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Lectura y jurados

El miércoles 6 marzo, 2019 a las 9:24 am

Por Diógenes Díaz Carabalí

No es culpa que un mal poema gane un concurso. Tal vez, culpa del autor, no siempre llamado poeta. Tampoco un concurso gradúa al poeta, pero sí la lectura gradúa a un jurado. En particular tengo cierta exigencia por la poesía de amor, la más difícil de construir, para que no suene a cursilería. Como la poesía política, para que no suene a discurso de campaña; o como la poesía social, para que no suene a propaganda. En esos tres aspectos, han existido genios insuperables, y explorar esos campos banaliza el género, aunque en medio de la superficialidad un verso chabacano es premiado por un jurado escaso de lectura.

Al final, el organizador del concurso es el responsable, porque tiene el poder de elegir a  las personas que serán el jurado. Yo diría que ni los versos de amor, ni los poemas políticos, ni el cartel social deberían ser premiados en un concurso de poesía  pero, de todo se da en la viña del señor. Miremos estos versos premiados; “Yo estoy en ti, amor, y tú lo sabes. O, yo estoy en ti, amor cuando me alejo”, nada más insustancial, nada más falto de imaginación, nada más cursi, nada más feo, de total pobreza poética, y es premio José Eustasio Rivera.

Repito, el autor no tiene la culpa de que lo premien. Pero queda claro que un fallo reconociendo tal pobreza deja mucho que desear de un concurso serio y da para pensar que cualquier cosa es reconocida, como si en el panorama literario la mediocridad fuera el común denominador. No lo creo; los poetas trabajan, los escritores escriben; no se trata de graduar nefastos, se trata de incentivar la producción literaria. Por lo menos es esa la justificación de los concursos, más cuando el monto de los premios viene de nuestros impuestos. Desde luego no quiero incorporar más citas para no llover sobre mojado, y no provocar eructos susceptibles.

Los jurados deben colocar en su hoja de vida, no solo los títulos, si no también sustentar su capacidad lectora. En novela hemos vistos fallos nefastos, que al comparar con otras obras publicadas, participantes del mismo concurso, da para preguntarse ¿qué fue lo que leyó el jurado? Además, es materialmente imposible que un jurado juicioso pueda leer el total de los trabajos recibidos. Más de cien novelas, en lapso restringido de tiempo es imposible de abordar con juicio. Es cuando surge la duda, al conocerse el fallo, ¿que hizo el ganador para obtener el premio? No me vengan con el argumento de que impactó la primera frase.

La primera frase puede ser un fiasco; las historias tienen un flujo que dependen de la arquitectura de la obra, y de eso solo es consciente el autor, y el lector cuando la abordado en su totalidad. Alguna vez sugerí a los organizadores de un concurso la necesidad de los pre-lectores con unas directrices, para que los jurados solamente revisen un reducido número de obras. Eso sería más justo. Queda en entredicho, las famosas invitaciones a participar de los concursos, el ganador ya está seleccionado: un verdadero atropello para quienes desprevenidos deciden participar. Vale decir, entonces, que en el entorno de los concursos literarios, también se cuecen habas.

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