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Las trágicas enseñanzas de Sísifo

El jueves 1 octubre, 2015 a las 10:24 am
Jorge Muñoz Fernández

Mateo Malahora mateo.malahora@gmail.com

¿Recuerdan a Sísifo? Naturalmente que sí, y por si acaso lo hemos olvidado, cada uno de nosotros somos Sísifo.

Veamos un resumen antes de entrar en materia, vale para relacionar a Sísifo con nuestra democracia, especialmente con Popayán y el departamento del Cauca.

Sísifo fue un personaje mítico, los expertos en mitología griega dicen que era astuto, empero, yo no lo creo, quizá porque no alcanzó, por razones cronológicas, a leer a Nicolás Maquiavelo, que recomendaba a los dirigentes políticos, es decir a los príncipes, tener la astucia del zorro y la fuerza del león para gobernar a los súbditos. Alta dosis de cinismo ostentaba el florentino.

Bueno, se dice que Sísifo fue fundador de Corinto, pero no Cauca, una ciudad griega del Peloponeso. Se cuenta que era una ciudad pequeña donde la principal fuente de trabajo se basaba en la artesanía y la arquitectura grecoromana, cuyas obras monumentales, para la eternidad, se construían más rápido que las obras de infraestructura en ‘La Ciudad Blanca’.

Un buen día Sísifo vio cómo Zeus, el rey de reyes, dios de dioses, secuestraba a la Ninfa Egina. (Viejo ha sido el abominable secuestro). Eran las ninfas deidades protectoras del arte y la cultura, y se caracterizaban por su singular belleza e hipersexualidad.

Como no había medios de comunicación, Sísifo, como ciertos payaneses proclives a la información y contrainformación, le contó al padre de ella, Asopo, no confundir con Esopo, y, de manera de extorsiva, le pidió que le construyera un acueducto en la ciudad de Corinto.

Zeus puso el grito en el cielo, como se suele hablar en los directorios políticos, palacios, gobernaciones y alcaldías, es decir en el Olimpo, y como castigo, que no pasaba por la decisión de tribunales, le impuso una pena eterna, consistente en impulsar una roca hasta la cúspide de una montaña, con tan mala suerte que, como parte de la estrategia punitiva, cada vez que Sísifo estaba a punto de alcanzar la cima la roca rodaba hasta abajo, y tenía que empezar de nuevo.

Albert Camus también nos cuenta que cuando Sísifo estaba a punto de cumplir sus propósitos la piedra caía rodando y así hasta los tiempos de los tiempos, interpretando un trabajo inútil, la desesperanza, el abatimiento y el pesimismo por encima de toda promesa.

Sísifo

Sísifo no tenía la capacidad, ni el apoyo, ni las condiciones dialécticas para reflexionar sobre su tragedia y el absurdo de su existencia.

A cada intento, cuando faltaba muy poco por llegar, afloraba la ilusión, aparecía el sueño cumplido y desaparecía la pesadilla, sin embargo, la piedra retornaba precipitadamente al sitio inicial y se repetía el infortunio y la catástrofe.

Y como Sísifo, sometido a un castigo injusto, cuando los electores, como pueblo, como ciudadanos, como habitantes, como moradores, creían haber alcanzado la victoria, la ciudad ideal y la región de las oportunidades maravillosas, la confianza depositada en los gobernantes electos, se devolvía precipitadamente y terminaban nuevamente los sueños y fantasías democráticas de los ciudadanos.

En síntesis, es como si los caucanos y payaneses, en nuestro caso, hubiesen sido condenados a empujar, cada cuatro años, una roca hacia el Volcán Puracé, desde donde el enorme peñasco se devuelve atraído por la gravedad del engaño, la mentira oficial, el fraude político, la seducción electoral y la confusión partidista.

Electores frustrados, votantes desengañados y abstencionistas llegan a la conclusión de que no hay castigo más terrible que un voto inútil y sin esperanzas.

Vemos, no obstante, en los pueblos y ciudades, a los electores volviendo a empujar la roca, sumergidos en promesas y optimismos, subiendo lenta y penosamente hasta la cresta o cúspide de cordillera en pos de las ofertas políticas.

Los empleados, los desempleados, los estudiantes, las amas de casa- perdón por la calificación inadecuada- los comerciantes, sindicalistas, los obreros, los artesanos, los desplazados, los del montón, los excluidos, los frágiles, como le llaman ahora a los vulnerables y proletarios, convertidos en Sísifos y realizando destinos absurdos.

Sísifo, el llamado proletario de los dioses, el informal, el inconforme, pese a su desgracia, conoce las causas de su condición miserable y entiende la razón de su descenso pero insiste. Su tormento se trueca en un placer sadomasoquista.

La roca es su sueño, su destino como elector enajenado, su frustración silenciosa, el absurdo de sus ídolos de barro que ama, defiende y protege.

Quizá esté llegando el tiempo para que Sísifo renuncie a creer en la prepotencia de los dioses, lidere con los ciudadanos y ciudadanas libres la conquista de la montaña, entienda las causas de su tragedia, se niegue a creer nuevamente en la picardía y el embuste, triture las rocas de la demagogia, la astucia política y las artimañas de la seducción política para conseguir la verdadera cumbre y gozar con mejores paisajes. Hasta pronto.

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