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LA MENTE, PRIMER TERRITORIO PARA LA LIBERTAD

El sábado 19 mayo, 2012 a las 9:17 am

Por: Henry Uzuriaga González
Profesional en estudios políticos y resolución de conflictos 

“Si de verdad deseas ser libre, desconfía de toda propaganda que venga del dominador”.

Manuel Zapata Olivella


Los filósofos griegos, después de beber la esencia de antiguas culturas orientales y africanas interiorizadas en el discurso científico y posterior a la reflexión de la vida cotidiana en la polis, acuñaron el término eudaimonía para referirse al mayor estado de felicidad al que pueden aspirar los hombres en la existencia. Esta antigua meditación la podemos trasladar a nuestra actualidad franqueada por una seudo-democracia donde las personas hemos ido olvidando el consejo de los antiguos de todas las culturas, de aquellos ancestros que nos han legado sabiduría en su oralidad polifónica. Aun en medio de esa realidad de tantos olvidos programados, podemos buscar un paralelo de esa idea inicial en el vocablo dignidad que en nuestro contexto hace referencia a la plenitud del ser humano.

El hombre (género humano) en su búsqueda interminable de bien-estar se encuentra con la insatisfacción de necesidades que pueden ser vistas como carencias, es decir, lo inevitable para la conservación de la vida y también como potencia que moviliza las energías hacia el logro de satisfactores que mejoren la calidad de vida.

Saber que el hombre no es solo cuerpo, sino que es un poseedor de atributos tales como la libertad y la autonomía, complejiza la situación para hablar de la felicidad en un contexto donde las múltiples violencias atraviesan la sociedad en general. Hablar hoy de eudaimonía o de dignidad implica superar los discursos grandilocuentes y pone en evidencia la necesidad real de construir un proyecto colectivo de consenso que nos devuelva la independencia mental y física que haga posible la construcción de claves libertarias para no continuar rindiéndole culto a una cultura de dominación caracterizada por el sometimiento de las bases sociales y que niega en su doble esencia de mandato y obediencia toda posibilidad real de cambio.

En este contexto de reflexión política, la mente y la tierra deben ser liberadas con nuestras propias manos, teniendo en cuenta el requerimiento de juntar nuestras diversas fuerzas como una de las opciones con las que contamos, para dirigir el trabajo de la humanidad, hacia lo mejor que ésta sabe hacer: “cultivar alimentos para la vida y conocimiento para la autodeterminación”.

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