Sábado, 8 de agosto de 2020. Última actualización: Hoy

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q

El domingo 5 julio, 2020 a las 6:05 pm
Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q

Lecturas Dominicales

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q

RVQ: MÍNIMAL 10

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q
Rodrigo Valencia Q / Lápiz sobre cartulina / 70 x 50 cm, año 2020

Llegar al dibujo 10 de esta serie «Mínimal» es como confirmar una certeza, una convicción y una cierta música-silente.

Se afirma el proverbio «se hace camino al andar», y la insuficiencia de motivos en las obras no será objeto de duda (realmente, nunca lo ha sido en este proceso). Todo será un construir, ya sea fría y cerebralmente, un arte de lo mínimo, un diseño de cosas que son casi nada, aunque un trabajar en lo intenso, sin conceder intromisiones a la facilidad programática de la costumbre.

Cuatro círculos, tres líneas y una especie de base en total, son el argumento en el diseño de este cuadro. Y gris parejo consonando con negro, resonancia interior de ese mundo liviano.

El cuadro conjunta lo más elemental de unas formas geométricas, toca el diapasón suficiente de un mundo quieto, inmerso en lo eterno que no deviene nada más.

Todo se cuenta, digamos, desde la insignificancia más incisiva.

**RVQ**

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UN HAZ DE LUZ EN MI CUADRO

UN HAZ DE LUZ EN MI CUADRO
Bodegón tropical, por RVQ / (Seudónimo: Alberto, óleo sobre madeflex)

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¿Dónde estás
Viento?
¿Dónde tus manos-sonoras
        Tu fuego-frío que llevaba la muerte?

Ya no suena la trompeta en la torre
        La carroza de clavos gigantes no trae su fragancia

¿Acaso son mudas las almas tras el velo
        Acaso el estío horadó el dolor de los gritos?

Antes venían el mugido del sol
        La risa de telarañas rotas
        La canción del radio hecho trizas
        El temblar de los rieles vacíos

Hoy no está ni siquiera mi rostro
        Temblando de arrugas-lunares
        No está la mecedora en el aire
La zapatilla de cristal
        Ni el blondo cabello del día

Hoy se anuncia un grito en el árbol
        La noche volverá a ser eterna-distancia
        El ruido del cielo-vacío

**RVQ**

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APOTEOSIS DE POPAYÁN

Hablar del cuadro del maestro Efraím Martínez puede resultar redundante para un público que de sobra lo conoce y reverencia en el recinto del Paraninfo de Caldas de la Universidad del Cauca, donde, desde su génesis, ocupa el frente principal a manera de un mural sobre lienzo.

Puede uno mirar cómo, obedeciendo a razones de linaje renacentista-clásico, predomina allí el uso central de la perspectiva como escenario cúbico-visual, donde se sitúa la historia de la ciudad: todos los recursos del poder del centro iluminan con convicción académica la solución compositiva, mientras los personajes representados pueden ser reconocidos uno a uno bajo el rigor evocador de la paleta.

Una línea vertical de fuga la marca la cruz que lleva un misionero en el centro del episodio; gira ligeramente hacia la izquierda, sube al nivel de la Ermita, y después en dirección al antiguo templo de Belén, punto focal por excelencia, desde donde la mirada observadora viaja al espacio geográfico que asciende paulatinamente hacia el volcán.

Tres secciones dominan horizontalmente la idea compositiva, delimitadas por la cumbre de la cordillera en la parte superior, y por la línea que coordina el ordenamiento de los personajes en la parte media. La solución de horizontalidad domina en toda la obra a través de estas secciones, que se cortan en regla de oro con la verticalidad de la Torre del Reloj. Allí domina la plaza central con la vista lateral de la catedral y casonas aledañas; nadie podría dudar que se ha construido un emplazamiento colonial para el mito de la historia.

