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La tragedia del malabarista presidente

El viernes 29 noviembre, 2019 a las 4:18 pm
La tragedia del malabarista presidente

La tragedia del malabarista presidente

La tragedia del malabarista presidente

Había una vez un país, en el que vivía la gente más feliz del mundo y en donde revoloteaban adentro y afuera de los paisanos de esa comarca, mariposas amarillas, que presagiaban los amores verdaderos y hacían olvidar el hambre de los cientos de miles de habitantes, que aunque, eternamente felices, de vez en cuando se mataban por un mendrugo de pan, eso sí con una cortes disculpa y una sonrisa en la cara.

En ese dichosos país, creció un inquieto mozalbete, hijo de los notables y celebres mandamases de tan feliz terruño, que pasaba sus jóvenes y coquetos días, repartiendo su tiempo entre el aprendizaje de las artes esotéricas de la alquimia de los costos de las cosas y de cómo decirle a todo el mundo que nunca hay plata, pero hay que pagar impuestos y las alegres jornadas de aprender a tocar guitarra, hacer malabares con los pies, la cabeza y una pelota y relatar historias fantásticas de enanos, unicornios y otra alquimia naranja que haría ricos a sus practicantes. En eso se la pasaba el joven aprendiz de la alquimia de los costos, los malabares y los relatos fantásticos.

Un buen día, desde las profundidades de la tierra de los mandamases, apareció un encantador de culebras, prestidigitador, hábil manipulador de los sentimientos y experto titiritero, que nostálgico de sus años de ser el mandamás de los mandamases, se la pasaba, rumiando en la oscuridad, su amarga nostalgia, pues él sabía, que él era andariego en el país de la gente más feliz del mundo. En esas andaba el encantador de culebras, prestidigitador y titiritero, cuando se topó con el joven aprendiz de malabares y ciencias esotéricas.

El andariego y ocultamente amargado encantador de culebras y titiritero, se dio sus mañas, para que el hijo de un mandamás, apresurara su aprendizaje de las artes de sacarle plata a los desposeídos para dársela a los ricos, a fin de que fuera su sucesor, su copia, su clon. Una vez lograda la tarea, procedió a ponerlo en la grande mesa de los mandamases, eso sí bien cerquita del círculo de sus mascotas repetidoras de discursos, gritos y alaridos, de forma que el afortunado mozalbete, novel alquimista de la riqueza, malabarista, músico y contador de relatos fantásticos, poco a poco, se convirtiera en su títere preferido, eso sí, con la alegre aprobación del nuevo y criollo Pinocho.

Entre tanto, la gente más feliz del mundo, pasaba sus días entre alegres insultos, felices matanzas y exorbitantes celebraciones alrededor del circo de los malabares con la pelota, la cabeza y los pies, pasaban de la inmensa alegría, en la que se desbordaban en abrazos y chicha, que era con lo que celebraban, al extremo de un visceral, increíble pero muy cortes odio, de hecho, a algunos de esos episodios, los guardianes de los mandamases, les dieron el nombre fantástico de falsos positivos. En esas andaban, hasta que un día entre risa y risa, se dieron cuenta que se estaban acabando entre ellos y decidieron firmar la paz.

El arrebato les duró poco, porque el andariego encantador de culebras y titiritero, se dio sus mañas de encantador, para hacerles creer a las felices gentes, que lo mejor era seguir matándose entre todos y con los vecinos, eso sí con una amplia y cortes sonrisa. Engolosinado con sus artes de encantamiento y al no poder seguir mandando, el titiritero encantador de culebras, decidió que el joven alquimista y malabarista, ya estaba listo para sucederlo como mandamás y así lo dispuso.

Lo malo, para recortar el relato, fue que en una sorpresiva ocasión, las buenas gentes del país más feliz del mundo, se dieron cuenta de que no eren felices matándose entre ellos y odiando a los vecinos, se dieron cuenta que los mandamases vivían como sanguijuelas de sus muy escasas posesiones y decidieron que ya no querían más de eso. El novel mandamás malabarista, músico y contador de fantásticos relatos de enanos naranja y unicornios despistados, entró en pánico, al no saber qué hacer con la protestadera. El titiritero encantador de culebras echo mano de sus mascotas parlanchinas y de sus bufones con megáfono, para echar cuentos de terribles monstruos que saldrían en la protesta, a embrujar niños, robarse las mujeres y dejar turulatos a todos aquellos que siguieran protestando, pero no fue suficiente, las felices gentes siguieron protestando.

El joven mandamás no atinó a hacer nada, lo de su alquimia para sacarle dinero a los pobres para dárselo a los ricos, no funcionó, lo de contar la historia de los enanos naranja y los unicornios despistados, tampoco, así que decidió invitar a sus amigos los juglares y músicos y le dieron la espalda, así que en un acto desesperado se dedicó a hacer cabecitas y veintiuna con un balón, y tampoco, alguna de las mascotas parlantes le dijo que invitara a los que armaron el alboroto para conversar, con tan mala fortuna que invitó a los mandamases y allí fue Troya, la tragedia del malabarista presidente quedó servida. ¿Continuará?

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