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La mejor natilla del mundo

El jueves 23 diciembre, 2021 a las 10:15 am
Imagen cortesía de: www.pasionthermomix.co

La mejor natilla del mundo

MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE

Casi en silencio mi abuela Carola se levantaba a las tres de la mañana a moler un maíz amarrillo que había dejado cocinado desde el día anterior. Afuera, el eco de algún gallo cantando, los vecinos desesperanzándose, villancicos mañaneros detrás de las ventanas.  El maíz se pasaba por el molino Corona, una, dos y tres veces, hasta que lograr la finura necesaria.

Con el sol, entre neblinas ralas, aparecía un lechero con tinajas de leche de vaca recién ordeñada y guangos de leña. Al rato llegaban sus hijas para ayudarle a pasar por un cedazo de tela el maíz desleído en agua, en una operación harto compleja y dispendiosa, para separar el afrecho de la fécula. Poco a poco una colada suave y amarilla se hacía realidad.

A media mañana en el patio de la casa se prendía el fogón con leña y carbón traída del campo. Se ponía la paila de cobre sobre las tres enormes piedras, y se ponía a calentar la colada de maíz con algo de leche y trozos de panelas campesinas. Nunca con azúcar.

Los nietos, sobrinos e hijos íbamos rotando la cagüinga en el transcurso de la mañana para hacer el ejercicio de menear, pulsar la colada, respirar humo hasta lagrimar y escuchar que la natilla era una tradición familiar decembrino importante en la familia. Para menear la segunda tanda, a la abuela le gustaba que fuera a manos de un solo meneador, por aquello de los humores y el tono que le dan las manos de un único cocinero. Y todos queríamos comer, pero a la hora de ser el meneador elegido, nos metíamos debajo de las piedras.

Un secreto consistía en sostener la candela a fuego lento. Al crepitar de la leña íbamos pasando la parentela con cuentos, comentarios y chistes por el patio. Mientras tanto, la abuela cuidaba la consistencia de la colada, estaba alerta del ritmo la candela, preguntaba la hora a cada rato para agregarle en el momento exacto los clavos, la canela, el coco rallado, más leche… si era necesario.

Y cuando del fondo de la colada comenzaban a brotar burbujas que se reventaban en la superficie dejando ojitos, y el meneador avisaba que ya estaba a punto, la abuela corría a echarle queso de hoja desmenuzado, leche condensada y lechera. Eso sí, todas las medidas eran a un cálculo experimentado que nunca fallaba.

Al grito, ¡vengan, vengan!, ¡que van a bajar la paila!, un desfile de primos, sobrinos, tíos, nietos y familiares de todos los colores aparecíamos con cuchara en mano para hacerle minga a los restos de la natilla una vez servida en mates traídos del Patía.

Que días aquellos, donde juntos la manada de primos nos peleábamos de buena manera un puesto alrededor de la paila para raspar, entre risas y bromas, frente a la sonrisa cansada y dichosa de la abuela, que ya relajada, se sentaba a disfrutar de vernos reunidos alrededor de su proeza. Luego, durante toda navidad y algunas semanas demás, degustábamos la natilla con leche caliente.

Esa fue el ritual navideño que nos regaló la abuela durante sesenta años, y cuya tradición extrañamos porque su humanidad, ya entrada en años, está en camita y no se puede levantar.

La mejor natilla del mundo ha sido las que comimos en el patio de la casa de mi abuela, hecha con sus manos amorosas y su encanto de mujer indomable. La que se comió junto a los buñuelos calientes de mi tía Leonilde, la que se comió servida de las manos de mi madre y mis tías porque no tenían otro propósito que vernos felices. La que se raspó de la paila junto a la parranda de primos. Gracias mamita Carola, gracias mamá, gracias tías por hacer de nuestra infancia y de nuestras navidades un paraíso inolvidable.

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