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Jueves, 25 de febrero de 2021. Última actualización: Hoy

La ironía: Púas y carnavales.

El jueves 21 enero, 2021 a las 8:22 am
Imagen cortesía de: https://bit.ly/39P71O9
La ironía:  Púas y carnavales.

La ironía: Púas y carnavales

¿La gente está loca? No, la gente está manipulada. José Luis Sampedro

El tema de la responsabilidad en el municipio de Inzá genera controversia y división. Hoy, debo enfatizar en la ética ideológica de los pueblos que perviven en el territorio y en la doble moral de algunos, al momento de la toma de decisiones.

En el municipio, las decisiones de las autoridades indígenas en relación con la realización de carnavales y fiestas en sus cabildos, la imposición a los docentes de su presencia en las comunidades y el hecho de no poder expresar sus ideas por temor a la censura y la expulsión parecen una rara ironía. Asimismo, la actitud de los campesinos.

Frente a lo anterior, tal intrepidez crea un campo fértil para los ambientes políticos, económicos, culturales y profesionales de la región nunca antes visto. Considero que, en las comunidades indígenas el tamaño de sus imposiciones solo se puede comparar a una república fascista.

Parece que la acuidad dolorosa de las sensaciones que genera el virus es motivo de fiesta y carnaval bajo la excusa y la retórica que involucra el rito y la costumbre. No obstante, tales decisiones deben estar sujetas a una reflexión ética por parte de sus mayores, gobernadores y consejeros, lo cual deja un manto de duda.

Debo traer a colación que el municipio de Inzá, al inicio de la pandemia fue sitiado por todo tipo de barricadas; las guaduas atravesadas en las vías terciarias y en la eterna Troncal del Libertador fueron una constante. Indígenas aludiendo al cuidado por la madre tierra se hicieron dueños de casi todos los caminos, trochas y carreteras. Sus miradas inquisidoras sofocaron la voz de ingenuos viajeros que pretendíamos llegar a nuestros pueblos natales, sus bastones de mando y su espíritu violento apagó la alegría de volver a casa. Los diversos puestos de control de algunas comunidades se vendieron como nuevas formas de manipulación e intentaron desdibujar la figura de la administración municipal, al punto que surgieron los guerreros de las épocas del mito y la leyenda.

Fue triste comprobar que los alambres de púas, usados en la guerra y en los campos de concentración y de exterminio habían vuelto; pero en manos de los críticos de occidente. A simple vista, pudo ser evidencia de gobernanza, cohesión, pervivencia.

Debo volver a el sistema de poder indígena; muchos líderes parecen estar obstinados en crear súbditos de su incoherente sensación de odio, división y en su afán de dominio y control. Quizás por ello, hieren más allá de la razón y la manifestación exagerada de exigir todos los derechos ignorando sus mínimos deberes.

Tal absurdo puede nacer por dos situaciones. La primera, al desconocer que el mundo de hoy se enfrenta nuevos desafíos que surgen de las diversas maneras de concebir la vida, las relaciones familiares y el entramado del ámbito sociocultural del bello municipio de Inzá y por ello, exigen al punto de dictaduras. La segunda, se evidencia al saber que el adiestramiento indígena está condicionado por el censo; para los consejeros y grandes terratenientes indigenistas lo único que importa es formar una masa multiforme y así poder exigir dadivas, crear caos y división.

Es irónico que ese pueblo amorfo esté plagado de afrodescendientes, campesinos de tez blanca, cabello rubio y ojos verdes, cafés y azules; de individuos llegados de otras latitudes en busca de gloria y fortuna; el colmo, puede llegar a ser mayor ante la creciente llegada de hermanos venezolanos al territorio.

En fin, el nuevo comportamiento del virus debe obligarnos a una verdadera meditación ética en relación con los actos humanos y debe ajustarse a la responsabilidad que todo ser humano tiene sobre los mismos, a su capacidad de cuestionar hasta qué grado está involucrado en la preservación de la vida y la naturaleza, dejando de lado la fiesta y el carnaval.

