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La verdad de las mentiras

El lunes 22 enero, 2024 a las 3:19 pm
Alexander Velásquez

Geraldine Fernández ya se ganó su lugar en el octavo círculo del infierno, más no es la única en este país que será torturada eternamente, abrazada por las llamas, si nos atenemos al destino que imaginó Dante Alighieri para los mentirosos y fraudulentos en “La Divina Comedia”; junto con los hipócritas, los falsarios y los sembradores de discordia descenderán por un precipicio sobre la espalda de Gerión, una bestia alada con el rostro de un hombre honrado.

Crucificaron a la usurpadora sabiendo que los políticos y los altos funcionarios mienten descarada y deliberadamente… todos los santísimos días: mienten en sus hojas de vida y en lo que prometen y no cumplen; se venden honrados antes de y ya elegidos son la mera deshonra.

Todos hemos mentido alguna vez. Quien diga que no, de entrada, ya miente. Pero no es lo mismo que mientan las personas de a pie a que mientan la prensa o los demás poderes.

Vayamos por partes. En el caso de la tristemente célebre ilustradora barranquillera uno se pregunta: ¿Qué pesa más? ¿La mentira de la chica al afirmar que tuvo un rol protagónico como artista en la premiada película “El niño y la garza”, del maestro japonés Hayao Miyazaki o la ligereza de los medios de comunicación que la convirtieron de la noche a la mañana en una celebridad para luego, con el rabo entre las piernas, tener que salir a pedir disculpas por la monumental metida de patas? Recordemos que dos periódicos importantes, El Tiempo y El Heraldo, una emisora (Caracol Radio) y una agencia de noticias (Infobae) se comieron entera la carreta y le dieron a probar de ese pastel envenenado a sus audiencias.

¿Hay forma de medir el daño reputacional de aquellos medios en términos de credibilidad? ¿Les llegó la hora de echar mano de la Inteligencia Artificial para detectar impostores? ¿Es nuestra malicia indígena una virtud ya obsoleta ante el embate de las noticias falsas?

Quisiera otorgarles el beneficio de la duda, pensar que los colegas fueron asaltados en su buena fe, pero esa excusa resulta forzada en medios que llevan décadas haciendo periodismo y que saben que por naturaleza las fuentes mienten, por las razones que sean. Esa es la normalidad. “Comúnmente la prensa debe surfear sobre oleadas de mentiras, por tanto, su obligación será, siempre, ser rigurosa”, dice el columnista Gonzalo Silva Rivas. Entonces, la prensa debe enfrentarse a esa normalidad con el propósito último de que la verdad brille, en vez de ser cómplice (¿idiota útil?) de los embusteros.

Digámoslo sonrojados: por el error de unos pocos medios, la prensa colombiana está en cuidados intensivos. Se evidenció su lado flaco, lo vulnerable que es, y la carencia de filtros al interior de las salas de redacción. Con razón, en las redes sociales la gente se pregunta qué más mentiras nos entrega diariamente el periodismo, que no siempre tiene la valentía de recular (conjuguen el verbo rectificar que es más bonito), como sí lo hicieron rápidamente en este sonado caso.

En el universo de los podcast periodísticos (que le han ido robando terreno a la radio tradicional, a punta de calidad e innovación), se ha impuesto la figura del verificador de datos (también lo hace la agencia de noticias EFE), antes de que las historias salgan al aire. Es lo que hace, por ejemplo, Radio Ambulante.

“… verificamos nuestros guiones línea por línea. Cada oración tiene que ser verídica y comprobable. En Latinoamérica, la costumbre de tener un verificador de datos tiempo completo en el equipo no es común, incluso hemos visto caras sorprendidas cuando les mencionamos este rol. Pero en Radio Ambulante hacemos periodismo responsable y del más alto nivel…”, explican en su sitio web.

