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Las plumillas están de luto

El lunes 26 febrero, 2024 a las 4:52 pm
Las plumillas están de luto
Las plumillas están de luto: adiós Betto, adiós cariño
Alexander Velásquez

Si para Juanes la vida es un ratico, Betto habría podido cantar con su gracia única que la vida es un sorbito. Por mi parte digo, con una broma que intenta encubrir la congoja, que estoy sufriendo de la columna, de esta columna.

Los saludo con los malos días porque murió un ser entrañable para el periodismo colombiano: Betto, el artista bogotano que escondía bajo la boina negra al hombre de sonrisa generosa, tan amplía que alcanzaba hasta para aquel que recién llegaba.

Las plumillas y la tinta china están de luto, el tipo de dolor que no desaparece con el borrador de un lápiz. ¿Quién volverá a decirnos “Mis amores” con tal afecto?

Se fue José Alberto Martínez, el profesor de caricaturistas, el que saludaba con un «Hola cariño», o se despedía con un «Abrazote, cariño» y la promesa de un «Cariño, te llamo mañana», que así de efusivos y genuinos eran sus brazos y sus abrazos, rodeado del calor de los amigos, como la veces que nos vimos en los Premios CPB; una de esas noches conocí a su hija Verónica, la ilustradora de aves colombianas. Ella las atrapa con sus pinceles y acuarelas, Betto las fotografiaba, otra de sus pasiones.

Quedan en la memoria largas conversaciones telefónicas. Hablabas de música y de blues, tus otros amores, y tenías a la mano una invitación de la banda para verlos tocar.

Las plumillas están de luto

En otra ocasión recordamos tus comienzos en El Espectador, años 90, allá donde nos conocimos. Tenías por costumbre pasar por la revista Los Monos a saludar y pintar monitos.

Otro día hablamos del pesar que nos produjo la muerte de Olguita Martínez, la colega que se hizo periodista en El Espectador; me enviaste la caricatura que en homenaje suyo le hiciste, la cual publiqué en este blog con la nota de despedida.

Ahora volvemos a estar igual, inconsolables, sin entender qué te disgustó de este mundo para irte tan pronto y sin avisar. Cuando apenas aclaraba el día, ese 21 de febrero, nos dejabas en tinieblas, repasando al dibujante que supo interpretar entre líneas a este descuadernado país, tantas veces con profunda indignación. Andabas molesto por la persecución contra Matador. Acabo de llamarlo porque sé cuánto te admiraba, él que te bautizó «el Chaplin de la caricatura» por tus pintas y la mudez de tus viñetas.

“Aparte de las borracheras que nos metíamos, -me dijo- recuerdo la vez que vino a mi casa, recién nacido mi hijo; el sacó la dulzaina y se puso a tocarla. Betto era un man sin afanes, con la palabra amable. Un man hermoso, y no lo digo porque haya partido. Es la verdad”.

Gracias a Matador por compartir con los lectores de esta Cura de reposo un documento único, grabado en octubre de 2014: un pedacito del alma de Betto en las notas de su armónica, de su dulce dulzaina que tocaba hasta en los trancones como terapia.

Los buenos caricaturistas no dan el trazo a torcer. Fuiste uno de ellos, y aunque no necesitabas premios que lo corroboraran, te los ganaste todos. Ningún trofeo alteró tu sencillez. “Genio y figura hasta la sepultura” en el único sentido magnánimo que le cabe a la expresión.

Si bien el pulso le falló por momentos, así dicho por el propio Betto, sus convicciones permanecieron inalterables a la hora de cuestionar al poder. El periodismo y la opinión pública se alimentaron con su mirada, su sexto sentido para la sátira política. Con la plumilla bañada en tinta hacía elocuentes síntesis de cualquier acontecimiento, un personaje, el escándalo del día en el país de la escandilitis aguda.

Veías a esta sufrida nación en blanco y negro (fondo blanco sobre negro, toca decir hoy al levantar la copa para celebrarte), y nosotros te veíamos en blanco y negro, de los pies a la cabeza, con ese caminar festivo, siempre de traje oscuro, que llegaba alegre a romper la monotonía. Quise saber cuántas boinas españolas tenías y no sé por qué no agregué una más a esa colección. Habría pagado por verte cuando la usaste por primera vez: un pajarito me contó que siendo bachiller te tocó el papel de prostituta en una obra de teatro.

De tu propia voz supe de tus luchas internas; de eso también hablamos largo y tendido, de la batalla contra la botella y el cigarrillo; te agradezco tanta sinceridad porque también te hablé de mis demonios y de lo importante que era encararlos para quitárselos de encima. Ahora me vengo a enterar por una crónica de Pablo Correa, publicada en El Espectador, que todo comenzó con un hígado graso, del que Betto, el de los apuntes finos, decía que era un hígado gracioso, sin sospechar del cáncer, porque siempre se tiene la ilusión de que lo sea no pase de un susto.

—“Hasta siempre, negro fino”, te manda decir Don Fingo.

Las plumillas están de luto

No es la primera vez, tampoco la última, que los malos tragos causan estragos en la vida de un artista. Charles Bukowski, uno de tus escritores favoritos, justificaba así su decisión: “Beber es algo emocional. Te sacude frente a la estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo siempre”.

