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Lunes, 25 de enero de 2021. Última actualización: Hoy

LA ILUSIÓN

El martes 28 julio, 2015 a las 4:55 pm
Bulevar de los Días

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

LA ILUSIÓN

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Ahhh, la ilusión, las ilusiones. Dejar que nazcan en la imaginación, delinearlas con detalles, vestirlas de realidad sin que pierdan su ribete etéreo y dejarlas que vaguen a su antojo en nuestro interior.

Ilusión viene de lucir como una realidad pero sin cuerpo ni contorno nítido. Solo las conciben los ilusos. O sea, los locos. Esa cantidad de seres que sueñan, como los poetas, los artistas, los teatreros. Y los niños. Solo a ellos les ha sido permitido gozar con la ilusión.

¿A quién se le ocurre correr tras una pompa de jabón de día o seguir con la vista a una  estrella fugaz en una noche azul o escribir una comedia o un poema de amor o de dolor?

¿Quién en su niñez o en su juventud no tuvo alguna vez una ilusión feliz? Que ganaría una lotería, – como la historia de la lechera -, que se casaría con la niña más bonita del pueblo o que se ganaría la beca al final del año? Las ilusiones son como los oasis rodeados de palmeras datileras en el desierto para un beduino cansado, como ríos de descanso en donde nadie se ahoga y alguien nada como un campeón olímpico.

Quien pueda vivir con ilusiones será un ser que duerma, sin preocupaciones que lo acorralen. Dormirá las noches enteras y soñará despierto en el bulevar de los días calendario. Soñará que vuela, con alas y sin vestido. O, como Aladino, sobre una alfombra verde con adornos rojos con turbante y un rubí rosado en la frente. O, como un personaje de Avatar montará sobre un colibrí gris de pico negro. O, simplemente, sin alas, emprenderá una carrera por el camino y se elevará sobre las montañas y ciudades y aterrizará donde quiera, sin ruedas y sin estrellarse.

¿Quién no ha soñado así, alguna vez? La ilusión no tiene dueño ni vale como un carro ni pone las condiciones de un producto en el mercado. Es inmaterial, sin cuerpo físico pero llena toda la capacidad de la mente de la persona. La invade, la eleva, la sostiene y no cae o se revienta como la pompa de jabón.

Ah, la ilusión, las ilusiones… qué falta hacen hoy en día. Tantas cosas inútiles, tanta grosería, tanto engaño. No queda tiempo para soñar, para fabular, para echar a volar en una cometa de mentiras a la imaginación. Dejar que el viento, la neblina, las alturas penetren en las neuronas de la fantasía y que sintamos la levedad y la zarabanda de las ondas hertzianas en el oído y el estómago.

Si usted, amigo lector, ha tenido ilusiones entenderá este discurso. Si no, tome un curso de niñez o compre un carrito de madera y tírelo con un cordel por la acera de su casa. Váyase en él y sentirá la felicidad de la ilusión.

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