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LA PALABRA POÉTICA- II

El lunes 19 septiembre, 2016 a las 2:36 pm
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano

moises

https://callegrande.wordpress.com/2015/01/01/miguel-angel-mutilo-su-bella-figura/

Todos los días andamos con la boca lista para pronunciar palabras. Y hay un enorme diccionario de ellas con talante y distinto traje: El lenguaje ordinario, como decía Wittgenstein, tiene acepciones o significados específicos con algunas posibilidades de variar la significación.

La palabra en la poesía nos dice Aristóteles no tiene el mismo trato y significación que en el lenguaje filosófico o académico. En este cada palabra debe ceñirse a su terreno semántico y equivaler a la verdad. No puede desviar su significado para referirse a otra cosa o realidad que la insertada en su límite o convención lingüística. El pan será pan y el vino será vino y punto. Esto es, cada palabra tiene una función apofántica dentro del discurso y el hablante tendrá que someterse a seguir esa regla o condición.

Aponfántica es una expresión usada por Aristóteles para alertarnos, si usamos una palabra en el idioma debe equivaler a la verdad, al sentido que cualquier académico le otorga en su discurso diario. De lo contrario, caeríamos en flattus vocis, en palabras sin sentido. Esta expresión en su original griego, quiere decir que en cada palabra hay una realidad que se halla dentro, y al pronunciarla o escribirla, se deja ver de cuerpo entero por quien la lee o escucha.

En su Poética Aristóteles dice que el actor, -en este caso el poeta- en su dicción o recitado descubre al hablar o de su modo de pensar saca a luz en ella, una realidad distinta que no aparece en el lenguaje académico ni existe efectivamente en la realidad. Es decir, solo está dado este poder de la lengua a los poetas: poder decir o escribir una palabra en su poema que exprese o haga aparecer otro significado en ella que de otra manera no existiría.

No así al físico o al aritmético o al investigador de ciencias sociales se le permite que varíe el sentido de las palabras y los números. Solo puede usarlas para decir verdades y balancear neutrones y colocar en los ángulos las cosas del universo.

Pero advierte al poeta que siempre su palabra debe tener la virtud de hacer entrever o aparecerapo-fanoαποφαντικα- a la luz de su numen una versión que antes no existía dentro de la palabra que se entrevera en el verso. Siempre tendrá el poder con la palabra, – como una varita mágica, que a fuer de poeta y como hacedor de nuevos mundos – , hechice a unas de ellas para que signifiquen algo que antes no dejaban ver. Al modo de monstruos que solo se verán entre las rocas por el fogonazo del relámpago en la tormenta.

Ninguna palabra será vacía de significado en el poema. Unas estarán cargadas de oro o semejarán diamantes o serán luz mortecina y servirán de fondo, otras, de pedestal. Más ninguna podrá estar de sobra o perdida entre las siervas en la nueva aparición que hay en la creación lingüística del poeta.   

A esa frontera concede Aristóteles, el gran pensador y calibrador del lenguaje humano, puede llegar el poeta y el artista lícitamente. Cada palabra tendrá que entrañar una función apofántica. Conseguir significados tales en el poema, trabajados con su numen, como Miguel Ángel labró a Moisés en la tosca piedra en donde nunca antes había figura humana.

16-09-16                                4:30 p.m.

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