Jueves, 11 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

La Paz que se pactó en un hotel de Macondo

El viernes 25 septiembre, 2015 a las 1:11 pm
Jorge Muñoz Fernández

Mateo Malahora mateo.malahora@gmail.com

La pedagogía literaria de García Márquez nos recuerda las épocas en que Colombia vivió la ‘Guerra de los Mil Días’, muy distinta a la irreflexiva apreciación histórica oficial de las guerras que ha soportado el país.

Para esos tiempos, nos enseña el maestro García Márquez, sorpresivamente, como en la Patria Boba, ocurrió algo que conmovió a la gente y alborotó la murmuración y el chisme, tanto que el “progreso” se detuvo y la rutina cotidiana se descompuso en acontecimientos sorpresivos.

Todo comenzó porque al pueblo llegó un hombrecillo de apariencia desmirriada, tan insignificante que su presencia pasó inicialmente desapercibida entre sus moradores.

Sin embargo, pronto se supo que el gobierno lo había enviado a mantener el orden y a fe que, cuando comenzó a ejercer el cargo, lo hizo con el engreimiento, la presunción de ostentar poder y los humos necesarios para hacerse sentir.

Era nada más ni nada menos que el corregidor, el delegado del gobierno conservador, un hombrecillo que empezó a exhibir, ante el silencio de los pobladores, los verdaderos superpoderes de que estaba ungido, con funciones de gobernador, alcalde, magistrado y regidor.

En el ambiente se divulgó la noticia que el personaje estaba dispuesto a imponer el orden y que no quedarían dudas sobre lo que significaba el ejercicio de su mandato y obediencia.

Corrió la información de que era uno de los detentadores del poder formal y que tenía toda la confianza de los detentadores del poder real con sede en la capital de la República.

El primer decreto del aparente desgarbado corregidor, envestido de todos los poderes constitucionales, legales y pasionales del momento, fue el de ordenar que “todas las casas se pintaran de azul”.

Ante la insólita medida y el miedo desmedido que produce el poder desproporcionado, la reacción de las gentes no se hizo esperar y un personaje conocido en el pueblo, José Arcadio Buendía, ante la sorpresa de todos, se armó de valor civil y fue hasta la oficina del corregidor y le dijo que en Macondo no se necesitaba rectificar nada.

Macondo - Aracataca

Cuenta el Maestro de Aracataca que el corregidor le enseñó el decreto mediante el cual el gobierno lo acreditaba como el nuevo gobernante local y José Arcadio con osadía le dice que la puerta le estaba indicando el camino de regreso.

José Arcadio aprovecha la oportunidad para darle una lección histórica de la fundación del pueblo y le ratifica que él representa a la comunidad, que si su propósito es el de quedarse y permanecer en paz puede hacerlo y vivir en el Gran Hotel, pero si su intencionalidad es la de anarquizar el pueblo le aconseja que organice sus maletas y se vaya.

Y como los corregidores que enviaban desde Bogotá eran de armas tomar, que no le tenían miedo a nada, en tono de ultimátum increpó a José Arcadio y le expresó: “…te recuerdo que estoy armado…”, ante lo cual, herido en su amor propio José Arcadio tomó al flaco corregidor por los hombros y lo levantó diciéndole: “…esto lo hago para cargarlo con vida, y no tener que cargarlo muerto toda mi vida”, sacándolo en vilo hasta la calle para que se fuera.

El corregidor, don Apolinar Moscote, a quienes los moradores del pueblo señalaban como un hombrecillo, regresó pocos días después con su familia, protegido por seis soldados armados y mal vestidos, portando escopetas de fisto.

Y como era de esperarse, las gentes de Macondo apoyaron el liderazgo de José Aureliano Buendía y cerraron filas ante él, dispuestos a enfrentar lo que fuera.

Todo listo para para expulsar al intruso, José Aureliano Buendía fue hasta el Gran Hotel donde se hospedaba el corregidor y, recogiendo el sentimiento de la comisión negociadora, integrada por liberales de “raca mandaca”, le propuso que se quedara, pero con la única e irrevocable condición de que el gobierno permitiera que la gente pintara las viviendas como les diera la santísima gana, añadiendo que como Macondo era un territorio de paz, despidiera inmediatamente a los soldados porque el pueblo no era ningún cuartel.

Lástima que no hubo periodistas, pero estas fueron las frases que se escucharon en el principal Hotel de Macondo después de estrecharse las manos los acérrimos enemigos: “Palabra de honor” (Apolinar), “Palabra de enemigo” (José Arcadio Buendía).

Si la historia garciamarquiana de cómo hubo un feliz acuerdo entre enemigos en la Guerra de los Mil Días, la otra, la de los Cincuenta Años, que hoy toca a su fin, que también tuvo corregidores, políticos, periodistas, púlpitos y empresarios que alimentaron la confrontación, y soldados, policías y guerrilleros que deshonraron el Derecho Internacional Bélico, pero que en aras de proteger la vida, Apolinar Moscote y José Arcadio Buendía han regresado al Gran Hotel para darse la mano, enaltecer los pactos y honrar la paz. Hasta pronto.

Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?