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La marcha de todos los días

El miércoles 11 marzo, 2015 a las 12:12 pm
Diogenes Diaz Carabalí 2

Diógenes Díaz Carabalí

 

Todos los días, desde cuando aprendemos a caminar, al año siguiente de haber nacido marchamos por la vida; hoy lo hemos hecho desde cuando nos levantamos; volveremos hacerlo mañana desde tempranas horas y lo repetiremos cada día aún muertos. Ha de ser nuestra herencia: debemos buscar proteger a los niños, cuidar a las madres, entender a los jóvenes, respetar a los adultos, escuchar a los viejos. Aunque discutamos con los sabios; aunque contradigamos a los ignorantes; aunque energúmenos platiquemos con los religiosos; aunque controvirtamos con los ateos; aunque cuestionemos a los políticos; aunque jamás coincidamos con los homosexuales; aunque tengamos que llenarnos de paciencia con los extremistas.

Por profundas que sean nuestras diferencias, debemos pensar que otro puede ocupar el espacio siguiente de nuestro cuerpo, la orilla siguiente a nuestra piel, el borde contiguo a nuestra existencia. Debemos cuidar el espacio que me ha tocado para vivir; tan radical debe ser nuestro respeto a la vida que debemos evitar juicios a quien se equivoca, incluso a quienes por resentimiento acumulado llegan a cegar una vida. Debemos pensar que el aborto es el crimen más cobarde y aberrante, un crimen perfecto, ejecutado contra un ser sin posibilidad de defenderse.

Debemos cuidar a los animales porque son nuestro complemento. Debemos cuidar a los árboles porque gracias a ellos respiramos. Si un día nos hemos equivocado, el Dios de la vida nos permite corregir el camino; siempre existe una esperanza; siempre viene un nuevo amanecer para reparar nuestras huellas. La vida es un círculo que siempre se cierra, nada ocurre por casualidad y la historia nos enseña que nunca se repite, sino que la construimos sobre nuestras equivocaciones.

La camisa raída que desechamos ayer, jamás volverá a cubrir nuestros hombros. Una es la vida, irrepetible, todos tenemos derecho a disfrutarla, nadie tiene el deber de eliminarla. Debemos vivirla en la sencillez, en el respeto, en nuestra dignidad. Todos tenemos derecho a disfrutar la vida.

Razón tiene un hombre cuando dice que los ataúdes no tienen alforjas. ¿Para qué matarnos por ambiciones? Si dejamos lo que no necesitamos para quien lo necesita podremos mirar al otro a los ojos, sin avergonzarnos por sus penurias. La pobreza del otro es la oportunidad para servir; la miseria del otro es condición para cuestionar nuestra avaricia. Lo que yo tengo de más, es robo a quien lo necesita.

Hay tantas formas de construir la paz. La primera, desarmar nuestras actitudes, que causan más muertes que las armas que hemos inventado para significar que el otro carece de razón, que el otro es inferior, que el otro estorba nuestra existencia cuando sabemos que cada uno de nosotros, con el color de nuestra piel, con las características que nos hacen únicos, tenemos el mismo origen ubicado en un lugar específico. La diferencia deviene de la caridad de la naturaleza, donde los grupos de nuestros antepasados se asentaron, no de beneficios divinos.

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