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Lunes, 9 de diciembre de 2019. Última actualización: Hoy

Lo que no conversé con Londoño

El jueves 21 noviembre, 2019 a las 9:59 am
Julio César Londoño
Julio César Londoño, imagen cortesía de: https://bit.ly/2KWXMQv
Lo que no conversé con Londoño

Lo que no conversé con Londoño

En el marco de “Popayán, Ciudad Libro 2019” me correspondió conversar con el escritor Julio César Londoño, el martes 19 a las 11 de la mañana. Con la pasión y la disciplina que le pongo a cada tarea pedagógica o académica que emprendo, preparé durante una densa semana notas y preguntas: “se nota que me has estudiado”, me dijo Julio César en previa conversación de café. De allí nos levantamos sonrientes.

Pero ya en el auditorio y acomodados en los sillones, erré en el manejo del tiempo. En razón de que Londoño pertenece a la mejor generación de escritores colombianos en lo que va de este siglo, quise contextualizarlo en el escenario de nuestro paisaje literario, y los minutos me pasaron factura: una impaciente dama en primera fila se dejó oír: “queremos escuchar al escritor”. Y el escritor la ayudó con su humor fácil: “nos va a faltar tiempo, y lo que quiero es que mi libro se venda”.

Eché mano de mis apuntes y dos obras de Londoño: “Los pasos del escorpión”, el mejor libro de ensayo que he leído este año; y “Sacrificio de dama”, compilación de cuentos y ensayos, que William Ospina saludó en una columna de El Espectador (7/Abr./2019) como “Un gran libro”, destacando el ensayo “Las hormigas, esas gigantes” como “el mejor relato que se ha escrito en Colombia.

La conversación retomó el rumbo, con preguntas y comentarios de este tenor: el autor y su relación con el lector, el oficio de la escritura, los géneros cultivados por Londoño: cuento, ensayo, crítica, periodismo y una novela. Julio César sabe dar razón de todo con espléndida y envidiable solvencia. Por el dictado del tiempo algunos tópicos y réplicas no fueron posibles. Lo importante ya se había hecho: mostrar los libros e invitar a comprarlos en los puestos de exhibición de “Ciudad Libro”.

Y sí que había todavía cosas importantes por preguntar o replicar. Por ejemplo, preguntarle a Londoño si dentro del rigor crítico reescribiría –sin Paloma en la cabeza– su artículo “La casa Valencia” (EE, 6/Abr./2019) donde reduce la poesía de Guillermo Valencia a referencias europeas y al desprecio por lo criollo. Todo porque este hombre, en un tiempo donde no se hablaba de derechos humanos ni respeto a las diferencias, no fue ajeno al maltrato y explotación de los indígenas. No hubo tiempo para recordarle que el rigor crítico sabe prescindir de la vida pública de un autor y vindica sin prejuicios la calidad estética de su obra. Y de esto sé que Londoño sí sabe.

La crítica literaria “no puede naufragar en subjetivismos”, dice Londoño, siguiendo el criterio de Jorge Luis Borges, su maestro mayor en el ensayo. Y en Borges sí que es fácil tropezar con subjetivismos, dado que este Homero argentino no gustaba de negros, elogió la “democracia” de Pinochet y recibió la condecoración del austral dictador. En Argentina guardaba silencio cuando los militares se esforzaban en borrar hasta la última sospecha de izquierda; hasta cuando fue regañado por Ernesto Sábato, y escribió una efímera protesta, que pasó a ser la más pálida línea de toda su magna obra. Para escribir sus brillantes e inteligentes ensayos –que sigo recomendando– Londoño sublimó todas esas subjetivas bellaquerías de Borges.

Y una réplica. En Popayán, santuario todavía del catolicismo, Julio César Londoño cerró la conversación con una volteriana ironía y un corrosivo humor que hizo reír a medio auditorio: “A Álvaro Uribe y a las personas que van a misa todos los días, hay que tenerles miedo; es gente muy peligrosa”. Le admito razón con Álvaro Uribe, a quien le caben todas las sospechas; pero no con los católicos practicantes. En efecto, una cosa eran aquellos devotos que se dejaban conducir desde los púlpitos de la Violencia, años 40 y 50, y otra muy distinta son los católicos de hoy, personas en su mayoría educadas y con capacidad de discernir más allá de la palabra del sacerdote o el pastor. Bogotá dio ejemplo en las pasadas elecciones.

No obstante, sigo recomendando los dos libros mencionados, por su excelente escritura y porque están muy lejos de ser textos de superación personal. Sirven bastante para desarrollar pensamiento crítico y como manuales para aprender a escribir, o al menos para valorar la buena escritura. El ego, el humor sarcástico y otras altiveces están en el ADN del intelectual, que para nada menguan la calidad estética de sus obras.

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