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LOS ÁRBOLES OYEN EL RUMOR DEL RÍO

El jueves 5 febrero, 2015 a las 2:31 pm
Bulevar de los Días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

LOS ÁRBOLES OYEN EL RUMOR DEL RÍO

Almendro joven y verdor junto a la Avenida Colombia

La mañana amaneció con frío y manto opaco. No importa para el caminante que busca el calor en el cuerpo con el paso rápido y el ojo atento. A buen ritmo la sangre también corre y la piel se alegra con el viento que llega a rozar la cara.

Ayer volvimos a ver a Cirilo, el búho de gabán gris que ha buscado el abrigo del cuarto árbol frente al Museo La Tertulia. Las iguanas están en celo y poco se dejan ver pues andan desovando en sus madrigueras. Solo hemos logrado ver a dos muy arriba en busca del sol. Tal vez son dos machos cuidando su territorio.

Hemos observado en este comienzo de año que algunos árboles que estaban casi desnudos y descuidados, han renovado su aspecto y tienen nuevo vestido verde. Las veredas lucen distintas y las cigarras lo han notado. Y, por supuesto, el río.

De intento, me he fijado en los árboles que escogieron vivir en esta parte de Cali, sirviendo de escoltas del Río. Los he mirado de frente y me he detenido a verlos y a preguntarles cuántos años han pasado de pie, firmes, y aguantando sol, agua, vientos y tempestades.

Para ellos no hay descanso, ni bonificaciones. Solo reciben a veces trasquilones en sus brazos y cortadas en sus piernas.

Algunos son corpulentos, como generales de cuatro soles, montados sobre sus raíces, mejores que percherones de cascos de cobre. Como las ceibas, las acacias o los samanes.

Otros están siempre verdes con sus cabelleras largas, como los sauces mansos. Les gusta estar muy cerquita del río, miran cómo saltan las aguas sobre las piedras y oyen cuándo cambia de compás su canto. Por la noche se agachan para lograr alcanzar con sus labios la boca del agua y sentir el frescor de su seno. Así se duermen hasta que los despierte el alba.

Cuántos secretos no guardarán tantos árboles que rondan por las riberas del Río. Han visto cómo pasan los años por sobre su corteza. Ellos también cuentan su edad por el número de sus arrugas y por los círculos de su estómago. Como una memoria electrónica guardan en sus axilas, ingles y garganta las señas del tiempo. Frente a ellos pasaron generaciones de niños que hoy son viejos. Iban hasta el Charco del burro y se bañaban en estas mismas aguas de las que hablaba Heráclito. Subían hasta San Antonio y paseaban por Santa Rita. 

Cuántas anécdotas tendrían que contar las ceibas ya centenarias, los guaduales, las palmas, los guayabos y los mangos, los guayacanes y sietecueros de la vida de su novio el Río. Por él han florecido, a él de deben su vida, ante él han derramado sus aromas y con él han dado nido a azulejos, petirrojos, canarios, carpinteros, loros, iguanas, guatines y comadrejas. 

Sí. Contemplar con ojos distintos a los árboles da más sabor al paseo. Conversar un rato con ellos o detener el paso junto al débil papiro. Ay, quién pudiera charlar muy largo con los almendros y que contaran de los requiebros de los novios bajo su sombra.

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