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Llegó la navidad

El sábado 28 diciembre, 2013 a las 8:29 am
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

Ya estarán las luces de Sabana Grande derramadas sobre los cafetines de la avenida. Bufandas adquiridas en las ventas artesanales de El Hatillo o en los mercados merideños, se enfrentarán al frío que enrojece la nariz de los patinadores. El centro de Caracas, bloqueado por una invasión de vendedores ambulantes, parpadeará en verde, en rojo, en amarillo metálico, sobre los villancicos ingenuos o picarescos que asaltarán impunemente a los transeúntes desprevenidos.

La neblina que se escurre por las faldas de El Ávila confundida con los claveles de Galipán, se adueña de la vida. Quizá esa ciudad, ahora nueva para sus habitantes acostumbrados al despilfarro demencial, exhiba una cara distinta. Tal vez el boato que rugía desde las opulentas residencias del este hasta los cinturones de emigrantes atrincherados en cerros y quebradas suburbanos, se haya ido con su música a otra parte. Pero éstas son suposiciones que me desvelan ante la imagen proyectada por un presidente que vocifera sin piedad. Quizá la “amable Caracas del sol y el mar cercanos”, conserve todavía su cintura multicolor o la alegría desafiante de los gaiteros recién desembarcados, rasgue el aire con su barahúnda provocadora: “Madre mía, si el gobierno/ no ayuda al pueblo zuliano/ y si no le da la mano/ mandémoslo p´al infiernoooo”. Es el viejo reclamo maracaibero tronando desde su lago de petróleo. La arrogancia aposentada en Miraflores. La capital de espaldas a las necesidades provincianas.

hallaca

Este año como siempre, el Niño Jesús bajará cargado con las hojas de plátano y los aderezos necesarios para elaborar las hallacas navideñas. El delicioso manjar, emblema de la nochebuena venezolana, humeará por igual en la mesa del rico y del pobre. Porque más que los desaciertos del gobernante, la devaluación de la moneda o la pauperización de la vida, el venezolano necesita contar con el aroma de la hallaca en la cena de navidad. Es la costumbre heredada de las antiguas cocinas familiares. La golosina que a lomo de mula cruzaba la frontera para atenuar la nostalgia de los comerciantes de café y ganado cuando la noche navideña los sorprendía lejos de su patio.

La historia de ese país no fue escrita únicamente por el desafuero petrolero o las gestas heroicas. Es también esa amalgama agridulce. Esa pitanza que adquirió carta de nacionalidad cuando los primeros araguaneyes empezaban a sembrar de oro y malva las trochas y caminos de herradura: “Cierre la puerta, compadre/ que afuera hay mucha alharaca/ siéntese que ya le traigo/ su ponche´crema y su hallaca”. Y antes de que la noche se fugue rumbo al mar por el viejo Camino de los Españoles, es bueno compartir el afecto en torno a ese condumio que como el gentilicio, pertenece a todos por igual.

Ya estarán las puertas de la catedral caraqueña abiertas para recibir a las mujeres y los hombres solitarios en la madrugada de año nuevo. El viento, que trató en vano de despeinar la estatua ecuestre de Bolívar, cansado de asustar a los niños y a las palomas domingueras, se alejará silbando la última tonada de Alfredo Sadel. Porque éste es un viento desactualizado, no sabe que Sadel pasó de moda porque como María Luisa Escobar y Billo Frómeta, se eclipsó con la luna de los años ochenta.

Ya estará la navidad repicando desde la madrugada en el estruendo de las misas de aguinaldos. Del Orinoco al mar, se llenó Venezuela de estrellas y esperanza.

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