La individualidad de los personajes, tratados con una indudable maestría técnica heredada de maestros españoles, otorga peso aglutinante a todo el evento pictórico, con precisión, orden, medida y disposición; los grupos de damas, aborígenes, esclavos, clérigos, el conquistador español y los ilustres de la ciudad, muestran toda gala de detalles. Se puntualiza un equilibrio de la lógica histórica, en donde cada cual ocupa el lugar que le corresponde; es intención y lealtad al principio del orden armónico; la normatividad académica persiste en este cuadro, creado para una ciudad donde se cree y trata de conservar la tradición a toda costa, y donde la historia se ha reverenciado con persistencia.

La contraposición entre la atmósfera tempestuosa de los cielos de la izquierda y la apacible luminosidad y brillo de los cielos de la parte derecha, constatan la capacidad de síntesis imaginativa del artista, quien así ha equilibrado magistralmente órdenes y razones opuestas en un espacio de interacción común. La luz centelleante que lleva en sus manos la figura de la Tempestad irrumpe con protagonismo simbólico, en directa diagonal con el grito libertario del gorro frigio levantado verticalmente hacia el tercio derecho, atenuando la procesión horizontal de los personajes.

Hay belleza, simbolismo, reflexión, anécdota y oficio al máximo en esta pintura de dimensiones muralísticas; todo confluye en unidad en esta proeza del pintor Martínez, quien prácticamente dominó el panorama pictórico de la primera mitad del siglo XX en Popayán. Los varios años que dedicó al logro del cuadro, los bocetos y estudios previos existentes, dan fe de un trabajo ordenado, insistente y de consistencia perdurable.

Armar una obra de esta naturaleza era, sin duda, un reto para emular la eternidad; la historia se formaliza allí como persistencia de acontecimientos quizá exaltados por la leyenda. Las losas del primer plano nos introducen a un lugar donde la belleza de los atardeceres, la sinuosidad de los montes, la variedad de las razas y caracteres, formalizan una escena que idealiza al Popayán que todos quisieran ponderar; y se ilustra la mirada del observador a partir de reminiscencias del poema del maestro Guillermo Valencia. Don Quijote, junto al imponente árbol de la izquierda, adorna una leyenda que todo payanés quisiera fuera cierta; es la genuflexión que la cultura de la época rinde como admiradora de símbolos poéticos; la villa de los vates, liderada por Valencia y Maya, guarda en ese entonces el secreto de los sueños.

Un hado de leyenda se hace patente en todo el cuadro; la arcaica sensación de mirar el pasado épico quiere iluminar el panorama del futuro; y la calle central de la ciudad se aleja con cadencia señorial, como pintan los soñadores de leyendas, cuando el alma ha sido atemperada por la fruición y el espectáculo de lo noble.

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MI ABUELA Y YO

MI ABUELA Y YO
RVQ: autofoto en un carboncillo original de mi papá, Maestro Luis Carlos Valencia G, año 1928, Popayán.

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DIA SIN IVA

¡Impresionante irracionalidad!

¿Somos seres racionales, aún nos queda pizca de capacidad para pensar y valorar el sentido de la vida y de las cosas?

¡Qué barbaridad, qué superfluidad!

El consumismo nos convirtió en cosa, en esclavos de las cosas. Ninguna llenadez copará nuestro ámbito de deseos; seremos eternos cositeros, amantes de lo superfluo, y preferimos la «fiesta» de un día sin IVA pero con el evidente peligro para lesionar la integridad de la existencia en común.

Televisores, computadores, electrodomésticos y mucho más, si bien son artículos necesarios en este mundo donde cada día perdemos más nuestra capacidad de Ser por preferir el tener, parecen ser los entes paradisíacos que nos sacarán de nuestra inmensa poquedad interior.

Fiebre de mercado, fiebre de tener, fiebre de adornarnos con alambiques y avalorios para el juego de la felicidad que no llegará. Porque mientras más dependamos de las cosas, nuestra interna entidad espiritual no será más que el trapo para limpiar los brillos de toda esa utilería, que cada día invade y roba más nuestra integridad y libertad.

