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La mujer

El lunes 15 abril, 2019 a las 8:14 am
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2v2HCfS

La mujer

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Adán estaba solo en El Paraíso. Aún el Señor del gran jardín no le había presentado a Eva. Paseaba solo en un caballo blanco con mechón largo en su testa. Disfrutaba del paseo y de vez en cuando bajaba a recoger un coco o una naranja. Era fructílogo y tenía toda la colección a su disposición. Granadas, duraznos, uvas, nísperos, granadillas, moras silvestres, bananas, chirimoyas, sandías, piñas. El dueño de la finca las había estado sembrando desde que abrió la finca y le había llamado El Paraíso.

Pero un día le presentó a una criatura que se parecía a él. Caminaba como si hubiera salido de la escuela de Versace o Gucci. Solo tenía un brassier y un pantaloncito de color café claro. Parecía uno de esos ángeles que lo acompañaban. La miró de arriba abajo y quedó al instante prendado de ella. Miró al señor extrañado y Él le dijo: No temas. Es Eva Nova, Lilith murió. Desde ahora será tu compañera. No es bueno que estés solo. Adán la saludó tímido y vio que era hermosa, pero bastante distinta a él. Eva le sonrió. Y él, por primera vez, le dijo: Eva, y le correspondió con una sonrisa.

Desde ese momento la vida de Adán cambió. Ya tendría interlocutora, compañía, mujer y semejante. No conocía sino al mono, a la zorra, a las moscas y los zancudos. El Paraíso cambió desde ese momento. Ella era una artista de las cosas y tenía otro sentido diferente al de Adán. Por él la disposición de las cosas, el orden, la comida… todo estaba muy bien. Pero Eva veía en El Paraíso como un cuadro nuevo que tenía que diseñar.

Eva empezó a sentir frío en las mañanas y necesitaba algo más para ponerse encima. Pasó su primera noche en una cueva al otro lado del río que corría por toda la mitad del enorme jardín donde el Señor los había juntado. Su sentido de la percepción era más evidente en ella y pronto supo que la piedra serviría para abrir el coco. Había encontrado algunos abiertos bajo los altos largueros donde lucían en racimos y su carne blanca era deliciosa. Al comienzo su alimentación era vegetal.

Encontró placer en el río para descansar del paseo diario y halló que el sabor del agua cristalina era una delicia. Fue probando una por una las pepas, vulvas y raíces: tenían sabores diferentes. No conoció el fuego ni lo que era la vergüenza, pero sí aprendió a librarse del frío arrunchándose con Adán cuando se aburría o se cansaba. Poco a poco fueron aprendiendo los trucos diarios de comer a horas, beber, bañarse, acostarse y levantarse.

Nunca se preocuparon por vestirse, ni se alejaron mucho del sitio donde se encontraban. No supieron de abuelos, de camas ni almacenes, ni de moneda. Tal vez sí supieron que valía más una piedra que la arena y aprendieron a no asustarse con los truenos ni los rayos cuando llovía. Inventaron los besos y hasta tuvieron dos hijos.

13-04-19 – 10.37 a.m.

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