomiciano).

Claudio (ago. 1 o. de 10 a. C. / oct. 13 de 54 d. C.). Todo en este emperador parece una obra caprichosa del destino, al punto de que su madre Antonia es la más sorprendida. En efecto, en un desnatural afecto se refiere a él con la más cruel retórica: sombra de nombre, infame aborto de la naturaleza; y cuando quería hablar de un imbécil, decía: Es más estúpido que mi hijo Claudio.

Atolondrado capricho fue también su llegada al mando supremo, a la edad de cincuenta años. Hasta los pronósticos, que tanto determinaban la cotidianidad de los romanos, se vieron sorprendidos, y Claudio sí que más: “Se arrojó a los pies de un soldado suplicándole que no le matara; el desconcertado oficial le hizo el saludo que correspondía al emperador”. Pero, como Sancho en su ínsula, Claudio empezó a dar muestras de una sabiduría comparable al rey Salomón: “Una mujer se negaba a reconocer un hijo suyo; como por una y otra parte fuesen dudosas las pruebas, Claudio le mandó que se casase con el presunto hijo, obligándola de esta manera a confesase madre suya”.

Otro acto de gobierno en que no fue inferior a sus homólogos fue en desterrar de Roma a los judíos, que, “excitados por un tal Cresto, provocaban turbulencias”. Aparte del interés que reviste la mención de Cristo, vale precisar que para esta época los romanos aún no distinguían a los cristianos de los judíos (repartidos estos entre saduceos, fariseos, esenios y, cristianos). Una circunstancia que hace pensar que este emperador sufrió el «mal de alzhéimer» eran sus frecuentes olvidos, desde lo más simple hasta lo más grave: “Al poco tiempo de haber ordenado la ejecución de Mesalina, preguntó, al sentarse a la mesa, por qué no venía la emperatriz”. De esta y otras taras descansó Claudio a los sesenta y cuatro años de edad y catorce de reinado.

Convienen todos en que murió envenenado. T. F. Vespasiano (17 de nov. de 9 d. C. / 23 de jun. de 79). Este emperador fue el determinador de la diáspora judía que duró casi dos mil años, y de algún modo despejó el camino para la difusión del cristianismo, con todos sus azares. Al principio de esta biografía, Suetonio recoge una anécdota que hace pensar en la rapidez con que se difundían ya los «hechos» de Jesucristo y su leyenda también, especialmente entre las gentes más humildes.

En efecto, una circunstancia singular se presentó para imprimir en la persona de Vespasiano un sello de grandeza y majestad, y de temprana leyenda también. Sucedió en Egipto, provincia de Roma: “…dos hombres de pueblo, ciego el uno y cojo el otro, se presentaron juntos ante su tribunal, suplicándole les curase, pues decían que, estando dormidos, les había asegurado Serapis, al uno que recobraría la vista si el emperador le escupía en los ojos; al otro que caminaría recto si se dignaba tocarle con el pie. No podía creer en el éxito de aquel remedio, y ni siquiera se atrevía a intentarlo; pero al fin, vencido Vespasiano por las instancias de sus amigos, probó a hacer lo que le pedían delante de la asamblea, y los dos hombres fueron sanados”.

Y no es mera leyenda esa del “milagroso” Vespasiano, su vida de legionario y emperador después, está hondamente ligada al contexto cultural del judaísmo y el naciente cristianismo; en efecto, Vespasiano hizo creer que la profecía de un rey salvador que los judíos esperaban, era él: “Era una antigua y arraigada creencia extendida por todo el Oriente que el imperio del mundo pertenecería por aquel tiempo a un hombre salido de la Judea.

Este oráculo, que como demostraron los sucesos se refería a un general romano…” Se sabe que esa y otras circunstancias desencadenaron la guerra de los judíos contra el Imperio, contada por un historiador judeo-romano que tomó el nombre del general después de haber peleado del lado de sus hermanos y caer prisionero: Flavio Josefo (37 d.C. – 100). Conducido a Roma, “cargado de cadena, no cesó de afirmar que no tardaría en devolverle la libertad el mismo Vespasiano. Vespasiano emperador”.

Especialmente significativa es la empatía de Suetonio con este césar, el más virtuoso: “Mostró en todo lo demás gran moderación y bondad desde el principio hasta el fin de su reinado. Jamás ocultó lo humilde de su origen. (…) No tenía memoria ni resentimiento para las ofensas y enemistades”. Serena fue también su muerte, convencido de su legendario destino: “Al principio de su última enfermedad dijo: «¡Ay de mí, me parece que me hago dios!»”.

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