Día sin IVA… Trampa para socavar lo que en nosotros ya ha llegado al límite de nuestra alienación… La felicidad de colmar nuestra precariedad material con ventajitas para el bolsillo.

Nuestra carencia o exceso de dinero indudablemente nos torna en imprudente servidumbre al mundo de las cosas. Y las consecuencias de esta falacia inmensa, feria de vanidades, de comercio y aglomeraciones, sin duda se verá dentro de unos días en este gravísimo momento de pandemia que corona este abismo de los tiempos.

**RVQ**

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MIRAR

Mirar
(Texto y dibujo: RVQ)

A través del cuadro se ve uno mismo, aunque aparentemente él sea otro distinto de uno mismo. Y allí, mirando lo que uno ve, se realiza la conexión íntima de contemplaciones espejadas por la inquietud, el sentimiento y la relación-unión de las miradas. La mirada es el propio Ser-Consciencia que mira y se mira a sí misma; la contemplación que devuelve la mirada a sí misma, un salir y entrar en sí mismo como el movimiento de la marea, que viene y se retira en su propio lecho.

Un cuadro está destinado a la contemplación; mediante ella existe, toma presencia, realidad y completud. Como cualquier otro ente ante los ojos, es su dialogar con el sujeto-perceptor lo que valida su existencia en el tránsito del instante. Es la co-rrelación en el presente, el a-presentarse como constancia de un existir que sería imposible si no fuera un evento de Consciencia. Y el cuadro-imagen es el desdoblarse de la Consciencia como ente que al parecer está fuera de ella misma, lo cual no es cierto; porque si no estuviera como objeto de-y-en la Consciencia, no podría ser visto ni reconocido como nada, porque ver es Consciencia, y no otra cosa.

Ya Kant habló de la imposibilidad de saber en realidad sobre si la cosa percibida está fuera de uno mismo; y ello sólo se comprende, se ve, cuando uno se da cuenta que el ser de uno mismo no es más que la Consciencia, en cuyos límites estamos, somos, nos movemos y tenemos nuestro espacio-tiempo con todo lo demás. Lo otro, la aparente diferencia entre uno-mismo-como-sujeto-que-ve y la cosa-vista, es imaginación, percepción incompleta de la Realidad.

**RVQ**

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MÍNIMAL 11

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q
Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia QRodrigo Valencia Q / Lápiz sobre cartulina / 70 x 50 cm, año 2020

Un «Mínimal» de estos puede dejar sin palabras; no habrá resonancia de conceptos ni interpretaciones verbales del asunto porque, entre otras cosas, no ha sido planeado para eso.

Y así, como cuando se ve una cabeza, un paisaje o cualquier otra cosa no se necesita de explicaciones para constatar el hecho presente ante la vista (a menos que la voluntad lo quiera), el mirar un cuadro, sea el que sea, no obliga o precisa elaborar discursos explicantes del tema mostrado.

La manía de creer que un cuadro es para «entender», es sólo un prejuicio de cultura que subrepticiamente se ha filtrado en la costumbre.

Un cuadro es lo que es, así como un amanecer no es más que un amanecer, un asiento es un asiento, una línea es una línea, y una mancha es una mancha. Líneas, formas, tonos, planos y ritmos presentes a la vista no pretenden llevar a construcciones semiológicas, como si fueran oráculo de la verdad.

La sencillez de un cuadro puede confluir en una compacta-compleja-elaborada disertación acerca del mismo (bienvenidas sean); pero esto es un ejercicio intelectual-estético propio de la academia y la cultura filosófica, y no una demanda del instantáneo y directo hecho de captarlo como objeto de contemplación.

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SONIDOS DE LA TARDE

SONIDOS DE LA TARDE

La poesía es hermosa cuando es sincera expresión del alma. Cauce de imaginaciones, deseos, decepciones, remembranzas, intimaciones, utopías. Fantasía y tiempo de cosecha, abrazo de palabras, nudo, camino y aventura. Y es también una palabra que, por lo gastada, debería reemplazar por otra, pero en este momento no la encuentro: sueño; como cierto entrar astral donde el diurno ruido no deja; y es entonces la ensoñación la llave de enredos casi mágicos, tareas de la musa que busca a sus escogidos, y en cada hoja de laurel les entrega su dádiva secreta: la palabra, su trámite por las sábanas del amor, por la otra orilla de las cosas, o por el desamor, o esa ebriedad que vence la monotonía y el sinsabor, aquel enebro que es un tránsito a la imaginación que lo permite todo.

