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LA MINERÍA ARTESANAL ES SANA

El sábado 5 diciembre, 2015 a las 3:01 pm
Bulevar de los Días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

Minería artesanal

http://www.elconfidencial.com/mundo/2014-12-01/el-pais-mas-cool-de-america-comete-los-peores-destrozos-de-todo-el-continente_511900/ En Santander de Quilichao, al sur de Colombia. (Reuters)

Quién sabe cuánto estará pagando el MinMinas a la cadena W radio por la propaganda oficial sobre la minería como negocio antiquísimo y fuente de ingreso de nuestra cultura. Cada cuarto de hora está sonando. Si es tan cierto y obvio, no necesitaría de tanta alharaca. Porque la sal no necesita propaganda para venderse.

Es un sofisma en el lenguaje. Hay un mensaje adicional detrás de esta propaganda tan abierta. El rechazo de la ciudadanía a la furia de la minería que hacen las multinacionales y los llamados inversionistas extranjeros es letal para Colombia.

Es cierto que nuestros indígenas en la Guajira, en Tumaco, Calima, trabajaban artesanalmente la sal para su sustento diario y para comerciar con ella con el canasteo sobre sus cabezas por entre trochas y veredas. No hacían daño a la Naturaleza y era un medio de trabajo y de subsistencia. En lugar de hacer un mal lo hacían sencillamente y nunca desplazaron a nadie de su territorio.

Es cierto que en muchos lechos de ríos se buscaba oro, no solo en la época del Dorado, sino desde siglos atrás, las comunidades indígenas de todo el continente lo utilizaban para objetos de adorno y símbolos de poder civil y religioso. Nadie niega que la riqueza aurífera y de la sal y aún de las esmeraldas, sobre todo en Marmato y regiones aledañas existía desde tiempos remotos como trabajo artesanal.

Pero, de ahí a concluir que la explotación de metales, carbón, oro, níquel y otras riquezas que yacen bajo la capa subterránea, como se hace hoy ha sido tradicional en Colombia, es una mentira a todas luces.

Nuestros aborígenes respetaron siempre los ríos, los páramos, los humedales, las selvas y nunca dañaron el cauce ni las hoyas de fuentes hídricas, ni talaron indiscriminadamente cuanto encontraban a su paso. Ni tenían las herramientas poderosas y agresivas que hoy vemos en carreteras, canteras y fotos de noticieros en cuanto yacimiento, represa o explotación minera hay.

Lo hemos visto en La Colosa, en Guatapé, en Betania, en El Quimbo. No más en este último sitio se talaron más de 21 mil hectáreas de árboles y se desplazaron habitantes raizales de varios pueblos. Aún reposan pudriéndose especies de árboles nativos en trozos enormes que no han podido ser evacuados del sitio donde los arrumaron mientras detenían las aguas del Río Madre del Magdalena. Los daños ecológicos que se han generado allí no tienen una cuantificación y cada vez aparecen más efectos nocivos como el alza de dos grados de temperatura en la región.

Esto no lo hacían nuestros ancestros, entendámoslo bien. Todo lo contrario. Cuidaron la Naturaleza, respetaron las propiedades y convivieron pacíficamente. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad. Con estas cuñas radiales se quiere adoctrinar y hacer creer que los daños en el Macizo Colombiano y los miles de sitios donde se han favorecido con licencias ambientales y mineras a compañías foráneas, es normal y totalmente parecido a lo que hacían nuestros tatarabuelos y aborígenes. Nada más absurdo y contrario a la verdad.

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