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Los árboles no mueren de infarto

El domingo 10 abril, 2016 a las 3:02 pm
Alfonso Luna elecciones 2014

Por Alfonso J. Luna Geller

Recuerdo, y aún me duele, cuando unos supuestos “científicos” contratados por Emquilichao, con el visto bueno de la CRC, le decretaron la muerte al árbol orejero que adornaba y brindaba sombra protectora en el parque principal de Santander de Quilichao (ver: http://bit.ly/1r9tto2).

Cuando dije que al árbol le habían aplicado la “eutanasia” actuando sólo con sentido común, que no es común, sin otra cosa que un poquitico de lógica, se me vino el mundo encima por decir que sacrificarlo nos había costado mucho dinero a todos los quilichagueños y que en su aciaga intervención había participado toda una burocracia local domesticada, que no podía ni chistar.

Me respondieron con incoherencias, según las cuales el orejero es un árbol caducifolio, es decir, que pierde su follaje por temporadas y que luego de su inmolación le había llegado era ese turno. Creyeron en su momento que los árboles mueren de infarto, porque las hojas siguieron verdes a pesar de que el tronco fue rellenado con piedras, cemento y varillas de hierro, desconociendo que su agonía es un complejo fenómeno que sufren perdiendo vigor progresivamente, pudriéndose poco a poco, y que por su debilidad adquirida, el viento, las palomas u otras plagas favorecen el trabajo iniciado por los “científicos” contratados. Inclusive en este preciso momento, el árbol es un peligro para los transeúntes pues las pesadas ramas ya podridas, o el mismo tronco, pueden desprenderse o desplomarse y causar un grave accidente. Como esto es tan de sentido común, tampoco lo ven. No ven la coloración anormal de las hojas, no notan la pérdida paulatina de su biomasa, no han visto ni la regresión de las raíces que le hizo perder al orejero su capacidad de absorber agua y nutrientes del suelo. Padece unos estertores públicos que los responsables de su mantenimiento niegan porque no quieren volver a saber nada de eso.  Nadie es responsable de nada. (ver: http://bit.ly/1RMV3q1http://bit.ly/1qHkqzW).

Pues bien, haciendo un paralelo, también se ha demostrado que las comunidades tampoco mueren de infarto. Hay muchas señales peligrosas que se van cocinando, cada día más evidentes en contra de la paz y la convivencia, de la supervivencia social, y a pesar de ello, las autoridades administrativas que tienen la responsabilidad de mantener con vida sana la sociedad colombiana, las instancias políticas, judiciales, de policía o militares, asumen las alertas con desdén y displicencia. Se tapan los ojos para no verlas. “Las tales ‘águilas negras’ no existen” aseguró el comandante del Departamento de Policía Cauca en su momento; pero sus panfletos terroristas sí circulan.

Algunas bandas criminales están renaciendo con motivaciones políticas de ultraderecha, a lo colombiano. Están preparándose para continuar la guerra cuando se firmen los acuerdos de paz, para sostener la muerte y la miseria una vez el otro sector haya logrado desarmar a los tradicionales mortales enemigos de la sociedad de los últimos 60 años, todo, para garantizar el poder y la riqueza en manos de algún mesías y su cercano entorno económico, que han convencido a toda una manada de que es el único “salvador”. Y no se puede negar que algunos sectores de las fuerzas armadas y una parte de la burocracia sueñan y especulan con la posibilidad de un golpe de Estado, o algo por el estilo. Y ése renacer terrorista es otra alerta que no se ha enfrentado como debe ser. Todo el mundo sabe quién lo alienta y lo alimenta, pero se deja avanzar como la enfermedad del árbol que nadie quiere ver, hasta que se desplome.

Es mucha la gente preocupada por el fanatismo y la intimidación de nuevo cuño de las supuestas “águilas negras”, que comparten escenarios con otras bandas narcoparamilitares, como los ‘imaginarios’ “Rastrojos”, o el tal “Ejército Revolucionario Popular Antisubversivo de Colombia”, ERPAC, o los invisibles “Paisas” o la famosa “Oficina de Envigado”; que subsisten con actividades ilícitas de extorsión, microtráfico y minería ilegal, y otros bandidos que utilizan el reconocido lenguaje de quienes se han lucrado en gobiernos corruptos. Inclusive, hay mucha ansiedad por las coincidencias entre los discursos de una oposición parlamentaria y el reciente accionar armado en Antioquia, Córdoba, Cauca, etc., en contra de los procesos de paz en marcha.

Este progresivo deterioro de los derechos sociales que se va percibiendo, ejercido simultáneamente con los diálogos para el fin de uno de los conflictos armados más siniestros, está también fomentado por la desidia del Estado en implantar su persecución y eliminación total del fenómeno para poder garantizar que el posconflicto sea la preparación de una sociedad en paz, en un orden económico y político justo, que ampare derechos fundamentales y libertades públicas.

Si el Gobierno nacional se descuida y se concentra sólo en el enemigo de la izquierda, el de la derecha, igual de peligroso, irá progresivamente aterrorizando a las comunidades basándose en la “idolatrización” de un líder, el que ilumina y siempre decide todo, pero nunca es responsable de nada, sino todos los demás que están en las cárceles o en el exilio, o agazapados bajo sus alas protectoras, mientras las levanta y los deja en evidencia.

Se está, en definitiva, cocinando un grave deterioro, cada vez mayor en nuestro entorno social. Las autoridades aún tienen tiempo de atender las alertas y proteger con gestión pública todo el patrimonio social. Y en conclusión, no es lícita la pasividad, es urgente promover acciones públicas que le pongan remedio al nuevo terrorismo. El Estado tiene el deber de promover políticas que activen la paz por la derecha y por la izquierda.

Mejor dicho, la sociedad colombiana tampoco va a morir de infarto, pero está recayendo paulatinamente y requiere las adecuadas políticas sociales y de fuerza pública necesarias para lograr el bienestar auténtico de todos, por encima de las ansias desaforadas de alguien de retomar el poder porque algunos hayan depositado en él una confianza desmedida, sabiendo que en la historia son estos megalómanos quienes han causado las más grandes masacres con tal de ver satisfecho su grave trastorno, asunto que el común de la gente no ve, por ausencia de sentido común.

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