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La verdadera batalla electoral

El martes 10 junio, 2014 a las 11:43 am

Álvaro Forero Tascón

(I)

La batalla de estas elecciones presidenciales no es por el modelo económico, ni por el modelo social, ni siquiera por el modelo de seguridad. Es por el modelo político.

La polarización de la campaña es producto de que la tensión entre el modelo político tradicional colombiano —el institucionalista— y el nuevo —el caudillista— entró en una fase de contradicción aguda.

Esa tensión surgió con la derrota del bipartidismo y el triunfo de un proyecto político caudillista en 2002, que proponía solucionar los problemas colombianos por vía de la autoridad. Así como el instrumento de acción del institucionalismo ha sido el clientelismo, el del caudillismo es el populismo. Ambos son atajos latinoamericanos clásicos, que pretenden resolver los problemas de gobernabilidad que presentan sistemas políticos bajos en legitimidad.

El caudillismo aprovechó la degradación paulatina de las instituciones por la falta de continuidad de las reformas iniciadas en la Constitución de 1991, al punto que no sólo no combaten las cinco plagas colombianas —la violencia, la corrupción, la desigualdad, la impunidad y la informalidad—, sino que tienden a perpetuarlas. Álvaro Uribe utiliza esa circunstancia para fustigar sistemáticamente las instituciones desde hace más de una década: empezó con los partidos políticos en 2002; siguió con el Ejecutivo, eliminando ministerios, suplantándolo con su personalismo entregando cheques; continuó con la justicia; en las elecciones pasadas la enfiló contra el Legislativo, cuando sus antiguos aliados no quisieron acompañarlo; y podría terminar de desprestigiar completamente las instituciones atacando el sistema electoral. Con ello busca el rechazo de los ciudadanos a las instituciones para que sólo quede el “remedio” del caudillismo, y eso desemboque en una constituyente para “enderezar” las instituciones por vía de mayor poder presidencial.

Por el contrario, Juan Manuel Santos representa el institucionalismo de la tradición liberal, convencido de que a pesar de sus grandes imperfecciones, las instituciones colombianas son superiores a las de los países de la región y han permitido una mucha mayor estabilidad política y económica. Que en lugar de recurrir al modelo nefasto de los países andinos, se debe insistir en reformarlas desde el propio sistema. Y que la paz es un requisito para desactivar la anestesia de la guerra sobre la pluralidad ideológica, que en últimas es la que tiene frenada las reformas.

La explicación para que una parte de la clase dirigente —normalmente institucionalista y aterrorizada con el populismo— esté apoyando la forma atenuada de populismo de Álvaro Uribe, es que se convenció que éste, y su fórmula de mantener la guerra contra el comunismo, es la mejor manera de garantizar el mantenimiento del statu quo, porque teme que la paz le abra espacios a la izquierda. La guerra se convirtió en un instrumento inmoral, pero seguro, de frenar los cambios.

Los resultados de las elecciones presidenciales pueden inclinar la balanza a favor de uno de los dos modelos, porque el establecimiento está dividido, y a pesar de los avances del modelo caudillista, el instititucionalismo conserva el poder de la gobernabilidad gracias a que el clientelismo aún controla más de la mitad del Congreso.

(II)

El próximo período presidencial será de muchas reformas de fondo, independientemente de quien gane las elecciones el próximo domingo.

La pregunta es: ¿qué tipo de reformas? Si gana Juan Manuel Santos serán modernizantes, si gana Óscar Iván Zuluaga, retardatarias. Pero sobre todo, serán institucionales si gana Santos y de corte más autoritario si gana Álvaro Uribe a través de Zuluaga, porque lo que está en juego es el modelo político. Las elecciones dirimirán el conflicto entre el esquema institucionalista tradicional, que representa Santos, y el caudillista en expansión que representa Zuluaga.

Las reformas parecen inatajables porque buena parte de las instituciones está en crisis —la justicia, los órganos legislativos y de control, el sistema electoral, el sistema de salud, el sistema rural— y el pesimismo sobre el futuro que reflejan las encuestas es producto de que las mayorías, especialmente las crecientes clases medias, tienen la percepción de que el Estado no está respondiendo a las necesidades sociales, principalmente por su debilidad frente a grupos legales e ilegales. Como consecuencia de esa percepción, algunos sectores sociales están inclinándose por el tradicional vicio latinoamericano de las soluciones caudillistas, que reemplazan las lentas instituciones por mandatarios con autoridad. Otra razón es que una sociedad que viene transformándose por la prosperidad económica, por haber estado dedicada a solucionar su crisis de seguridad no hace cambios importantes para fortalecer sus instituciones desde la expedición de la Constitución de 1991. Y finalmente está el proceso de paz, que viene generando presiones de cambio, pero sobre todo, sugiriendo instancias de reforma como una constituyente.

Si gana Santos y el proceso de paz tiene éxito, el país entrará en una nueva etapa de optimismo y deseo de cambio, por una parte, y de compromisos de reforma con las Farc, por la otra. Seguramente Santos entenderá la oportunidad histórica para adelantar una especie de “New Deal” para el campo, el paquete legislativo de reformas que presentó Roosevelt para superar la crisis de la Depresión. Con ello buscará recuperar cincuenta años de retraso del campo colombiano, causado por la anestesia de la confluencia del conflicto armado y el control terrateniente del Congreso. Y acometerá la difícil reforma del sistema político, que tendrá la oposición de los sectores más clientelistas y del uribismo, pero es central para sacar adelante las reformas institucionales congeladas. Para lograrlo tendrá que acudir a una coalición con la izquierda, con lo que iniciaría un periodo de deshielo ideológico.

Si gana Zuluaga, es inevitable que Uribe entienda que tiene un mandato para evitar que sus “transformaciones” vuelvan a evaporarse y decida intervenir, ya no el día a día del Estado porque no es presidente, sino su arquitectura por vía de una reforma constitucional de fondo. Y construirá de nuevo una alianza con los sectores clientelistas para imponer una constituyente que “resuelva” la debilidad institucional por vía del fortalecimiento de la autoridad presidencial, garantice los derechos de propiedad de la tierra del establecimiento rural y permita la reelección indefinida para regresar él, como Putin.

FUENTE:

(I)                 http://www.elespectador.com/opinion/verdadera-batalla-electoral-columna-494465

(II)               http://www.elespectador.com/opinion/verdadera-batalla-electoral-ii-columna-497195

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