Así es este cuadernillo amable compartido por tres amigos mutuos que ofician el poema: ANTONIO BOLÍVAR CARDONA, ORLANDO RESTREPO JARAMILLO y ANDRÉS MOSQUERA LÓPEZ (TITOCÉ). De dónde son ellos no importa, pero han coincidido en Popayán como vivencia en alguna época de la vida.

«Sonidos de la tarde» los reúne nuevamente en busca de la voz poética. Sin duda, deberían ser oídos en cualquier lugar y tiempo.

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RVQ: Estudio del natural (USA)

Estudio del natural
Lápiz sobre papel / 35 x 25 cm, año 1984

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ACASO

Acaso el cielo
Traerá otro ángel

Acaso el ángel
No sea un ángel

Acaso el día
Morirá en mis brazos

Acaso la noche
Sea una herida bella

Acaso la muerte
Sea hermosa

Acaso haya
Lo que no es posible

Acaso Dios
No nos mire nunca

Acaso el Ser
Sea un destello efímero

Acaso en el puerto
Me espera la serpiente

Acaso no sea el que soy
Y no te has dado cuenta

Acaso
Por si acaso nunca
Nunca
Nunca

**RVQ**

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LOS POEMAS

LOS POEMAS

Poemas… Se leen en un instante y luego se dejan. ¿Por qué deberían perdurar? Todo es viajero en la vida, y el viaje no se detiene. Y qué importancia tiene un poema… Viajamos en él… la travesía, el periplo, la cigarra que canta, el poema que cuenta. El minuto, el regreso de página, el botón de una flor y cuenta nueva. Y de vez en cuando esos ojos a través del roto, el agreste brinco del gato, una sinfonía inconclusa… De la repisa caen, suben, vuelven las palabras, el diente de león se deshace en el aire. Un pequeñito pie blanco aparece… ¿Dónde está el otro? ¿Dónde la niña que regó el vaso y salió volando, dónde dejó la sonrisa?

Los poemas… Embrollos de la imaginación, ¿por qué deberían perdurar? Son como todo; una lágrima se seca, acaso «una furtiva lágrima»… Y nadie se percata, el corazón es inocente; esa niña volvió con su sonrisa, pero ha crecido en un instante, ahora es una adulta; tiene trenza rubia, griega, ojos solidarios, miran en profundidad, la fantasía les pertenece, desenredan un jardín de mariposas.

¡Oh, los poemas! Surten un instante y se evaporan… Como el pensamiento, como el olor del incienso, como la mirada de ella que se fue a los astros.

¡Oh, los poemas…!

¡Perdónenme los poemas!

**RVQ**

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De mi hermano

De mi hermano
IVÁN VALENCIA Q
Lago en Jay, NY (USA) / Óleo sobre tela / 16 x 20 pulgadas, año 1985

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EL GUARDIÁN FILOSOFAL

EL GUARDIÁN FILOSOFAL
Texto y dibujo: RVQ
Lápiz carbón sobre cartulina / 100 x 70 cm, año 1999

Vivió seguramente en el siglo XIII, o algo así, según me lo dice su atuendo, pero yo lo he visto todavía en este tiempo, custodiando un cubo extraño. Parece que la espera no le molesta en absoluto; mira a lo lejos, pero su atención está centrada en su objetivo más cercano; una disciplina firme lo mantiene fijo; ha desafiado siglos para destilar el mercurio de los sabios, según me reveló en su penúltima aparición. Y es inconmovible. Le han dicho –o quizás lo imaginó– que velar es la clave del enigma; velar sin distraerse, para encender y mantener viva la llama. Pero yo no veo ningún fuego. ¿Está encerrado en ese cubo? ¿Pertenece a las cosas imprevistas, a los enigmas que sólo se revelan a ojos inocentes?

