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Las tres páginas

El lunes 16 septiembre, 2019 a las 9:03 am
Imagen cortesía de: shorturl.at/inqJ5
Las tres páginas

Las tres páginas

El verdadero título de este artículo es “la lectura y el mito de las tres páginas”, solo que quise abreviarlo para empezar con un enigma: ¿qué es eso de tres páginas?. Los profesores de español y literatura lo saben muy bien: es la pregunta de estudiantes de 10 u 11 cuando se les pasa un texto de esa extensión; interrogante que tiene otras variables, como: ¿y eso tan largo?, que también es mito, en tanto que va tomando dimensión universal.

Dimensión universal. En eso me hizo pensar un docente universitario, un joven amigo que me visita ocasionalmente cuando el aguijón de alguna angustia lo saca de su casa. En su reciente visita el tema de conversación empezó por ahí: “Donaldo, me está sucediendo que cada vez que les paso un texto de tres páginas a mis estudiantes, de cualquier semestre, se molestan porque yo siempre les llevo lecturas demasiado largas”. Yo traté de tranquilizarlo diciéndole que eso era un signo de los nuevos tiempos.

Eso le dije, pero internamente pensaba en la mediocridad de profesionales que se le está entregando a la sociedad. Y me pregunto si no es esa pobre laxitud, de cada vez más estudiantes, la fuente de corrupción, especialmente en instituciones de carácter oficial; fuente también de ir tras el dinero fácil. Y tantos otros extravíos, de los que el lector puede documentarnos. Porque si esa es la actitud con la carrera que han elegido, ¿se pueden imaginar la disposición que estos estudiantes tienen para una clase de ética? 

Creo que mi joven amigo empezó a sospechar de las sombras que estaban pasando por mi mente, porque me costaba mantener estirada la frente; entonces opté por pasarme a otra rama, a propósito de las benditas tres páginas. Como conozco bien su interés por la literatura, no obstante que su especialidad es la ciencia, le dije, con frente más reflexiva: si Balzac, Tolstoi o Dostoievski, autores de novelas voluminosas, volvieran a este siglo y se enteraran de las tres páginas, regresarían al sepulcro convencidos de que se habían equivocado de mundo.

Al hablar de literatura y mencionar a esos clásicos, fue la frente del amigo la que se tornó radiante. Opté entonces por explotar ese filón, a fin de que el amigo pudiera regresar de mejor ánimo a su casa. Hábilmente introduje este momento de la conversación con una saludable frase de Montesquieu: “jamás tuve un pesar que no olvidara después de una hora de lectura”. La alegría y el optimismo vinieron a ocupar el lugar de la incertidumbre.

Al sentir tocadas las fibras de su mejor vanidad, pues se jacta de tener una memoria que él llama “enciclopédica”, mi amigo se dejó escuchar con una frase más larga, para hablar del mágico poder de la lectura: “el arte de leer es, en gran parte, el arte de volver a encontrar la vida en los libros, y gracias a ellos, de comprenderla mejor”. Una especie de epitafio de André Maurois, no para la muerte, sino para la vida.

-Eso ya merece un vino-, le dije. Y con el quinto vino de la alegría, mi amigo se puso de pie, y envuelto en un aura de luz, me dijo: “mañana escribo en el tablero la frase de Maurois”.

Diles también que leer les capacita el cerebro para que piensen por su propia cuenta. Esta última frase debió llegar a sus oídos como un mantra, por la luminiscencia que vi en su sonrisa. Aún no me ha llamado para decirme cómo le fue con la frase en el tablero.    

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