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La paz de los expresidentes

El jueves 28 marzo, 2013 a las 11:30 pm

Por: Alfonso J. Luna Geller – Editorial.

Alfonso Luna - DirectorComo no se pudo a bala, el primer paso para avanzar en un proceso de paz, al final del cual se puedan obtener resultados coherentes con el imperioso deseo de los pueblos que padecen cotidianamente la tragedia, es reconocer al enemigo y enfrentarlo buscando acuerdos de largo alcance, que garanticen una auténtica calidad de vida, en primer lugar para quienes han sido víctimas, en nuestro caso sociedades enteras de las poblaciones más postradas; y en segundo lugar, para quienes están negociando, porque también las partes esperan derivaciones beneficiosas y mejores condiciones de las que ya han conquistado haciendo la sempiterna guerra. Lógico.

Obviamente, no es sencillo conseguirlo, porque lo primero que exige el adversario es que el sistema debe terminar con los privilegios históricos que han sustentado o justificado la guerra, democratizándolos, pero de verdad, y eso no es fácil. Y segundo porque si se logra un cese de hostilidades, que sería lo primero en la nueva etapa, eso todavía no garantiza la paz en Colombia, pero sí sería un gran anticipo.

Y nunca en ese proceso debe dejarse entre renglones que se está tratando de conciliar con un enemigo prepotente, con subversivos, bandidos, terroristas, delincuentes, con narco-criminales, o como se les quiera llamar; y el arreglo es sólo con ellos: con quienes han sido capaces de enfrentar y sostener una guerra perdurable que nadie pudo ganar y en la que todos hemos perdido; claro, no los que viven de ella, de sus estragos, de la consolidación despistada de territorios, de las prebendas y concesiones que otorga a algunos de sus conductores. Quiero decir: el diálogo para lograr la paz, se realiza es entre enemigos que, en este caso, han demostrado ser feroces por más de 60 años, si no, ¿para qué diablos se convoca a dialogar o se negocia?

Pero increíblemente, para nosotros, para el pueblo raso, para inmensas mayorías víctimas de la histórica crueldad, precisamente quienes han decidido poner toda clase de trabas y obstáculos al actual proceso son quienes frustraron intentos anteriores, comandantes en jefe de una de las fuerzas en conflicto, quienes en tremendo egoísmo, o digamos, ingratitud por este sufrido pueblo, con un supuesto interés exclusivo, hoy quieren hacerle creer al mundo que el cese de hostilidades en Colombia es imposible. No creo que eso sea cierto. Las partes y las víctimas, el pueblo, tienen que ser optimistas, ceder y conceder, pues lo que conceden no es el sufrimiento de muchos sino que ceden en los privilegios otorgados a unos pocos. Eso es lo que debe manejarse; y claro, la negociación tiene que pisar callos, los de pequeños círculos poderosos. Eso duele a unos, pero es necesario, por su bien, como dice la abuela; para los otros, las mayorías, está demostrado que el peor de los dolores es el que se sufre cuando se ha perdido toda esperanza de que acabe. Es decir, todos en algún momento debemos hacer de tripas corazones, como sigue recordándonos la veterana, si no, volveremos al fracaso, a Pastrana, a Uribe, a quienes Narciso martiriza haciéndolos pensar que alguien puede lograr lo que ellos no fueron capaces.

A propósito, me sorprendió de verdad el nuevo lenguaje de Pastrana tratando de emular el de Uribe. Han sido palabras inoportunas, descomedidas con los optimistas, con quienes vemos con buenos ojos la posibilidad de paz, inclusive muy groseras en boca de un exmandatario. En medio del cruce de declaraciones sobre la paz en Colombia, Pastrana olvidó, otra vez, que el gobierno nacional tiene un mandato del pueblo consagrado en la Constitución, Artículo 22: la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento; y debe ser en cualquier tiempo, mejor, en todo tiempo; por eso me pareció oportunista su frase “nunca en medio de un proceso electoral se había adelantado un diálogo con la guerrilla, lo cual cambia sustancialmente las condiciones hacia la paz”; Colombia es un país que vive en procesos electorales. También fue infortunada su otra expresión: “En mi caso, el país votó por la paz. En 1998, con Pastrana o con Horacio Serpa, el país dijo: “A nosotros no nos interesa que nos arreglen la economía, queremos la paz y punto”. La paz era el mandato y Colombia nos acompañó”. O desconoce la Constitución o trata de engañar a quienes no la conocen.

En cambio, de Uribe nada me extraña, es harto conocido, ya lo dijo todo y lo hizo todo, inclusive, no pararle bolas a la constitución, al contrario. Las fuerzas subversivas, terroristas o narco-criminales, lo burlaron durante ocho años para salir fortalecidas contra el pueblo y el gobierno que le sucedió. Sin embargo, aprovechando su Twitter, los medios afines y la ingenuidad generalizada en las clases pobres, dice todos los días frases como estas: “El presidente Santos fue elegido por unas tesis opuestas a apaciguar y contemporizar con terroristas como Enrique Santos”. (Santos debe cumplir textualmente la Constitución y no adaptarla a su amaño… a pesar de los insultos). “No impunidad a la lista ilimitada de atrocidades de terroristas Farc”. (Con la lista ilimitada de atrocidades de terroristas Farc es que se intenta acabar negociando con esa peligrosísima fuerza; la guerra, como Uribe y todo el mundo lo reconoce, está vigente, a pesar de sus ocho años perdidos con el enemigo). “Gobierno Santos listo a dar impunidad a terroristas Farc que destruyeron aproximadamente 200 municipios y asesinaron policías, soldados y ciudadanos”. (Ese es el enemigo a silenciar, a conciliar, a acabar, inclusive jurídicamente, como dice el expresidente Samper, con fórmulas de justicia transicional. ¿O nos sentamos a esperar otros 60 años de más guerra inútil, a aumentar la destrucción y los asesinatos?).

La creatividad y el optimismo en la búsqueda de la paz deberían ser atributos de las negociaciones, no el rediseño y el impulso de la guerra absurda para buscar réditos políticos excluyentes.

Este intenso desprestigio que se proponen los expresidentes sobre el proceso de La Habana, crea escepticismo, va calando en la conciencia pública de una nación que avanza emocional, tanto, que a pesar de su cotidianidad ha llegado a ser calificada como “el país más feliz del mundo”. Y un pueblo así, tan feliz con su guerra, es presa fácil para, en cualquier oportunidad, transfigurarle su Estado de Derecho en esa cosa con que todavía sueña Uribe, algo que le dio por llamar “Estado de Opinión”.

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