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LA VERDAD NO TIENE CARA DE SANTA NI DE MÁRTIR

El lunes 4 enero, 2016 a las 12:26 pm
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano

Todo está perdido
cuando los malos sirven de ejemplo
y los buenos sirven de burla.
Demócrates, filósofo pitagórico

Me he encontrado cara a cara con la Verdad y puedo asegurar lo que digo en el título. La Verdad es una mujer y definirla es algo difícil. Aunque habrá que admitir que no cumple el dicho de Verdi en Rigoletto: no es una donna mobile. Siempre lucirá la misma y no cambiará su temple, como el sonido del vidrio de una copa Baccarat.

La Verdad es un personaje con el que se encontrará todo humano muchas veces en su vida. Sin embargo, no podrá usted invitarla a un banquete ni sentarla como testigo en un negocio turbio. Muchas veces se le ha visto en tribunales acompañando al defensor o al magistrado, aunque las más de las veces no ha podido garantizar un fallo. Nunca ha emulado con artilugios ni es una voz oculta detrás de un polígrafo en la Fiscalía.

La Verdad no es escultural, ni bella o despampanante. Tampoco viste desaliñada o hace cara de mártir. Su continente es apacible, recatado, benévolo y algo adusto. Nadie le podrá hallar un error en sus decisiones. Su voz es firme, sus ojos miran de frente y sus manos no tiemblan ni sus piernas pese a la dificultad de tomar una decisión. Si usted la conoce sabrá que tiene cuerpo proporcionado, no muy alta para no destacar su rango, es jovial, no intimidante, de sencillo trato y apenas sonríe con quien la busca con respeto.

Aunque alguien quisiera desprestigiar a la Verdad no conseguiría doblegar su mano ni adularla o ponerle una celada. La Verdad no tiene mensajeros ni dobles como las actrices, ni habla en clave. Hace presencia en cuanto lugar alguien la necesita. Acude no solo a validar un contrato lícito y claro ante las partes o las autoridades o a respaldar la palabra dicha de un particular o a defender el derecho de un pobre o empleado. No tiene preferencias por el cargo, el sexo, la cuna o el color de la piel de quien la llama en su auxilio.

La Verdad no tiene careta como Batman o rayo como Flash o calavera en su puño como el Fantasma que camina ni es vengadora como Spiderman ni tiene coraza azul ni da la vuelta entera como la Mujer maravilla en la calle o en la oscuridad o al firmar un convenio. Nadie la verá frente a un micrófono o posando para una cámara. Su perfil es delgado, finísimo, casi inadvertible. Pero resplandece como un diamante cuando aparece.

La Verdad es una flor que antes era abundante en Colombia, país llamado de mayor diversidad ambiental. Nadie nunca le asignó nombre científico. Su olor característico es parecido a la ruda, discreto y distinto a los famosos de Chanel, Opium o París. Hoy, prácticamente ha desaparecido de jardines, páramos, valles, selvas, pueblos y ciudades. Mucho menos alguien la tiene en materas o jarrones para adornar su sala. Es sumamente escasa y muchos pagarían fortunas enteras para avalar sus propiedades, firmas y fachadas.  

Una cosa más. ¿Quién quiere hoy a la Verdad como un premio, un don o una herencia? ¿Usted, amigo lector?

04-01-16                                         10:27 a.m.

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