Custodia, pero no en el mismo sitio; hoy está allí, mañana en otro lugar –eso me dijo– ; sin embargo, cada vez que lo veo aparece en la misma parte. Impredecible pero exacto en su misión, no permite que nada o nadie se acerque a su cubo mágico, que es algo transparente y de bordes luminosos, pero, al parecer, no alberga nada dentro. Tal vez en eso consisten los enigmas: en que se ven, pero no se ven; nos tocan imperceptiblemente, pero se esfuman sin decirnos nada.

No se por qué encuentro que esa cabeza me recuerda un figurín del taco de naipes españoles, y hasta es posible que guarde algún linaje con las imaginerías de Alfonso el Sabio, pero eso es pura especulación mía sin fundamento. Sin embargo, cada vez que logro verlo, suena una música de laúd, que hasta el aire pareciera que acompañara paralelamente en contrapunto. Es una música hermosa, una canción a alguna amada, un cántico enamorado y delicado, como de la época del rey sabio.

A veces, al fondo, como ahora, se ve un monolito con tres piedras empotradas en él, y las he visto cambiar paulatinamente de color, de abajo hacia arriba: primero negro, después pasa por rojo, y por último a blanco. Se me hace como una especie de escultura moderna que en nada encaja con el ambiente antiguo de nuestro personaje; pero, en fin, no soy nadie para entender lo que él no me ha comunicado ni me quiere explicar de buena gana. Y aquí es donde en algo irrita mi temperamento: ¿por qué se me aparece, por qué quiere que lo mire? No discierno bien este fenómeno, lo irreal ambiguando lo real; tal vez quiere confundirme, extraviarme en un evento irracional, o quiere deslimitar mis sentidos de la costumbre que sólo acepta los aconteceres aceptados por el uso de la razón. Pero yo me pregunto ¿qué es racional o no, en un mundo en donde hasta el aire cruza a nuestro lado susurrándonos el viso disimulado de lo insondable?

Por siete veces me ha prometido su visión; y generalmente acontece como a eso de las 6 de la tarde, cuando la luminosidad del día aún no ha claudicado entre la noche. Una corazonada me lo anuncia, o alguna leve sensación en el centro de mi vientre; y yo no puedo más que aceptar esta invitación fantástica, así no quiera hacerle caso; es como una urgencia que se desliza entre los miembros. La última vez, el árbol de atrás floreció, aunque nunca había tenido flores; poco a poco, ellas tomaron un color dorado, mientras un ruido serpenteante movía las ramas y hojas. El cubo volviose incandescente, con luminiscencia fosforescente, y poco a poco tomó la forma de una bola de fuego como del tamaño de un balón. Él la tomó entre las manos, pero al parecer no las quemaba; la llevó hasta su boca y escurrió un licor de fuego líquido que hizo que todo su cuerpo refulgiera con la brillantez del sol; y poco a poco desapareció ante mi vista, que no podía sino temblar de asombro.

Tres garzas blancas aparecieron en el cielo; volaron en círculo exactamente encima del sitio donde desapareció aquél vigilante de los siglos, y luego rondaron el monolito misterioso que tenía las tres piedras de colores cambiantes. Picotearon en él, grabando unos jeroglíficos extraños, y después desaparecieron en el cielo. Después pude leer allí, en lenguaje legible para mí: “Has visto el elíxir que produce todas las maravillas. Es la llave de oro, el oro potable, la medicina de todas las cosas, un tesoro inagotable. Que Dios, el Padre de las Luces, te otorgue este secreto, pues el arte quiere que permanezca oculto. Todos los sabios comprobarán esta fuerza, y se regocijarán con ella maravillosamente.”

