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El sábado 25 diciembre, 2010 a las 10:49 am
LAS MANOS DE MI MADRE

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Los diciembres – todos, sin excepción -, nos traen imágenes fuertes o suaves que han quedado impresas para siempre en el mapa de nuestra vida. Este mes, sobre todo en Navidad, está recubierto de caramelo, celofanes trasparentes, mensajes tiernos y miradas de amor y madre. Ahora, entresaco unos minutos para dar vuelta a mi reloj y poner mi oído en el pecho que me reclinó tantas veces y sentir sus manos y sus dedos sobre mi cabello de crío enrubiado.

Mi madre era una maestra de escuela, de Málaga. Su nombre era Blanca Rosa y mi padre, hoy ya “un polvo enamorado”, gustaba cantarle las letras del bambuco de José A. Morales: Campesina santandereana, eres mi flor de romero,/ por tu amor yo vivo loco/ si no besas me muero./ Cuando bailas la guabina/ con tu camisón de olán,/ hay algo entre tu corpiño/ que tiembla como un volcán/… Y también las de Enrique Figueroa: Rosalinda es linda rosa que floreció junto al río/ tan atisbando en tus ojos los mesmos ojos de un niño/ y maduran en sus pechos duraznos recién nacíos/ que güelen a lo que güelen las rosas de mi plantío y le sirven de puntales pa’ sostener el corpiño. Dios le quemó las mejillas con un tizón encendido/ y le reventó unas moras de la boquita en el jilo/ pa’ que me diera los besos más sabrosos y sentíos/ Rosalinda no me niega los piquitos que le pido.

Seguramente él también sintió sobre su cuerpo el roce de la seda de sus manos y gozó del calor que derramaban los cuencos de esas palmas.

Las manos de mi madre eran de nácar y agapanto blanco. Ellas lo sabían, y por eso solo se ocupaban para realizar bordados con agujas de croché, para escribir las planas a sus alumnas con letra Palmer, para regar las flores de su jardín. Sus palmas eran acolchados copos de algodón y sus dedos finos brotes de un ramo de begonias. Jamás las usó para castigar ni las vi moverse amenazantes. Eran instrumentos de caricias, de mimos y testigos de bambucos y guabinas.

Sus manos, espejo de su alma, lucían guardadas en guantes negros en ocasiones especiales o vagaban tranquilas como el aura de la mañana o dormían sobre su regazo como niñas educadas. Sus uñas, siempre pulidas y pintadas de blanco transparente, tarareaban a veces coquetas sobre la mesa.

Cómo las recuerdo cuando me tomaba del brazo o me llamaba para acariciarme. Me arrodillaba junto a sus piernas y me sumía en su canto de olor a rosa. Ella tomaba las tijeras y con lento corte recortaba mis uñas o me buscaba las liendres o los piojos que se prendían de los otros niños en los juegos o en la escuela. Muchas veces me dormía mientras ella entresacaba animalitos y los reventaba entre sus uñas. Yo los oía gritar muy quedo y el escozor cesaba. Su tarea duraba horas y era mi mejor regalo.

Sus manos murieron un 17 de diciembre y han quedado enredadas en mis cabellos ya canos. Vuelvo a sentir que recorren mi cabeza en avenidas desde la nuca hasta la frente. Y ella ya no está presente… Sus manos, sus yemas, sus uñas y caricias se fueron para siempre.

24-12-10 – 10:29 a.m.
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