Si todo sigue igual, como si aquí nada hubiera pasado, es posible que un día les toque a los medios contratar otra figura más: un “reparador de daños”, como hizo la monarquía británica tras el escándalo por el amorío extramatrimonial del príncipe Carlos con Camila Parker (hoy convertidos en rey Carlos III de Inglaterra y reina consorte), lo cual dejó por el suelo la imagen de la amante y de la realeza, así contado por la serie The Crown. En aquel momento, el “reparador de daños” creó “noticias” favorables para difundirlas a través de los periódicos, los serios y los sensacionalistas.

La cuestión es simple: si una persona común y corriente se burló de unos periodistas, ¿Qué no harán personajes experimentados en el arte de la manipulación?, y ahí la historia nos remite de nuevo a los políticos, qué pena con ellos.

Con todo, lo de Geraldine Fernández es otro de los tantos episodios de ese realismo mágico que nos envuelve a los colombianos y que, querámoslo o no, nos sacan del tumulto de noticias negativas a las que estamos expuestos todos los días, son como bocanada de aire fresco, mezcla de sonrisas y rabia. ¡En materia de memes nada supera el mamagallismo colombiano! Lo malo es que esa banalización de todo hace que restemos importancia al trasfondo del meollo.

Que la gente se esté burlando es apenas lógico, pero los medios están en el deber de flagelarse para que situaciones así no vuelvan a ocurrir; ¿es mucho pedir? Es mil veces mejor verificar que rectificar, pero si toca, toca, en vez de solo despublicar.

Parece que fue ayer cuando el país se conmocionó con la historia de la «barriga de trapo». “La protagonista en ese entonces, noviembre de 1997, fue Liliana Cáceres, quien dijo que tenía un embarazo múltiple de seis bebés, engañando a su pareja, Alejandro Ferrans, con el objetivo de retenerlo”, recuerda El Espectador. El cuentazo fue registrado por la prensa nacional e internacional, y hubo campañas para que los bebés tuvieran lo necesario al salir de aquel “vientre falso con trapos” y “un pin plástico de bolos para formar el ombligo”.

El propio Gabriel García Márquez publicó hace 70 años (1954) la historia sobre una manifestación en el Chocó con una sobredosis de ficción, que él mismo reconoció después. Ya para entonces se vislumbraba en su pluma el potente escritor que el tiempo demostró que fue y sigue siendo diez años después de su muerte. El artículo, estudiado por igual en las facultades de periodismo y literatura, apareció en las páginas de El Espectador con el título «Historia íntima de una manifestación de 400 horas», por los días en que se dijo que los departamentos vecinos planeaban repartirse el Chocó.

Escribió Gabo: “Nadie viajó al Chocó ni salió de él, en esos días iniciales en que los corresponsales de los periódicos bombardearon al país con boletines cargados de tensa literatura cívica. Se sabía, por informaciones transmitidas por chocoanos, que por lo mismo eran de hecho sospechosas de exageración patriótica, que el pueblo estaba en las calles, que estaba lloviendo y que a pesar de eso continuaban los discursos. Se sabía que los manifestantes lloraban, escribían memoriales y se lavaban en la vía pública…”.

La anécdota, recogida por Mario Vargas Llosa en su magnífico ensayo “Historia de un deicidio”, (página 37), involucra también a Primo Guerrero, corresponsal entonces en aquella región.

El mismo Vargas Llosa refiere lo siguiente en otro de sus ensayos, “La verdad de las mentiras”: “Solo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elixir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas. Porque en los engaños de la literatura no hay ningún engaño”.

En cambio, el periodismo se rige por otros principios y valores. Si el periodismo se traiciona a sí mismo, pierde su esencia, menoscaba su credibilidad, quebranta la confianza, se convierte en el hazmerreír, que es lo que viene pasando de un tiempo para acá, en que el oficio parece secuestrado por la ficción. Lo prueba el caso de la señorita Fernández. El reportero debe ser inquieto y nutrirse de la curiosidad, ver más allá de sus narices y de lo que el común de la gente ve. Aprender a olfatear la noticia, pero también las mentiras dentro de ella, como el perro que olisquea la pared.

