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Miércoles, 10 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

LOS DOCE CÉSARES (3)

El lunes 4 julio, 2022 a las 10:01 pm

LOS DOCE CÉSARES (3)
Tiberio Nerón y Cayo Calígula

Donaldo Mendoza

   Tiberio y Calígula, un dúo de desdichados que compitieron a ver quién iba más lejos en inventar maldades. Ingenuo cualquiera que aún hoy diga que la persona nace buena y las circunstancias sociales la corrompen. No. El ser humano muestra su real condición cuando se le enviste de poder. En el caso romano, el poder se hacía absoluto cuando se le atribuía una «majestad divina», con el aval supersticioso de los gobernados. En suma, el poder sin control enloquece y la crueldad es su connatural patrimonio.

   Tiberio Nerón (16 de nov. de 42 a. C. a 16 de marzo de 37 d. C.), más conocido como Tiberio.  Su reinado fue largo, desde el año 14 d. C. hasta su muerte. La gran paradoja de estos personajes era atribuirse una naturaleza divina, al mismo tiempo que desconocían a los dioses: “Tenía tanto menos celo por los dioses y la religión (…) se había entregado a la astrología (…) persuadido de que todo lo dirigía el Destino”. Fue implacable en perseguir toda ceremonia de carácter religioso, con más saña si era “extranjera”. A los judíos que habitaban en Roma, acusados de practicar “ritos supersticiosos”, se “los obligaba a quemar las vestiduras y todos los objetos que servían para su culto”, y quienes persistían eran sometidos a perpetua esclavitud.

   Suetonio no guardaba buenos recuerdos de este emperador, dado que en su biografía dejó casi sin espacio alguna obra de gobierno en beneficio del pueblo, en tanto que sus actos perversos sí los magnificó, a veces en grado de truculencia. De “crueldad gratuita” califica los actos de esa naturaleza, y en satisfacer su inclinación perversa agotó Tiberio todos los andamios de la crueldad. “Seguros de la condena, muchos de los llamados por la justicia suicidáronse para evitar los tormentos y la ignominia; otros se envenenaron en pleno Senado”.

   Murió a los setenta y ocho años de edad. La noticia de su muerte despertó en Roma una multitudinaria alegría.

   Cayo Calígula. Vivió este emperador veintinueve años (del 12 al 41). Reinó tres años, diez meses y ocho días. Gobernó con la misma receta de Tiberio: la crueldad. Se complacía en repetir la frase de una tragedia: «Que me odien, con tal que me teman». Justo para contrariar aquello de que es bueno el poder “cuando es el poderoso más amado que temido”. Con el don profético que tienen los autores que escriben para la posteridad, Suetonio intuía que en gobernantes como los dos de este escrito pelechaba el germen de la ruina y caída definitiva del Imperio romano, por eso fue tan implacable al biografiarlos.

   Calígula se regodeaba en la maldad, tal como lo desnuda Suetonio: “…uno de sus placeres más gratos (era) presenciar las torturas y el último suspiro de los condenados”. Pronto el autor nos dice que deja de hablar del príncipe, y “ahora hablaré del monstruo”. Y es que este engendro del mal no se detenía en reparos: “Proclamaba que su madre había nacido de un incesto de Augusto con su hija Julia”. De lo que sacaba provecho para justificar sus propios actos: “Tuvo comercio incestuoso con sus tres hermanas”.

   Dijimos que Augusto alternaba sus ocupaciones de gobernante con la lectura de los clásicos griegos y latinos, además de ser un prolífico escritor. Este rey maldito, Calígula, igual que menospreciaba a los dioses, le fastidiaba el aroma de la cultura: “Despreciaba hasta tal punto la elegancia del estilo, que llamaba a las obras de Séneca puras amplificaciones de escuela y arena sin cimiento”.  

   De su obra de gobierno, Suetonio grabó con estilete esta espléndida caricatura: “…nada ambicionaba tanto como ejecutar lo que se consideraba irrealizable; construía diques en mar profundo y agitado; hacía dividir las rocas más duras; elevaba llanuras a la altura de las montañas y rebajaba los montes a nivel de los llanos; hacía todo esto con increíble rapidez, y castigando la lentitud con pena de muerte”.

   Muchos prodigios anunciaron su muerte. Que fue una muerte violenta. Como si tal suerte la hubiese llamado su rostro, que “era naturalmente horrible y repugnante”.

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