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El miércoles 25 noviembre, 2009 a las 8:54 am
LA NUEVA ESTRELLA DE FÚTBOL, ¿MARCA SANTA FE?

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leodequevedom@gmail.com

Leí una columna fuerte y con fuete. Soy hincha desinflado del desplatado Millos. Del que se quedó en la 13, del que se quedó en el pasado con Di´Stéfano y Pedernera, con Iguarán y Ortiz, con el paragua Benítez y otros así que adormecían la pelota en los guayos y no la regalaban cuando la pasaban para el gol. Con quienes se adornaban con piques y goles de antología cada domingo y eran la delicia de El Campín y tenía hinchas en Tumaco, Cali, Santander de Quilichao y pueblitos de todo el país.

No hablo de Panzuto, y de otros argentinos que le dieron glorias a nuestro enemigo del frente. Esas épocas cuando la narración era también un juego y una poesía.
Igual que el fútbol que se veía.

Sí hablo de los técnicos de ahora. ¿Quién hablaba de los técnicos antes? Nadie. Se hablaba de fútbol. Y el fútbol lo han hecho siempre los jugadores. Por eso hoy Maradona no es noticia ni Pelé. Su época fue ayer. Quienes hacen grande el fútbol, quienes huelen a sudor de gol son ellos. Quienes alzan las copas y dan la vuelta. Quienes lloran y festejan. Quienes llenan y justifican que las naciones y las ciudades tengan grandiosos estadios. Los técnicos son los “profesores”, que enseñan las letras, las jugadas, las estrategias, los que saben qué son las líneas y los que responden por los cambios cuando alguien se cansa o se lesiona. Y luego cobra el sueldo como directivo. Pero no se rompe el alma en el partido, no se echa al hombro la presión de estar debajo en el marcador.

La prensa de aquellos tiempos no se metía con los técnicos. Ellos estaban en el banco, desde fuera de la cancha con los aguateros, para ayudar al hincha a gritar y animar al pibe que empezaba. No tenían el mérito de lo que pasaba en la cancha ni se les endilgaba la pérdida del equipo. No era “su” equipo. Eran ellos parte de la plantilla, eran unos anónimos auxiliares en la formación de los jugadores y los motivaban con afabilidad y buen humor. Pero, de ahí a que fueran responsables de las derrotas o de la mala racha, no. Ni el hincha se daba cuenta de cuándo lo reemplazaban las directivas. Quienes se cuadraban al comienzo del partido para la foto, eran las vedettes y punto.

En fin, cuando terminaban los torneos lo común era gritar que Millonarios era el campeón. Era como tener en casa al Real Madrid. Racing, Huracán de Buenos Aires miraban hacia Bogotá y se solazaban de ver que sus estrellas eran los astros que de allá nos exportaban. Y los nuestros, los criollos aprendían y emulaban por no quedar en la cola de la estrella. Tuvimos excelentes jugadores que no pensaban en tener un manager, ni buscaban con afán aparecer en los periódicos ni se alzaban la camiseta por meter un gol. Se apresuraban a poner la bola en el centro y a seguir brindando el espectáculo del buen fútbol, de jugar para adelante sin pensar en defenderse y cuidar el golecito conseguido de chiripa, como hoy.

Si ganaba el equipo de siempre, Bogotá salía a las calles y era fiesta nacional. Y el otro equipo, el segundo, no se amilanaba ni había represalias contra los jugadores. Se mejoraba el plantel con un puntero, dos laterales, o dos aleros, o un portero. Pero el fútbol seguía y no se cifraba la esperanza en la sapiencia de un entrenador. Y no había piedra ni barras bravas ni cuchillo o bala a la salida ni disculpas por los árbitros.

Eran los jugadores los que ponían la pierna, el pecho. No se hablaba de camiseta, sino de garra, de finta, de buen pase, de descolgada, de gambeta y de mucho gol.

23-11-09 6:48 p.m.

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