Betto también escribió y describió a este país a punta de trazos; ahí se sentía en su tinta y en su salsa. Como quien entra a un cuarto oscuro y enciende el interruptor, así iluminaron sus cuadros.

Según cuenta Scott Donaldson, “beber en exceso era uno de los gajes del oficio” en el caso de muchos escritores norteamericanos. En el libro “Hemingway contra Fitzgerald”, escritores ilustres de la llamada “Generación perdida”, cuenta que el segundo (autor de El gran Gatsby) necesitaba el estímulo del alcohol para echar a andar su vitalidad creativa: “Tenía que beber para escribir. Tenía que escribir para vivir. No viviría mucho tiempo si seguía bebiendo”, en tanto que, según la misma obra, Hemingway escribió en 1923: “Un hombre no existe hasta que no está borracho”. Y quizás por eso, “casi todos los personajes principales de las novelas de Hemingway son bebedores”.

En una carta a un joven crítico ruso, Hemingway le dijo: “Cuando trabajas duramente todo el día en un oficio intelectual y sabes que debes trabajar de nuevo al día siguiente, ¿Qué cosa mejor que el whisky para cambiar de ideas y seguir trabajando en un plano diferente?”.

Así que no hay razón para no comprender tus confesiones, dejándonos entreabierta la puerta de tu mundo creador: “…siempre asocié que dibujar con trago era chévere. Por ejemplo, había adaptado al caballete esa cosa que ponen en las ventanas de los carros para sostener vasos y en la Feria del Libro, mientras dibujaba a la gente, iba tomando. Mi medida era una lata de Coca-Cola de 350 ml. pero llena de brandy”.

Fue un gesto noble hacer pública tu verdad y tus días de bohemia, porque ese testimonio poderoso y valiente es la pared transparente donde pueden verse reflejados los demás, el blanco y el negro que como barniz cubre el alma de todos los seres humanos.

Me escribe nuestro amigo y contemporáneo Orlando Cuéllar: “De encuentros colectivos de colegas en donde Betto estuviera, -que seguro eran todos- recuerdo que convocó a un encuentro de caricaturistas en un bar de Chapinero un 28 de diciembre, de 1998 si mal no recuerdo, para celebrar por primera y tal vez única vez, un Día del caricaturista, allí estuvo presente hasta el maestro Osuna, quien un tiempo después escribió una columna en Semana sobre ese encuentro. Un recuerdo personal bonito fue una invitación que me hizo a tomar unas cervezas (él con su Jack Daniel’s) en la barra de un bar de la 75, esa noche se animó, o su amigo Jack lo animó a subirse a la tarima a tocar su dulzaina, junto a la banda de músicos que tocaba. Con Betto se ´echaba bueno´ como él decía”.

La fiesta se acabó y no nos cae en gracia que te hayas ido cuando el miércoles apenas se desperezaba. Te faltaba vida por vivir, hojas por rayar, tinta por regar, tajalápices por reemplazar, plumillas por comprar, políticos por incomodar, conversaciones por empezar, presidentes por garabatear…

Nos quedan muchas fotografías que circulan por estos días a través de las redes sociales, con esa sonrisa abierta de par en par, sin reservas.

Las plumillas están de luto

Estas imágenes me las envió Luis Eduardo León, otro duro del humor gráfico. Me contó que las tomó en el taller del maestro Arles Calarcá, cuando él les enseñó a dibujar con café.

El mismo miércoles el maestro Calarcá, tu mentor, hoy de 89 años, actualizó su dolor.

Las plumillas están de luto

Esta otra fotografía, en plena pandemia, también es de León, yendo en Transmilenio. No quisiste esperarte a estrenar el Metro de Bogotá; ¡como están las cosas en esta ciudad, ¡quién sabe si tampoco alcancemos!

Las plumillas están de luto

Me queda la felicidad por tu amistad y la gratitud eterna porque el día que te pedí ilustrar uno de mis cuentos, El Cadáver, de una respondiste: “Claro, cariño”.

Observo la fotografía que dejaste en el perfil en WhatsApp, me la robé para el encabezado de esta nota. Ese eras tú, Betto, el que inventaba el mundo cada día con imágenes poderosas, el que durante 25 años hizo camino al rayar, que así dijo no sé quién.

También los buenos amigos dejan huérfanos a los amigos. «… me produjo tanto dolor como sorpresa infinita», recordando lo dicho por el expresidente Alberto Lleras sobre la temprana muerte de su amigo, el caricaturista Ricardo Rondón, ocurrida en 1931.

No me gusta ir funerales, aunque sé con absoluta certeza que iré obligado al mío. Perdón por faltón. Prefiero imaginarte alegre, conducido en hombros por tus plumillas hasta el cielo de los artistas… llevando el paso infinito del caminante, la canción de Fruko con la que nació tu relación con la salsa.

Al irse el alma de la fiesta, dejas a tus amigos con la última copa servida y, claro, un favorcito más que pedirte:

Cuando tengas tiempo, mándanos una caricatura de Dios.

Las plumillas están de luto

José Alberto Martínez “Betto”
1968 – 2024

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Publicación original: https://blogs.elespectador.com

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