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LA LLAMADA

El sábado 21 enero, 2023 a las 4:06 pm
LA LLAMADA
Daniel Chávez Flórez

LA LLAMADA

LA LLAMADA
Por: médico Álvaro Álvarez Muñoz

El abogado Daniel Chávez Flórez fue un gran profesional del Derecho, asesor de muchas instituciones del sector salud, públicas y privadas, así como también de personas naturales en lo atinente al área administrativa en la cual era especializado. Estuvo como director del INCORA para el Cauca y también fue secretario de la Comisión Cuarta del Senado. Durante varios años se desempeñó como el asesor en las diferentes empresas sociales del Estado de las cuales fui su gerente o director. Manteníamos una gran amistad y fueron muchas las horas en las que debatimos temas del acontecer diario del país en lo político, en literatura, en gramática, en lo anecdótico y en lo que nos interesara.

Hace unos años me comentó acerca de un problema de salud que lo aquejaba pero que ya estaba bajo cuidado médico especializado. Me enseñó algunos resultados de exámenes practicados y las conductas sugeridas; comentábamos el tema y siempre me reportaba sobre los controles de laboratorio. Venía a Santander de Quilichao y siempre me visitaba para tomarnos un café con algo sólido y poder «actualizarnos». Por su lugar de trabajo en Cali, creo que no volvió a visitarme, pero hablábamos con frecuencia vía teléfono celular.

Una noche de diciembre de 2020 al ingresar al estadio Pascual Guerrero para ver un partido América – Millonarios, fui víctima de los amigos de lo ajeno y hurtaron mi celular. Perdí contactos y fue dispendioso recuperarlos, entre los que estaba el de Danielito como solíamos decirle.

Tampoco volví a recibir llamadas de él. Creo que cambié el número. Luego de varios meses sin comunicarnos logré por fin su número y el veinticuatro de agosto de 2021 a eso de las 8 p.m. lo llamé y una vez me identifiqué este fue el diálogo inicial:

Hola Álvaro cómo estás, siquiera que me llamaste porque yo no quería morirme sin haber hablado con vos– De hecho, me estremecí y rápidamente le corté.

¿Cómo así? ¿De qué me estás hablando?

Me voy a morir dentro de siete días, es decir, el próximo martes treinta y uno a las 8 a.m.– me respondió con firmeza, voz clara; se percibía sereno y en extremo lúcido.

Yo que por fortuna estaba sentado -de lo contrario me hubiera desplomado- entré en choque y no daba crédito a lo que escuchaba.

Pero no entiendo. ¿Qué sucede? –

Mirá lo que pasa. No soporto más los dolores en todo el cuerpo que este cáncer me ocasiona. A toda hora con morfina y ya no me sirve. No me puedo mover, estoy postrado en una cama y no puedo valerme por mi mismo. Ya no tengo fuerzas para nada, tengo varios meses así y he decidido que lo mejor es no causar ni causarme más molestia; ya lo tengo hablado con mi familia y estamos de acuerdo todos

Yo estaba entre tanto sin palabras y prosiguió:

Ya lo conversé con la médica que se va a encargar y están en regla todos los documentos necesarios. Es la eutanasia, amigo. Y es un homicidio por piedad, así nadie tendrá problemas. Y ya acordamos también que sea el día y hora que te comento-.

Sin salir del impacto hablamos de otras cosas como en los viejos tiempos algo así como dos horas. Me sentí sollozar. Era mi amigo y quería hablar conmigo. Tuve la alegría de saber que le cumplí un deseo antes de morir, pero también la tristeza de una despedida. Luego me dijo:

Estoy cansado quiero dormir– y nos despedimos no sin antes acordar otra llamada para dos días después.

Lo llamé según la hora convenida el día viernes; se puso contento y este fue su saludo:

Hola Álvaro, qué bueno que llamaste. Quería comentarte que ya no me muero el martes a las 8 a.m. Voy a hacerlo a las 7 a.m. Lo adelanté una hora… yo creo que es mejor morirse a las siete- (…¿¿??…).

Otra vez quedé mudo y ni siquiera le pregunté por qué era mejor esa hora. Me dijo además que esta sería la última vez que hablaríamos.

Mañana sábado no voy hablar con nadie, estará mi hija; el domingo pasaré con mi nieta que llega de USA, el lunes estaré solo con mi esposa y el martes… el martes ya sabes...-

Luego de otros temas coloquiales me despidió con la misma sencillez del saludo. Creo que por mi garganta no pasaba el aire y solo atiné a decirle: –Está bien Daniel… chao

Oré en silencio por su alma y permanecí mucho tiempo sentado reflexionando sobre esa realidad.

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