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La maldición de los frailes asesinados

El viernes 5 febrero, 2021 a las 11:41 am
La maldición de los frailes asesinados

La maldición de los frailes asesinados.

Marco Antonio Valencia

          Cuando los grillos buscan novia comienzan a rascar sus alas, entonces un cri-cri-cric inunda todos los rincones del campo y su canto es sinónimo de noche y de silencio. Mientras se aparean, su ruido es más fuerte y cuando en las emociones del amor la grilla decide comerse las alas de su pareja, el canto ya es un grito de gozo que se funde con la luz de las estrellas.

          Los grillos son solitarios, bohemios y cantores. Seres que dan su vida por un instante de amor y cantan sin cesar para halagar y defender a sus amadas. Es más, después de aparearse, mueren, se dejan morir, que es algo poético en sí mismo.

          Cosa distinta ocurre con sus primas, las langostas, que andan en pandilla de millones devorando lo que encuentran a su paso, como una plaga que busca extirpar todo el reino vegetal.

          En el valle del Patía tenemos una historia terrible con las langostas, a tal punto que cuando se les preguntaba a los viejos por ellas, abrían los ojos y gritaban: “¡Ay po!” y se santiguaban tres veces como si escucharan preguntar por el fin del mundo.

          Me contaba mi papá, Marco Antonio Valencia Ortega, que en un lugar llamado El Castigo afloró por primera vez, en Colombia, la plaga de langostas o chapuletes que arruinó al país entre 1814 y 1816. Fue terrible: se comieron los pastos de todas las fincas del valle del Patía, arrasaron con todo tipo de sembrados y luego subieron por el cauce del río Magdalena para devorarse el resto del país.

          Los campesinos del Patía y sus alrededores que no huyeron, pasaron hambres terribles. Se cuenta que la gente, desesperada, salía a recoger chapuletes para sancocharlos y sobrevivir. Que cerdos, vacas, caballos y gallinas se pusieron gordos de comer langostas, pero el sabor de las carnes se les volvía amarga; que los perros, grandes comedores de bichos, se enflaquecían, perdían pelo y morían penando; y que a los niños se les reventaban los oídos del zumbido tan bestial.

          No había forma de combatirlas y la gente casi no podía salir de sus casas. No obstante, un día, como enviados de Dios, a la batalla contra los bichos se sumaron los pájaros: garzas, garrapateros, mirlas, turpiales, arroceros, chamones, tijeretas, carpinteros, azulejos, en fin… todas las aves del mundo vinieron y la guerra se ganó. Cuando la gente salió de sus ranchos, pasados casi dos años, todo era desierto, desolación y tristeza.

          La leyenda cuenta que la plaga apareció porque los negros macheteros del Patía mataron a un grupo de frailes por robarlos y uno de ellos alcanzó a lanzar la maldición bíblica para quienes por ambición cegaban la vida de otros. Entonces, justo allí, donde los enterraron (en El Castigo), nació la “peste”.

          La cosa fue seria. Años después el gobierno nacional expidió la Ley 65 del 9 de noviembre de 1914. En ella se ordenaba fumigar a El Castigo con 200 libras de arsénico por cada quince galones de agua hirviendo, cinco galones de agua fría y cuarenta galones de miel.

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