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Lograr la paz no es problema de plata

El martes 14 mayo, 2013 a las 4:35 pm
Luis Alberto Barrera Moreno

Por Luís Barrera
luabamo@hotmail.com

Al igual que la salud y la educación, lograr la paz para nuestro país no es, curiosamente, un tema de conquistar con plata, porque la hay y suficiente, más bien es un dilema de voluntad política.

En torno a cuánto será el valor real de alcanzar poner punto final al conflicto armado interno con el actor más poderoso y antiguo como lo son las Farc, se ha vuelto una apuesta mezquina que no tiene nada que ver con el meollo central de entregarle a las nuevas generaciones una patria sin tanto derramamiento de sangre y víctimas inocentes.

Para entender el costo monetario de poner en marcha y plasmar en realidad un proceso de paz sincero con las insurgencia de las Farc, hay que comprender primero el costo de la guerra y la defensa del país ante las amenazas de la delincuencia y el terrorismo que de entrada se nos lleva la friolera de $23 billones; es decir, 3,5% del PIB o 14% del presupuesto nacional.

La guerra, sin duda, tiene un costo exorbitante para Colombia. La inversión anual en materia de seguridad es escandalosa y necesaria pues tan solo en combustibles el gasto anual se ubica entre $300.000 y $400.000 millones. Los salarios de los soldados representan $9,3 billones al año. Cerca de 6% de la inversión en seguridad está directamente asociada al objetivo de combatir la guerrilla.

A estos costos hay que sumar las millonarias pérdidas que dejan los atentados terroristas a la infraestructura vial, eléctrica, minera y petrolera. Cálculos extraoficiales señalan que dichas acciones costarían al año más de $60.000 millones. También habría que sumar cosas como los gastos de las empresas privadas en seguridad y las inversiones que dejan de hacerse cada año por cuenta del hecho de que estemos en guerra.

Pues bien, no se trata de recortar el gasto de las Fuerzas Armadas y se equivocan quienes creen que se quedarán sin razón de ser, pues los enemigos no sólo son grupos guerrilleros, sino las bandas criminales y la delincuencia común que producen el 85 por ciento de los crímenes y delitos en Colombia, especialmente en la inseguridad reinante de los cascos urbanos. Según las conclusiones de un reciente estudio de la firma Raddar, tendrá que mantenerse al menos por una generación. En plata blanca, este esfuerzo podría superar los $440 billones.

Si la paz fuera tan sólo un problema de plata, los grandes empresarios y grupos financieros la financiaban con tan sólo el 1 por ciento de sus ganancias  anuales, más los recursos del estado y las ayudas internacionales de otros gobiernos. E incluso las propias Farc la financiaban con su patrimonio e ingresos que superan los 1500 millones de dólares anuales, por concepto del tráfico de drogas, sin contar toda la plata que tienen en el exterior y en poder de miles de testaferros en el país con tierras y empresas fachadas.

Se estima que cerca de 60% del total del negocio del narcotráfico en Colombia está hoy en manos de las Farc. Según Daniel Mejía, director del Centro de Estudios sobre Seguridad y Drogas, de la Universidad de los Andes, ese grupo ilegal recibe utilidades anuales cercanas a US$1.500 millones por concepto de tráfico de drogas.

“Si tomamos a las Farc como una empresa narcotraficante, y si se tiene en cuenta que el valor de un negocio se mide por el flujo futuro de sus ganancias a valor presente, el negocio del narcotráfico de las Farc tendría hoy un valor entre 4,5% y 7,5% del PIB. La explicación es esta: si reciben al año US$1.500 millones de utilidad y su negocio sobreviviera durante los próximos 10 años, el valor presente sería de 4,5% del PIB. Y si sobreviviera 20 años, el resultado sería 7,5% del PIB”, señala Mejía.

Si bien es tentador creer que el fin del conflicto implicaría que el país podría ahorrarse un buen porcentaje del gasto público en defensa, esto no podría ocurrir por lo menos en 20 años. La experiencia internacional muestra que una reducción drástica del gasto público en seguridad al cesar el conflicto podría tener efectos desastrosos.

Sin duda, la paz traería grandes beneficios económicos a Colombia. El ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, cree que si Colombia lograra la paz crecería entre uno y dos puntos porcentuales más cada año. Entre los empresarios consultados por Invamer Gallup, el 68% piensa que sus empresas venderían más y 79% cree que invertiría más si no hubiera conflicto armado.

Sin embargo, la paz también tiene unos costos económicos y financieros que no son despreciables. Si de verdad queremos los beneficios, tenemos que ir pensando en cuáles serán los costos y cómo debemos prepararnos para asumirlos, pero sin titubeos, porque el problema no es de plata y para lograr el sueño de la paz no podemos ser “machuchos”.

Mucha razón le asiste al Gobierno del presidente Santos cuando a través de sus ministros hacen un llamado en el sentido de que el ritmo de las conversaciones es insuficiente. No olvidemos que se vino encima el año electoral y el tiempo se vence para legislar sobre una eventual participación política del grupo subversivo.

No basta con hablar de paz. Uno debe creer en ella y trabajar para conseguirla lo más pronto posible porque el país está “mamado” de tanta violencia, la gente está incrédula pero en el fondo mantiene la esperanza que esto algún día tiene que cambiar.

Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerra, aun siendo tan deseada, sea sinónimo de una paz verdadera. No hay verdadera paz si no viene acompañada de equidad, verdad, justicia, y solidaridad. Pareciera en Colombia que todos quieren la paz, para seguir pecando en paz. Y para asegurarla, fabrican más mentiras y evasivas engañosas, compran más armas que nunca.

Y como el problema no es de plata, porque la primera condición para la paz es la voluntad de lograrla, tenemos que darnos cuenta que más vale una paz relativa que una guerra ganada. Que incluso la paz se puede comprar a un precio demasiado alto. Si queremos realmente la paz en nuestro país, no hablemos entonces tanto con los amigos. Hablemos y lleguemos a un pronto acuerdo con los enemigos de la sociedad. O caminamos todos juntos hacia la paz, o nunca la encontraremos.

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