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La paz como mito, leyenda y realidad

El viernes 10 enero, 2014 a las 9:52 am
Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemuñozefe@hotmail.com

Por JORGE MUÑOZ FERNANDEZ
jorgemuñozefe@hotmail.com

En el ámbito de la historia americana la paz ha sido mito y realidad; ha sido construida paso a paso y estamos distantes de lograrla plenamente como armonía social.

No obstante sus sueños truncos, alterados por los temblores de la violencia irracional desde los momentos en que se formaban nuestras culturas ancestrales, sus anhelos perviven como alucinación, quimera y espejismo.

México, con su rica cultura autóctona y originaria, nos ofrece una magistral enseñanza aplicable en los momentos en que el proceso colombiano avizora propicios resultados.

Allí, en la geología de su leyenda, encontramos ejemplos de profunda humanidad en defensa de la fraternidad humana:

Mixcóatl, padre de Quetzacoatl, fue un gran guerrero que pretendió conquistar a Huitznahuac. Organizó el enfrentamiento con sus mejores huestes y sus más hábiles guerreros para garantizar la operación y el éxito de la contienda.

JORGE MUÑOZ FERNANDEZ jorgemunozefe@hotmail.com

Y justo, antes de comenzar la expedición hacia el combate a muerte, salió a su encuentro una mujer de extraordinaria y asombrosa belleza.

Frente al indomable guerrero colocó, desnuda, sus ropas y sus flechas.

El guerrero y estratega de la muerte y la vida quedó absorto, estupefacto, la mujer había herido su dignidad y paralizado su condición de combatiente. Músculos, cerebro beligerante e imaginación habían sido afectados por el insólito desplante.

Sin embargo, haciendo honor a su condición de guerrero, no renunció al combate. Cuestión de honor y respeto por sus legionarios.

Después de superar el estremecimiento que le provocó la diosa-mujer le disparó cuatro flechas. Ninguna de ellas dio en el blanco. Quizá todavía estaba confundido.

Ante la primera flecha, la mujer se inclinó y le pasó por encima; la segunda le cruzó por un lado sin hacerle daño; la tercera, para asombro del guerrero, ella la atrapó con la mano y la cuarta, que pensó le hubiera herido, se fue por entre las piernas sensuales de la insólita desafiante.

El guerrero, curtido en mil batallas, se replegó a preparar mejores tácticas y estrategias de las ya utilizadas.

Segura, no obstante, del enorme poderío de su enemigo, la mujer, Chimalman, se escondió en la “caverna de la barranca más grande”. Mixcóatl lastimado en su orgullo de guerrero invencible, empezó a ver en todas las mujeres del entorno enemigas hostiles y comenzó a torturarlas sin clemencia.

Ante el acoso, las embestidas, los tratos aberrantes, los asaltos, las violaciones y la violencia generalizada contra las mujeres de su comunidad, las mujeres se unieron para hacer valer su poderío.

Llegaron sin rodeos a una conclusión clara, elemental y axiomática: para evitar los ataques, la tortura y la muerte contra todas las mujeres, busquémosla.

Una vez la encontraron le dijeron con beligerancia: “Te busca Mixcóatl, y por causa tuya maltrata a tus hermanas…”

Al oírlas Chimalman se conmovió – la unidad conmueve – y salió nuevamente al encuentro de Mixcóatl. Volvió a desnudarse frente a él en su cuartel de guerra y colocó de nuevo en el suelo sus flechas y su ropa.

El guerrero, otra vez irritado, henchido de vanidad, volvió a dispararle sus flechas, siempre con más odio y vehemencia, sin éxito, nuevamente, para rendirla, eliminarla o hacerla su esclava.

Dicen las leyendas mexicanas que al legendario y arrogante guerrero no le quedó otra alternativa que desposarse con ella en espléndida y apoteósica fiesta.

Con algunas guerras y con algunos conflictos armados internos o internacionales el camino de Mixcóatl puede ser viable, aunque no necesariamente los guerreros tengan que desposarse con sus más enconadas adversarias.

Absurdo sería pedirle al expresidente Uribe o al Presidente Santos que se casen con las FARC. Basta que los actores del conflicto entiendan la complejidad de la guerra y asuman, ante las generaciones presentes, futuras y la historia, actos de grandeza.

Si la visión de la paz es ortodoxa y cerrada, el camino hacia la reconciliación es imposible. Bien lo ha dicho el propio senador Aurelio Iragorri Hormaza como legendario dirigente de las huestes liberales caucanas víctimas, también, de la confrontación armada. “Paz es perdón”.

A la paz no se llega siempre por las rutas de la guerra. Para lograrla tienen validez hasta los mitos. Por lo menos para el fin de la guerra, porque la paz no es simplemente la ausencia de la confrontación; se requiere de la reconciliación, como lo cree y lo siente este columnista, que se salvó de ser víctima de un “Juicio Revolucionario” ordenado por las FARC, en el año de 1998, con el beneplácito de “Pablo Catatumbo” y el “Sargento Pascuas”, como lo describo en mis memorias como constructor de paz en el Cauca con el M-19, el PRT y el Quintín Lame. Hasta pronto.

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