**RVQ**

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MÍNIMAL 12

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q
Rodrigo Valencia Q
Lápiz sobre cartulina / 70 x 50 cm, año 2020

En estos dibujos «Mínimal» se ha buscado un descansamiento «clásico». Se quiere obtener una sensación armónica, placidez y equilibrio, el sereno acontecer de la mirada.

Unas masas se equilibran con otras, se pesan, no con instrumentos y medidas, sino con la intuición que mira y juzga; argumentos por demás subjetivos, acercamientos hacia una «regla de oro» en el reino del ojo y sus magnitudes propositivas.

Formas, planos, segmentos, tonos (muy simples y elementales, por cierto), juegan, disponen y contraponen sus campos de fuerza en busca de resonancias equilibradas, acordes de una música íntima que el sentido interior debe oír como tonalidades de una razón serena.

La ley del equilibrio exige mesura tanto como lucidez y cordura; quietud dispuesta a un dinamismo puro; luz sin deslumbrante magnitud; concordancias sin asomos disonantes. Cada lado del cuadro debe cumplir con el necesario diálogo que lo emparenta con los otros.

Como en la sentencia de Anaximandro: «Hay que tomar en consideración al ente en total». Y así resuena la Unidad.

**RVQ**

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APOCALÍPTICO

APOCALÍPTICO
(Texto y pintura de RVQ)

Era hoguera la cuenca de mis ojos
       Estaba el horizonte incendiado
       Musgo en ojeras y frentes baldías
       Los miedos caminando solos
       Huía un desierto de decires muertos
       Tratando el rubor de las penas
       Catando el hilar de las bocas
       El brillo de estrellas caídas
       El mundo huérfano
       La inocencia harapienta
       El dolor de los montes y el llorar de los ríos

Busqué derrotar los venenos
        Pañuelos sangrantes
        Risas del tiempo

El volcán no hablaba
        Ni la higuera reía
        Todo estaba cruzado por llagas y ajenjo
        Paredes lidiaban con millones de espectros
        Tufo del viejo Satán incendiaba los mundos

¿Dónde estás Ángel de la mano de Dios?
        ¿Por qué se han ido las gentes en fiestas de muerte
         Por qué los caminos sedientos
         En dónde un jardín con voces amables
         Por qué cayeron las gradas del Cielo
         Cuándo vendrán los Niños del Alba?

Vi el florero gritar su último salmo
        Un árbol gigante sepultó las ciudades
        Abismos de miedo tocaron tambores

Alguien danzó con la muerte en el puente

**RVQ**

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DOS IGLESIAS

El Maestro venía de los rubores del amanecer santo; tenía su esperanza en la humanidad, y una mañana, en el Monte de los Secretos, adonde lo seguía una multitud por su atractivo halo misterioso, dijo:

Hay dos iglesias. Una es la iglesia profana, la iglesia exterior multitudinaria, confusa y confundida, aureolada con gran título: «Misterio»; y una iglesia verdadera, profunda, «Angélica», de los pocos, que no es una institución humana; es decir, una iglesia de los escogidos, una iglesia mística, interior, la de la «comunión de los santos», que no coincide en nada con lo que la gente cree que es una iglesia (gente o los gentiles, como les llamaba San Pablo).

La verdadera iglesia es la iglesia interiorizada, mística, de los que logran entrar en sí mismos, donde está el Dios Interno del hombre (el Dios vivo), mas nunca esa opulencia y extraordinaria parafernalia de «la gran ramera», que menta El Apocalipsis.

Pero estas cosas sólo las entiende quien haya penetrado en sí mismo y entonces comprende que hay dos hombres, como decía San Pablo: el hombre natural, exterior y carnal, que «no heredará el Reino de los Cielos», y el otro, el hombre espiritual interiorizado, el hombre de la promesa, el que ha renunciado a la vida externa, exteriorizante y profana de la tierra y sus vicisitudes (por muy «santa» que parezca), y que por el contrario se entrega con alma, espíritu y corazón al hombre interior que es Cristo en el hombre, el «Verbo hecho carne», la promesa de los elegidos. Lo demás es confusión, porque la sabiduría de Dios es locura para el hombre exterior que no la entiende y se pierde, pero sabiduría divina para el que la entiende y se salva, como decía San Pablo.