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Para leer otros artículos del autor aquí:

 ¿La gente está loca? No, la gente está manipulada. José Luis Sampedro   El tema de la responsabilidad en el Municipio de Inzá genera controversia y división. Hoy, debo enfatizar en la ética ideológica de los pueblos que perviven en el territorio y en la doble moral de algunos, al momento de la toma de decisiones.  En el municipio, las decisiones de las autoridades indígenas en relación con la realización de carnavales y fiestas en sus cabildos, la imposición a los docentes de su presencia en las comunidades y el hecho de no poder expresar sus ideas por temor a la censura y la expulsión parecen una rara ironía. Asimismo, la actitud de los campesinos.   Frente a lo anterior, tal intrepidez crea un campo fértil para los ambientes políticos, económicos, culturales y profesionales de la región nunca antes visto. Considero que, en las comunidades indígenas el tamaño de sus imposiciones solo se puede comparar a una república fascista.   Parece que la acuidad dolorosa de las sensaciones que genera el virus es motivo de fiesta y carnaval bajo la excusa y la retórica que involucra el rito y la costumbre. No obstante, tales decisiones deben estar sujetas a una reflexión ética por parte de sus mayores, gobernadores y consejeros, lo cual deja un manto de duda.  Debo traer a colación que el municipio de Inzá, al inicio de la pandemia fue sitiado por todo tipo de barricadas; las guaduas atravesadas en las vías terciarias y en la eterna Troncal del Libertador fueron una constante. Indígenas aludiendo al cuidado por la madre tierra se hicieron dueños de casi todos los caminos, trochas y carreteras. Sus miradas inquisidoras sofocaron la voz de ingenuos viajeros que pretendíamos llegar a nuestros pueblos natales, sus bastones de mando y su espíritu violento apagó la alegría de volver a casa. Los diversos puestos de control de algunas comunidades se vendieron como nuevas formas de manipulación e intentaron desdibujar la figura de la administración municipal, al punto que surgieron los guerreros de las épocas del mito y la leyenda.  Fue triste comprobar que los alambres de púas, usados en la guerra y en los campos de concentración y de exterminio habían vuelto; pero en manos de los críticos de occidente. A simple vista, pudo ser evidencia de gobernanza, cohesión, pervivencia.   Debo volver a el sistema de poder indígena; muchos líderes parecen estar obstinados en crear súbditos de su incoherente sensación de odio, división y en su afán de dominio y control. Quizás por ello, hieren más allá de la razón y la manifestación exagerada de exigir todos los derechos ignorando sus mínimos deberes.   Tal absurdo puede nacer por dos situaciones. La primera, al desconocer que el mundo de hoy se enfrenta nuevos desafíos que surgen de las diversas maneras de concebir la vida, las relaciones familiares y el entramado del ámbito sociocultural del bello municipio de Inzá y por ello, exigen al punto de dictaduras. La segunda, se evidencia al saber que el adiestramiento indígena está condicionado por el censo; para los consejeros y grandes terratenientes indigenistas lo único que importa es formar una masa multiforme y así poder exigir dadivas, crear caos y división.   Es irónico que ese pueblo amorfo esté plagado de afrodescendientes, campesinos de tez blanca, cabello rubio y ojos verdes, cafés y azules; de individuos llegados de otras latitudes en busca de gloria y fortuna; el colmo, puede llegar a ser mayor ante la creciente llegada de hermanos venezolanos al territorio.   En fin, el nuevo comportamiento del virus debe obligarnos a una verdadera meditación ética en relación con los actos humanos y debe ajustarse a la responsabilidad que todo ser humano tiene sobre los mismos, a su capacidad de cuestionar hasta qué grado está involucrado en la preservación de la vida y la naturaleza, dejando de lado la fiesta y el carnaval.
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