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LOS BILLETES DEL REY

El martes 20 diciembre, 2016 a las 1:57 pm
Rodrigo Valencia

Rodrigo Valencia Q ©

Había una vez un país con un rey todopoderoso; cuanto ordenaba se hacía, y quienes no obedecían eran encerrados en la cárcel. Extraño monarca, tenía un espejo que no era mágico como el de los cuentos y leyendas, porque si así fuera, ya habría sacado a su comarca de todos los problemas y de su gran bancarrota. Era simplemente un rey; pero un rey con cetro, corona y todo, y al menor de sus gritos, algunos aplaudían. Y un día, no sabemos por qué, se le ocurrió que el papel moneda no tendría valor. «¡Que se recojan todos los billetes!», ordenó, y entonces comenzó la locura. Obviamente, todas las personas sentían necesario afecto por esos tesoros, esos pocos que habían logrado guardar en algún lugar escondido de la casa. «Quizá nos alcancen para esta carestía», pensaban, y naturalmente, con toda razón, cuidaban su poca riqueza para cualquier eventualidad; no querían gastarla sino minuciosamente en lo más urgente y necesario, poquito a poco. Y, claro, nadie hacía caso; todos estaban demasiado apegados a esos papelitos que el mundo inventó para comprar todas las ocurrencias que llenan la vida con cosas útiles e inútiles también, y entonces se negaban a entregarlos al rey.

Y el monarca estaba furioso porque la gente no los entregaba. ¿Qué quería hacer con ellos? ¿Un tesoro de papel, hacer un monumento a la riqueza que no existe, quizás reciclarlos para darles mejor utilidad? Nadie atinaba a entender por qué esa decisión. El país estaba pobre, muy pobre; venía a menos cada día, y hasta el sol tenía el rostro triste por mirar esa desolación.

Un grupo de niños, a pesar del engaño en que los mantenían, estaban aburridos por la gran pobreza en que vivían; no tenían juguetes, tenían hambre, no había víveres, las tiendas estaban vacías. Y habían visto el lugar donde sus padres escondían esos ahorros, y comenzaron a hurtarlos poco a poco para que sus mayores no lo notaran. Y por la noche se reunían en un lugar secreto; cada cual aportaba los billetes que había podido rescatar del escondrijo de sus padres, y así fueron formando lo que creían sería una cuenta para poderse dar gusto en todas sus necesidades, porque no querían seguir con sus carencias y problemas; ya no soportaban más. Pero el menos inocente de ellos comprendió el absurdo y les dijo: «Pero bueno, estos billetes ya no tienen ningún valor; hoy he oído que el rey les ha quitado todo su valor; solo son ahora papeles bonitos, pintados con detalles atractivos, no los vamos a poder usar. ¿Para qué hacemos esto? Y además, ya no hay nada que se pueda comprar, las tiendas están vacías; es una tontería lo que hacemos aquí, una verdadera tontería». Y todos estuvieron de acuerdo con esta reflexión, y entonces decidieron no ocuparse más de sus billetes, de su pobreza, de su intento por salir de la miseria. «¿Qué hacemos?», decían, y nada se les ocurría; estaban más que tristes con su condición.

En esas, oyeron que se acercaba algo, algo como una bella voz; cantaba una canción: «Del cielo cayó una flor, el viento se la llevó. ¿Quién la recobrará, si nadie sabe dónde está?» Y entonces los niños salieron a la calle; querían ver quién cantaba la canción.

Una bella y digna dama, elegante y de cierta edad, venía cantando esa tonada; portaba una sombrilla y una cartera; y pasó frente a ellos, los miró con afecto y pena por el descuido en que estaban. Y sus ojos escondían cierta picardía, cierto aire de superioridad. «¿Quieren algo, algo bello, algo que los sacie de felicidad?» «Síííííí», gritaron emocionados en coro. «Entonces cierren bien los ojos, y no pregunten nada, nada, nada», respondió ella. Obedecieron, y así, sin que ellos sintieran algo extraño, los volvió pequeñitos, pequeñitos, y los fue guardando uno a uno en su fina cartera de cuero, a todos los guardó allí.

Después de un rato, ellos despertaron en un mundo desconocido, como ningún otro, fantástico; con ríos y fuentes hermosas, con jardines encantados, con valles y montañas de oro… Todo era lleno de riqueza, de víveres, alimentos y cosas por doquier. «Pueden saciarse de todo cuanto quieran», les dijo la dama, y entonces disfrutaron de lo que nunca habían tenido; mucho tiempo estuvieron así. Pero un día volvió la señora con su sombrilla; la abrió, tapó el firmamento con ella, una sombra negra cayó sobre todos los chiquillos, y la noche inmensa envolvió todo.

A la mañana siguiente cada uno despertó en su casa; la miseria, las dificultades y la pena volvieron a la realidad; y en la cama de cada uno de ellos había una flor, adornada con tarjeta de filigrana que decía: «Del cielo cayó una flor, el viento se la llevó. ¿Quién la recobrará, si nadie sabe dónde está?»

RVQ

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