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Jueves, 27 de febrero de 2020. Última actualización: Hoy

La música: voz del alma

El lunes 10 febrero, 2020 a las 2:27 pm
La música: voz del alma
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2UCLnXr
La música: voz del alma

La música: voz del alma

Por: Leopoldo de Quevedo y Monroy

Los sonidos que nacen de una composición musical son briznas que salen, confluyen y descansan por lo general -y para sobrevivir- en un rincón preferente del alma humana. La música nació y se cultivó en la sangre del homo sapiens. Tal vez no se haya profundizado lo suficiente sobre la evolución de los sonidos que se constituyen en música.

Seguramente Adán y Eva nunca cantaron y ni siquiera tararearon una melodía. Porque la música ante todo es «melos», una especie de miel o sonidos propicios para concentrar la atención y tranquilizar el ánimo. Nace por los intentos de organizar ciertos sonidos que atraen la atención y el oído e invitan a seguir percibiendo ese «ruido» o conjunto de sonidos algo extraños que atraen la atención por su rareza, armonía y re-percusión.

La palabra y el conjunto de piezas y sonidos que se organizan para comunicarse el ser humano salen de la garganta -y se modulan en el interior de ella y de la boca- impulsados por los pulmones. La Naturaleza, sabia, obró como lo hacían los primitivos con el tam-tam sobre los tambores para dar señales y alertar a su tribu.

¿Cuántos siglos tardó el hombre para que salieran de su boca unos sonidos -no guturales e ininteligibles-, sino organizados, aptos para comunicar ideas y sentimientos?. El homo -sapiens- fue adiestrando sus experiencias con el correr de sus necesidades y su capacidad de adaptación.   

La música es uno de tantos hallazgos que el ser humano fue descubriendo y aprendiendo. Fue parte de su entorno porque oyó la musicalidad que salía del sonido del correr de las aguas en el río, del viento que batía las ramas de los árboles, del trueno y el rayo, del batir y reflujo de las olas en el mar…

Fue recogiendo esas experiencias y luego las pudo reproducir mecánicamente en aparatos como los fotutos de nuestros indígenas panches y chibchas y tambores y sonidos de saludo y de guerra. Fue dejando su rastro sobre grandes piedras que les sirvieron de tablero. Escribieron con otras piedras y con el achiote, como lo hicieron los pueblos de otros continentes sobre hojas y con signos que dieron origen a la escritura y a las lenguas habladas.

La música nació en medio de las costumbres de su cotidianidad. Era unos instrumentos para unir a la comunidad en determinadas ceremonias sagradas frente a sus jefes y justo en lagunas como en Guatavita, Fúquene, Neusa o la de Tota. Allí, los antepasados colombianos realizaban sus fiestas a los dioses y rendían tributo a sus antepasados con la presencia de su Caciques. Les ofrendaban ritos, danzas y riquezas en oro y esmeraldas a sus Dioses que habitaban en el agua.

Hemos olvidado la historia y pasamos insensibles ante las lagunas en donde aún reinan nuestros dioses antepasados. Nos legan en ellas la frescura del agua y la belleza del paisaje.

10-02-20 – 11:51 a.m

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