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Jueves, 2 de diciembre de 2021. Última actualización: Hoy

LOA A NUESTROS CAMPOS

El martes 2 octubre, 2018 a las 10:04 am
LA GUACHARACA EN EL RÍO

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy Otras publicaciones de este autor en: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

LOA A NUESTROS CAMPOS

«Dichoso aquel que, lejos de los negocios,
como la antigua raza de los hombres,
dedica su tiempo a trabajar los campos paternos

con sus propios bueyes, libre de toda deuda,
y no se despierta, como el soldado,

al oír la sanguinaria trompeta de guerra,
ni se asusta ante las iras del mar;
evita el verbo y los límites soberbios
de los ciudadanos agrandados».

Horacio

He estado rondando por la casa de Horacio, el poeta romano, y me he encontrado con un famoso poema que pinta de tres plumazos la sociedad de su tiempo y de ahora. Parece que la vida social en estos 21 siglos sí ha cambiado mucho. Me he encontrado con su famoso poema Beatus ille, Dichoso aquel.

Plumazos. Porque en los viejos tiempos se escribía con plumas de ganso y tinta. Horacio nunca imaginó sobre lo que tenemos hoy con estos instrumentos modernos.

Con una periodista muy conspicua estuve dialogando este domingo en Popayán sobre las costumbres campesinas de hace medio siglo. La vida en el campo era igual en el centro del país o en la periferia, en los Llanos o los Santanderes o Cundinamarca. Se accedía a pie o a caballo y el paisaje era cortado por la misma tijera.

Las casas eran limpias aunque sus pisos eran de tierra. Resplandecían. Sus dueños eran sanos y sencillos. Casi ingenuos. Trabajaban con sus bueyes y arados y los guardaban un perro y los guacamayos con su carcajada. El río cantaba noche y día y les brindaba brisa y agua pura. Iban a misa los domingos y trabajaban en sus surcos todos los días. Cultivaban maíz, fríjoles, papa, yuca, guayabas, naranjas, coles, ahuyamas, lechuga y tenían sus vacas para la leche y hacer queso campesino. Traían en mulas a la ciudad costalados de verduras, frutas y tubérculos.

Eran confiados y respetuosos, amaban su tierra y atendían con piquetes a los citadinos cuando los visitaban. Ni tenían colegios. Solo escuelas de primaria, pero respetaban y confiaban y rezaban. Tenían en su habla un dejo de cansancio, de temor reverencial por los citadinos que los miraban de lejos en la plaza de mercado.

El campo hoy ha cambiado. Quiere ser ciudad y tener calles pavimentadas. Pero no hay presupuesto para tanto. Ya hay colegios y hasta kínder y salas cunas. Pero, el paisaje ya no es el mismo. Se ven carros, ya no se oye el mugido de las vacas en las mañanas. Todos quieren parecerse a los citadinos. Pero sus casas ya no tienen al «sabor de la tierruca» como tituló de Pereda desde España. Ahora existe el «siquiera» de Robledo Ortiz. Ya se murieron los abuelos y no hay quien madrugue a aporcar en los surcos.

¿Qué nos devolverá a los campos de Ubaté, de Oiba, de Timaná, de Cumaral, de Timbío, de Supía o Cereté? ¿Quién nos devolverá la sonrisa de la mujer del campo, la música del tiple y la bandola y el piar de los pollitos?

Siquiera se murieron…https://www.youtube.com/watch?v=3iMHEcbdb-I

01-10-18                 6:05 p.m.

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