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LAS ARISTAS DEL PELIGRO

El viernes 2 junio, 2017 a las 12:30 pm

Los terrícolas somos unos seres que andamos dando tumbos, saltos dialécticos, como mejor los interpretaríamos, y no para avanzar sino para vivir los tiempos de la destrucción masiva, por hambre o conflictos nucleares, reeditando el demencial momento de Hiroshima y Nagasaki, pero con cinco bombas más para inhumar el mundo.

El desmorone es de una magnitud cosmopolita, nada hay local, es ecuménico y el tiempo es parecido a la época en que los tres grandes sospechosos que ha tenido la historia salieron a negar la existencia de la metáfora de Dios, los protocolos de la racionalidad cartesiana, los fundamentos de la historia y las creencias innatas.

Sabido es que las ideas que dominan el mundo, antes de ser admitidas, pasan primero por el cernidero de la modernidad y se imponen, finalmente, con los síntomas de ‘La Brevedad del Ser’, (Milan Kundera), como si fueran verdades irrefutables.

Estamos como en la era de las quimeras griegas; monstruos actuales engullen naciones, aterrorizan pueblos y con el plomo del poder financiero funden ídolos seductores, donde la ética acepta risueña el emplazamiento perverso del capital.

Desde los rascacielos multimillonarios que desafían la gravedad y los pueblos del mundo, los elegidos inspirados en racionalismos anti-políticos pronuncian discursos financieros que hacen temblar las estructuras judiciales del globo y anuncian que fuera de ellos no hay salvación.

Gustavo Hernández, el escritor y esteta de la sociedad y de la vida, que hace poco se entrevistara tranquilamente con la muerte, nos afirmaba en una postrera conversación: “El desencanto se traduce con frecuencia en un paralizante escepticismo respecto de casi todo”. Su alegato era certero: el testimonio de Dios, la historia y la conciencia se apoltronaron cómodamente, en calidad de espectadores aturdidos, en el teatro de las simulaciones.

Por donde miremos se observa el bloqueo de las salidas transformadoras; el concepto de la alternatividad entró en crisis y han colapsado las ideologías; lenta, pesada y paquidérmica es la reformulación de las ideas alternativas.

El bloqueo de las vías universales está ocurriendo por el complejo, enmarañado y confuso obstáculo de la banalidad, la vulgaridad del conocimiento y la trivialidad a la que hemos llegado.

No asoman miradas para el cambio, solo para arbitrar la pesadilla de lo inútil, como si esperáramos que la ‘Chilindrina,’ desde la Asociación Protectora de Panes, lo solucionara todo.

Estamos utilizando instrumentos medievales para formular investigaciones, transformar los actuales modelos de dominación y aún sostenemos que el pasado fue mejor.

Con la onda de la apertura global, las iniciativas integradoras regionales han adquirido una súbita aceleración, no tanto por sus ventajas sociales sino por la enormidad que rinden sus ventajas individuales.

La retórica del progreso sirve para todos los gustos: financieros, sindicales, gubernamentales, industriales, comerciales y sociales. Es un colchón estabilizador.

¿Alguien ha oído la palabrería de las ONG, agencias internacionales y corporaciones monetarias? La modestia con que hablan no contempla el rechazo al status quo político de los países agraviados con sus préstamos, su agotamiento es de tal dimensión que se parecen a los bancos medioevales que difundían la caridad cristiana para espantar al demonio.

El hundimiento del ciudadano virtual es sistémico, cree haber logrado poner a sus pies la ciencia y el conocimiento y mira con desprecio las premisas de la ‘libertad’, ‘igualdad’ y ‘fraternidad’ como asuntos anacrónicos.

El esquematismo ‘manualesco’ de teorías en desuso, que suponía ‘feudalismo’, ‘capitalismo’ y ‘socialismo’, nos dejaron la angelical imagen del determinismo histórico y un reguero de muertos.

La historia que concluye ha dejado una temporalidad asfixiada por la confusión, gobernada por la razón en fuga y la construcción de un futuro precario. Solo una nueva lógica de sentido podrá reconstruir las claves de nuestra levedad.

El terrorismo, que se expande con su violencia ciega, no se detiene a pensar que pertenece a los intereses más bajos de la especie humana, porque considera que en su irracionalidad está la fuente de la salvación suprema.

Una de las vías que inexorablemente debe asumir el mundo aliado para superarlo radica en que los Estados se hagan cargo de las raíces históricas que brotan detrás del fenómeno. Obrar en sentido inverso: “Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego”, nos dijo premonitoriamente Gandhi.

No le sirven al mundo partidos donde se refugie la infalibilidad, la mentalidad de sanguijuelas, los embaucadores de profesión, el oscurantismo, el culto a la personalidad, el reparto burocrático y el rostro maquillado del tradicionalismo.

Con la dirección hidráulica fallando, el líquido de frenos sin revisar, el aceite por debajo del mínimo, con el sistema de climatización deteriorado y el freno de mano agrietado, la humanidad no recorrerá un feliz destino, mucho menos cuando en la Pista del Mundo hay un piloto demente que ha iniciado una impredecible carrera… armamentista para proteger la liviandad de su pelo.

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