En esta era globalizada es más fácil que lo pillen a uno en una mentira, porque es muy fácil acudir a un buscador de internet o coger un teléfono y preguntar. Recordé al famoso embajador de la India que ni era embajador ni venía de tan lejos, sino de Neiva, Huila, y embaucó a más de un incauto haciéndose pasar por alguien de la realeza. La historia de la vida real fue llevada a la pantalla grande, protagonizada por el ya desaparecido actor Hugo Gómez, y se puede ver por RTVC Play. Incluso, un diario de prestigio mundial como The New York Times echó en 2004 al periodista Jayson Blair por plagiar información e inventar historias, más no es el único.

La inmediatez, la obligación de escribir múltiples notas para corresponder a la dictadura del clickbait, está llevando a los periodistas por el camino de la cantidad sobre la calidad informativa.

Otro reportero famoso fue José Joaquín Jiménez, gran cronista que en los años 30 firmaba sus relatos judiciales en El Tiempo con el seudónimo de Ximénez. Inventó historias y personajes, entre ellos un “peligroso criminal” al que apodó “Rascamuelas”, que puso en alerta al cuerpo policial de Bogotá. También hizo famoso al poeta Rodrigo Arce, cuyos “poemas” –escritos por el propio Ximénez- aparecían en los bolsillos de los suicidas del salto del Tequendama.

Pero, si por aquí llueven fabuladores…

“Cuando el sentido común hizo el trabajo que los medios, cegados por la belleza del engaño, habían obviado, protestamos. Con razón, pero ignorando nuestra responsabilidad en su falta de exigencia. Les hemos acostumbrado a desdeñar todo menos el titular, a limitar nuestro interés a la brevedad de un tuit, y peor, a que si el sesgo ideológico nos encaja, tragaremos lo que nos echen…”, escribió en El País de España, Eva Gúimll, columnista y guionista de tv, a propósito del documental “Misha y los lobos”, que cuenta cómo una mujer engañó a Raimundo y todo el mundo haciendo creer que era sobreviviente de un campo de concentración de nazi y vivió con una manada de lobos mientras buscaba a sus padres.

La historia es sencillamente fascinante y puede verse en Netflix. Tan fascinante como el peliculón de Geraldine, aunque a diferencia de aquella, nuestra mitómana costeña cayó más rápido que un cojo y el crédito se lo llevaron esta vez los usuarios de las redes sociales que, con ánimo fiscalizador, desenmascararon a la farsante, demostrándole a esa prensa ligera que no están dispuestos a atragantarse con fábulas.

No obstante, nadie puede negar que Geraldine vivió su propio reino mágico de fantasía antes de caer como coco. “Por eso, siempre he dicho que barranquillero que se respete, además de bailar arrebatao, es espantajopo», me escribe por WhatsApp un amigo samario, aclarándome que el término, inventando en la región Caribe, hace referencia a las personas que les gusta aparentar y figurar a como dé lugar. (El espantajopismo es todo un movimiento). Nada la exime, en todo caso, de la burla y el teatro que orquestó, por lo que no estaría de más que la sometan a un chequeo psiquiátrico a ver si cada tornillo está en su lugar. Atribuirse padrenuestros con avemarías ajenos, es una conducta muy frecuente en el ámbito laboral, donde los empleados roban créditos o se achacan logros para escalar posiciones.

Al margen del bochornoso papelón compartido, admitamos que a sus 30 años ella se “ganó” su Globo de Oro de mentiritas a la mejor actuación y que el “Bobo de oro”, con reprimenda y todo, es para quienes le creyeron; sus quince minutos de «crea fama y échate a dormir» deben ser el punto de partida para que las salas de redacción se espabilen y no repetir un oso mayúsculo. Los únicos que ganaron con este escándalo son el director Hayao Miyazaki, cuya genialidad nadie pone en tela de juicio, y la cinta animada, cuyo estreno será el 25 enero en las salas de Cine Colombia. Con suerte, a lo mejor veremos por ahí a Geraldine Fernández, con su mirada pícara, sentada en primera fila, cagada de la risa comiendo palomitas de maíz.

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Publicación original: https://blogs.elespectador.com

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