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Los colombianos le tenemos pánico a la Paz

El domingo 7 abril, 2013 a las 1:03 pm

Luis BarreraPor: Luís Barrera

Nos acostumbramos tanto a vivir en guerra que los colombianos terminamos teniéndole pánico a la paz. Tanto, que hasta los propios terroristas andan “aterrorizados”, porque soplan vientos de paz.

Ahora que tenemos chico de ensayar efectivamente el cese de hostilidades y la firma de una paz negociada con el grupo insurgente más antiguo y violento del país, los colombianos pareciera que no tuviéramos la entereza y la valentía suficiente para ponerle punto final a tantos años de sangre y pobreza.

La violencia es efectiva en tanto nos roba la alegría, la confianza en nuestras creencias y valores, en la posibilidad de una cultura democrática. De manera inmediata, lo que busca la acción violenta es restar fuerza a la víctima para obtener una ventaja política, un dominio en el campo del poder, un apocamiento de la capacidad del ciudadano para reaccionar frente a la arbitrariedad y la muerte.

Más allá de las justificaciones equivocadas que puedan tenerse para ejercerla, la violencia actúa a nivel interpersonal como mecanismo perpetuador del sufrimiento y a nivel económico y social como legitimadora del negocio de la guerra. El impacto que genera la violencia conmociona de manera simultánea la capacidad de individuos y grupos para alcanzar el bienestar psicológico y su capacidad política para afirmarse en un proyecto democrático de construcción de ciudadanía.

Desbloquear este sufrimiento y reaccionar contra el poder cotidiano de la violencia se convierten con frecuencia en un círculo vicioso, pues no parece existir alternativa diferente a exhibir comportamientos guerreros, generando ante las fuerzas que nos apabullan aparatos de muerte que perpetúan las cadenas del maltrato, la sumisión y la impotencia.

Asaltados por un ímpetu vengador, pretendemos resarcirnos de la ofensa levantando en alto la bandera de la dignidad, para que el ofensor pase a ocupar el lugar del ofendido. Estableciéndose así un equilibrio precario que paga el precio de producir nuevas ofensas y humillaciones, nuevas formas de perpetuar la cadena de violencia que hemos vivido en el Cauca y Colombia entera.

Parece existir en nuestro país una larga tradición de solucionar nuestros conflictos recurriendo a las armas, una dificultad para abordar nuestros problemas sin pasar por la eliminación del adversario. Aún hoy, una persona armada goza de más prestigio que un ciudadano desarmado. Hasta hace pocos años, los partidos históricos – liberal y conservador – alimentaban ese ímpetu guerrero, pues se consideraba un asunto relacionado con la sangre y la familia defender la permanencia de uno de ellos en el poder.

Curiosamente, desde el momento en que los partidos tradicionales pactaron la convivencia, han sido otros colombianos los que se han armado para oponerles resistencia. Durante décadas no hemos tenido días de paz y tranquilidad en nuestros campos y ciudades.

Afirmar hoy en Colombia el derecho a la paz es comprometerse con un acto libertario y democrático, un ejercicio de fuerza ciudadana que busca hacer del poder un mecanismo para la convocatoria permanente a la participación política, a fin de avanzar en la construcción colectiva de un nuevo país. Afirmar en Colombia el derecho a la paz es deslegitimar a quienes irrespetan la vida para afianzar sus proyectos de dominio de intolerancia. Es negarse a que personas armadas asuman la vocería de quienes se mantienen fieles al principio de «no matarás».

Buscar la paz hoy en Colombia como lo está haciendo el gobierno del presidente Santos, es declararse en contra del miedo y la intimidación como forma de oponernos a una cierta idea caduca, perversa y retrógrada de nación. Es optar por la construcción de un país plural con proyectos de vida que crecen en medio del fuego cruzado y el peligro de las balas. Es sentirse orgulloso de ser un ciudadano desarmado que hace de su fragilidad el más alto símbolo de la democracia. Es gobernar con ideas liberales y democráticas.

Para los enemigos de la paz, para los que creen que las Fuerzas Armadas no tendrán nada que hacer cuando se firme eventualmente un proceso de paz con las FARC se equivocan, La guerra continúa contra otros actores igual de peligrosos como los reductos de las autodefensas, las bacrim, las mafias y el narcotráfico, el contrabando y la delincuencia en las ciudades que más muertos deja que el propio conflicto armado.

El Estado con la fuerza de la ley y la razón, con el respaldo democrático del pueblo durante y con unas Fuerzas Armadas poderosas y patrióticas en años no pudo derrotar la subversión, ni la insurgencia pudo llegar al poder por las armas, la violencia y el terrorismo. Entonces, no queda otro camino, que le diálogo sincero y civilizado, la búsqueda de la convivencia y la paz.

lualbamo@hotmail.com

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