«El que pueda entender, entienda».

Muchos oyeron, se confundieron y se miraban atónitos, alarmados. Pero el discípulo escuchó con atención, meditó, y entendió La Palabra.

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ÉSTE NO ES TU ROSTRO

ÉSTE NO ES TU ROSTRO
(Texto y dibujo: RVQ)

No, éste no es tu rostro; no conozco tu verdadero reino ni el alma que lo habita. Te vi sin verte, las distancias crecen como latitudes inconexas, la frialdad confronta los espacios, lejanías o presuntas cercanías en el rigor de la existencia.

Adiviné desde el comienzo que no habría ninguna comunicación posible. Estás, allí, imposibilitada para ver la realidad, inmóvil en tu cárcel que se convirtió en columna sin esperanza movible; estás atada a un destino semejante al de Prometeo. La quietud obligada no es libertad, posar allí como monumento no es privilegio que se pueda desear.

En ese estante despojado ni siquiera las horas acontecen; una esfera solitaria ha quedado como testimonio del juego que no conduce a destino alguno, y el oficio del recuerdo tampoco sana las distancias.

Con casi metafísica presencia, se acentúan las ausencias. Nacen de una incomunicación que no concede satisfacción a las partes.

Escondida hay una intención en la mirada: se ha quedado como réplica de no mirar nada en especial, porque no hay mundo participativo de experiencias; todo es un cierto nudo sin sentido, un ensimismamiento que labró espacios para el desencuentro. El puro pensamiento está restringido por la falta de gracia, ingrata desvinculación con los sentimientos esperados.

¿Qué induce a pensar que la vida conduce a alguna parte, si el camino está cerrado irremisiblemente por la ley de las separaciones y la negación que se hace a los ofrecimientos de felicidad? Todo es inconcluso, como en ese cuadro con su extrañamiento y rigor incomunicable.

Al fin y al cabo, no es nada más que un cuadro; un sitio donde me veo musitando dudas, ladrando mi propia y enajenada memoria.

Pero allí, entre el blanco, ocre y el gris que lo definen, las líneas de plumilla han hecho un recorrido, no han caído de la nada, tienen cierta verosimilitud con las formas que envuelven y definen. La vida seguirá cruzando líneas, líneas juntas, líneas dispersas, líneas en pugna y en amor, toda una problemática apariencia de realidades sin precisa negociación con la certeza.

Todo es como ese cuadro, un cuestionamiento insuficiente para entendernos a nosotros mismos, una reticencia contra la esperanza de lograrnos en medio de las cosas y los nombres.

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MÍNIMAL 13

Lecturas Dominicales de Rodrigo Valencia Q
Lápiz sobre cartulina / 70 x 50 cm, año 2020

La belleza interna no se apoya en nada externo; es absoluta expresión y radiación del alma; sin contingencias ni adherencias, comunica en silencio un lenguaje de espíritu a espíritu. No requiere de la anécdota, es simple, sin definición, se siente su presencia así no más. Ninguna abundancia de lo que no le corresponde fingirá la belleza esencial. Y por lo mismo no necesita rostro visible, porque es lo invisible lo que se comunica en su radiancia. Se la cata, saborea sin explicar, se la siente sin argumentación.

Algo de ello quisiera expresar en este dibujo Mínimal 13. Es una presencia ausente, un abrir luz desde casi nada. Tanta magnitud vacía ¿inquiere, objeta o afirma? Tanto silencio se ve, y esa ausencia gris, mansa y muda, no responderá con algo creíble alrededor de esa huella negra circular y esas dos líneas horizontales en la parte superior del cuadro. Nunca se acercarán las líneas y el círculo; permanecen distantes en un mismo mundo; no esperan nada, no se resisten al hecho de estar mínimamente allí, como una fábula sin moraleja ni condiciones distintas a su sólo estar presentes en el cuadro.

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