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Locura inentendible

El miércoles 13 abril, 2016 a las 11:53 am

Diogenes Diaz CarabaliDiógenes Díaz Carabalí / Que Keiko Fujimori gane las elecciones en Perú, es algo que desde la razón y la lógica uno no entiende porque es el poder de su padre, “El Chino”, tras su silla. Ha propuesto que de llegar a la presidencia dictará una ley para exonerar a su padre de los crímenes, pero el pueblo peruano, a pesar de su pasado, de su historia, del comportamiento del dictador, sin duda elegirá a Keiko, algo que desde la distancia podemos considerar como atraso mental, como ignorancia.

No muy lejos estamos en Colombia. Algunos, cuelgan en el Muro de Facebook, invitaciones a apoyar un supuesto golpe de estado contra el gobierno de Santos, elegido por voto popular dentro del juego, incipiente o no, de la democracia, que aunque malo o bueno, es el presidente que nos merecemos por haberlo elegido la mayoría, y esa es la regla primordial de la democracia: respetar la voluntad popular, cuyo mecanismo no es precisamente deponer presidentes con acciones de hecho, mediante la utilización in so facto de las armas o la violencia.

En ambos países, Perú y Colombia, en el primero la elección de la señorita Fujimori va a ser traumático, medio Perú estará en contra, muchos se alzaran en rebeldía, se dividirá entre quienes la elijan y quienes impotentes verán transcurrir su acción de gobierno desde la “Casa de Pizarro”; mientras en Colombia la polarización se profundiza, cualquier expresión de un lado u otro levanta callos y rechazos, estamos realmente irreconciliables, en un punto sin retorno que no sabemos a dónde va a parar, porque se ha perdido la interlocución, la capacidad de raciocinio, la entereza en las posiciones.

La radical postura de la derecha, del centro, y la nula opinión de la izquierda, ha macartizado el devenir político en Colombia, se encuentran fantasmas en todos los rincones, enemigos en todos los caminos, contradictores en todas las esquinas. Esa situación hace que desconfiemos del vecino, que rechacemos la posición del amigo, que prejuzguemos al pariente. Al final nos hemos convertido en seres solitarios que tomamos posiciones individuales, que buscamos una constitución política a nuestro acomodo sin tener en cuenta el bien común, menos el interés nacional, un flaco servicio a la unidad para tomar con retrovisor todos los problemas y conflictos en que nos hemos sumergido.

No estamos bien en el nivel nacional; nunca la economía ha padecido vaivenes incontenibles con olas encrespadas y vacíos profundos; en la esfera internacional las perdemos todas, somos considerados el lunar en medio de un paisaje poco prometedor; nuestros productos bandera pierden posicionamiento, las divisas se derrumban, nuestra moneda es caricatura; la inflación se acerca en forma temerosa a los dos dígitos, los productos toman precios incomprables, el rollo se engorda para una avalancha irrefrenable; y, si no nos ponemos de acuerdo en lo fundamental, como diría Álvaro Gómez con sana intención, vamos al peor de los golpes de estado: al gobierno de un populista por acción de la democracia imperfecta, y entonces sí nos tocará comer de aquella. Algo que debemos evitar desde lo local, desde las regiones, porque las peleas de los burócratas se deben al exacerbado centralismo.

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