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LA MALDICIÓN DE LA CRUZ DE BELÉN

El lunes 6 diciembre, 2021 a las 10:11 am

LA MALDICIÓN DE LA CRUZ DE BELÉN.

Por: ÁLVARO JESÚS URBANO ROJAS

El Santuario de Belén inició su construcción el 8 de septiembre de 1681, el obispo Cristóbal Bernardo de Quiroz, bendijo y puso la primera piedra en uno de los cerros tutelares de la ciudad. Delante de la capilla, se levanta una cruz de Piedra construida en 1789 por el cantero Miguel de Aquilón, un hombre de baja estatura, de joroba protuberante y mirada ladina, cara de duende y lunar con pelos en la frente.

En la base de la Cruz, se talla sobre la piedra una invitación a la oración para librar la ciudad de las inmundicias de la brujería y de las fuerzas sobrenaturales del inframundo. La cruz en sus coordenadas tiene estas inscripciones: al lado norte: Una Ave María a la Madre de Misericordia para que no sea total la ruina de Popayán. Al sur: Un Padre Nuestro a San José para que consiga buena muerte. Al occidente: Un Padre Nuestro a Jesús para que nos libre del comején y al oriente un Ave María a Santa Bárbara para que nos defienda de los rayos y tempestades.

Cerrados los conventos y claustros religiosos, por causa de la ley de tuición de cultos durante los gobiernos Liberales de Tomás Cipriano de Mosquera, José Ilario López y José Ignacio de Marques, el clero había abandonado la ciudad, quedaron solo cuatro franciscanos, tres sacerdotes interinos y un coadjutor; tres monjas, una del Carmen y las otras dos de la Encarnación, ellos no pudieron dejar la ciudad por motivos de salud o por su avanzada edad. Los claustros religiosos de la diócesis se convirtieron en centros escolares públicos y en Batallones. Para la instrucción pública, el gobierno incorporo la misión pedagógica alemana, lo que dio origen a una fuerte controversia con la Iglesia católica, más aún cuando la mayoría de la delegación alemana era protestante.

El obispo Carlos Bermúdez Pinzón, discípulo del arzobispo Joaquín Mosquera desterrado de Colombia por su propio hermano Tomás Cipriano de Mosquera, fue el detractor más beligerante en la lucha contra los masones. Se caracterizó por el uso de un lenguaje condenatorio, en la excomunión a los ladrones de la custodia de la Catedral, condenó a los ladrones así: “No duden que solo el infierno es superior a este castigo a donde caminaran con pasos apresurados si permanecen en la obstinación, tengan presente que no volverán a disfrutar un solo instante de tranquilidad en su interior, que llevaran a todas partes un gusano roedor que les devorará las entrañas”.

La noche del 7 de marzo de 1875, concluida una reunión de liberales agrupados en la sociedad Democrática de Popayán, algunos de sus miembros ebrios, procedieron a insultar al Obispo Bermúdez con arengas y gritos de “¡muera la religión! y tiros de revolver que disparaban sobre sus ventanas”, arengando “muera el ladrón de la custodia para traer mujeres”.

LA MALDICIÓN DE LA CRUZ DE BELÉN EN POPAYÁN

César Conto presidente del Estado Soberano del Cauca decretó el estado de sitio, y aunque la guerra liderada por el partido conservador, era evidente que el obispo  incitaba a la guerra y que desde el pulpito la bendecía y le daban el carácter de  guerra santa contra la masonería y los liberales, por ejemplo, en Cali se arengaba en las calles “Viva el catolicismo” “Muera, muera el masón”, por ello en el mes de febrero de 1877, en pleno desarrollo de la guerra civil, César Conto decretó la expulsión del territorio nacional del obispo de Popayán.

El 7 de febrero a altas horas de la noche, hombres armados al mando del coronel Aníbal Micolta entraron a capturar al obispo Bermúdez y lo arrastraron hacia la puerta principal del palacio arzobispal; indignado por el mal trato de sus captores, en medio de las protestas de algunas mujeres de la ciudad, lanzó una de las más lapidarias maldiciones, en detractor grito expresó: “Maldigo a esta ciudad, cuna de masones y enemigos de Dios… El día que la cruz de la iglesia de Belén caiga, los muertos saldrán de sus tumbas y Popayán se acabará”. Desde entonces la maldición recorrió las calles con la misma velocidad de la desgracia. Encadenado a un coche tirado por dos caballos berberiscos, el obispo fue llevado al Puerto de Buenaventura desde donde partió al exilio en Chile.

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