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Lunes, 1 de marzo de 2021. Última actualización: Hoy

LA PESADILLA PRIVATIZADORA Y EL FIN DE LA CLASE MEDIA EN COLOMBIA–Segunda Parte

El lunes 31 agosto, 2020 a las 8:24 am

LA PESADILLA PRIVATIZADORA Y EL FIN DE LA CLASE MEDIA EN COLOMBIA–Segunda Parte

LA PESADILLA PRIVATIZADORA Y EL FIN DE LA CLASE MEDIA EN COLOMBIA–Segunda Parte

Tal como los virginales quinceañeros protagonistas de las sagas Viernes 13 y Halloween, que gozan inocentemente de su despertar erótico en medio de festivales de verano en el Lago Cristal, sin saber que entre las sombras espera acechando Jason Voorhees o Michael Myers, la también virginal e inocentona clase media colombiana, goza de este festival de verano colombiano de la prematura pos- pandemia decretada por el gobierno nacional, mientras que, Ministerio de Hacienda, DNP, el Congreso y el mismo Duque; esperan en las sombras del capitolio, para asestar la mortal puñalada en contra de esta desmemoriada y desprevenida clase media, haciendo realidad: La Pesadilla Privatizadora y El Fin de La Clase Media en Colombia.

Si bien es cierto, que la saga criolla de terror, conocida como privatización, no es del tipo Slasher (puñaladas, machetazos, aserramientos, disparos, degollados y decapitados), la puesta en marcha de este largo proceso, ha acarreado desastrosos resultados para la sociedad y el Estado colombiano, en franca y real contraposición a la prescripción de economistas y afiebrados colombianos, entusiastas defensores del neocolonialismo expresado en  las recetas del Consenso de Washington, de finales del siglo XX, quienes le han hecho creer a la virginal, inocente y esnobista clase media colombiana, que todo lo público es deficiente, corrupto, costoso y perjudicial para la salud.

Para que el asunto de las privatizaciones funcionara sin mayor sobresalto, era necesario crear una ambientación, tal como en las películas de terror. En este sentido, el primer paso ya se había dado a través de la imposición en el inconsciente colectivo colombiano, del relato del mal, encarnado en la ineficiencia y la corrupción estatal. Sin embargo, este relato no pudo ocultar su también aterrador, origen de conveniente mezcla de larga connivencia de intereses: Los de la tradicional élite política, agenciada por algunos funcionarios públicos y los de las empresas transnacionales, que descubrieron en el control de los servicios básicos, un gran negocio, el cual debería ser coronado, sí o sí, incluso mediante el uso de la misma corrupción, previamente denunciada.

Desde Washington, vía gubernamental y académica, se “orientó” seguir la ruta delineada por Pinochet en Chile, consistente en venderle al público en general y a la clase media en especial, tanto las razones como la receta para acabar con la ineficiencia y la corrupción. “En teoría los objetivos que se persiguen con un proceso de privatizaciones son: reducir el déficit fiscal,…disminuir el uso político de las empresas públicas… Se aumenta la eficiencia y el bienestar social porque los nuevos propietarios buscan la rentabilidad privada. Con el objetivo de tipo político la meta es desmontar la base que les permite a los políticos captar votantes que les faciliten maximizar sus objetivos electorales.” *

Ante tanta belleza, la clase media, impregnada como estaba de la euforia del éxito del neoliberalismo y las bondades de la tecnocracia impuesta por los gobiernos liberales de finales de siglo, acepto como cierto, el nuevo evangelio económico dictado y escrito desde las facultades de economía y los despachos del llamado Kínder, del hoy demasiado histriónico, ex presidente Cesar Gaviria. Como la adopción de esta mágica receta requería de un complicado entramado jurídico, que protegiera la desinteresada intención del sector privado nacional e internacional, se buscó promover y proteger la confianza inversionista, a través de la carta de navegación nacional, la Constitución Política. En 1991, le dimos la bienvenida al futuro privatizador, estrenando constitución.

De ahí en adelante, no cesó la horrible noche. Aquí, allá y acullá, los diferentes gobiernos, en especial, el del hoy ex presidente, ex senador y privado de la libertad, Álvaro Uribe, al igual que en Viernes 13 y Halloween, se dieron a la noble tarea de acabar el mal de la ineficiencia y la corrupción estatal, por medio de las masacres laborales y la venta a diestra y siniestra del patrimonio público (Empresa de Energía del Pacífico (EPSA), la Empresa de Energía de Bogotá EEB, se convierte en sociedad por acciones, en 1998, las empresas del grupo CORELCA son las entidades que primero se privatizarían, ISAGEN emitió un paquete accionario que, a partir de 2002, se vendió al público, a julio de 2004 el 50% de la empresa es de capital privado. Lo anterior, sin contar con la venta de: parte de Ecopetrol, la privatización de la infra estructura vial, Telecom y otras empresas de servicios estatales). El prometido bienestar social, la eficiencia y sobre todo la rebaja en los costos, no sólo, nunca llegaron, sino que, empujaron a cientos de miles de colombianos a la pobreza.

Ahora que la peste, vía decreto de Iván, Mike Myers, Duque, entro en recreo, los secuaces matarifes de la Pesadilla Privatizadora, anuncian sin sonrojo alguno, que como invirtieron 117 billones de pesitos para ayudar a los colombianos en la Peste, es necesario echarle sangrienta tijera al Presupuesto general de la Nación, hay que aserrar sin asco el Sistema General de Regalías, vender el oro de la abuela o morder la yugular de la clase media para acabarla de desangrar. En este lúgubre escenario, los pequeños Jason de Minhacienda, con voz y mirada de ultratumba, anuncian la necesidad de vender lo poquito que queda de los bienes nacionales y advierten con tenebrosa certeza que, a nivel de municipios, a los impávidos alcaldes y alcaldesas, también les va tocar echar mano de las joyas de sus coronas, las empresas de servicios públicos municipales, para poder fondear sus planes de desarrollo o tapar los huecos fiscales que va a dejar la peste.

Contrario al jolgorio nacional, a causa del decretado fin de la Peste, el horror no termina. Al riesgo a apestarse y morir en la feliz apertura económica, hay que sumarle el miedo a morirse de hambre o de pasar de ser casi ricos a ser pobres, que poco a poco invade a la feliz, inocente y desmemoriada clase media, que aplaudió y aplaude a quienes durante tantos años y ahora, los van empujando al matadero, en ciudades y municipios. A diferencia de la protagonista del Silencio de los Inocentes, los alcaldes y alcaldesas, no van a proteger a muchos corderos de su destino en el matadero, si no se despierta y actúa ahora, a la clase media no le queda otro destino que el de su FIN.

* ISIDRO HERNANDEZ. Consultor y Profesor Universidad Externado de Colombia

Para mayor información: https://www.researchgate.net/publication/236595971https://www.proclamadelcauca.com/la-ola-privatizadora/

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