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La Ilíada

El jueves 18 enero, 2024 a las 10:46 am
La Ilíada
La Ilíada
Foto: Cultura

La Ilíada «Un modelo de educación integral»

Donaldo Mendoza

    El cine y la televisión han aportado mucho al conocimiento de los dos cantos épicos de Homero: Ilíada y Odisea. Sin esa divulgación, la lectura de la Ilíada, en particular, sería privilegio de unos pocos, dado que nada entusiasma aquello de que es “un poema lleno de guerra”, que para Colombia es un lugar común en su historia. En verdad, las cuatrocientas y más páginas (edición de Bruguera) son más que guerra; tienen suficiente material para constituirse en emblema de identidad cultural para los griegos, y en referente de sabiduría para la humanidad.

    La Ilíada y la Odisea datan, aproximado, del siglo VIII a. C. Con el asombroso mérito de ser la ‘primera’ expresión literaria del mundo griego; su autor, sin ningún registro histórico, es Homero. Ciego, para hacerlo adivino, en condición de aedo compone sus cantos en verso (para favorecer la memorización), que es como se difunden, en forma oral, hasta el siglo VI, año 776 a.C.; siendo esta la fecha más antigua que se tiene de conciencia histórica; es entonces cuando uno o varios rapsodas organizan y ponen por escrito los dos cantos de Homero.

    El mito fundacional de la historia es el ‘rapto’ (que parece consentido) de Helena, por un troyano: «¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor!»; y ella, «divina entre las mujeres». Y esto es lo contado: La Ilíada narra la historia de Aquiles; ofendido por Agamenón, jefe aqueo, quien le quitó su esclava favorita, cual trofeo de guerra. En el seno del rencor, Aquiles se niega a combatir contra los troyanos, lo que inclina la balanza de la guerra en favor del enemigo. Ante la inminente derrota, varios reyes aqueos acuden para rogarle que deponga la ira; Aquiles sigue reticente, pero accede a que su amado amigo Patroclo acuda al combate, y le da sus armas. Patroclo muere a manos de Héctor, el héroe troyano. El dolor que produce esta muerte hace que Aquiles baje la guardia de su cólera y, con armas nuevas fabricadas por el dios artesano Hefesto, regrese al combate. Da muerte a Héctor y se ensaña contra su cadáver; hasta que el anciano Príamo, padre de Héctor y rey de Troya, logra con ruegos que Aquiles le permita llevárselo a Ilión/Troya para darle honrosa sepultura. Pactan unos días de tregua, que es también el fin de la obra.     

    Si bien la Ilíada es una obra mítica, que cuenta antiguas leyendas y sus héroes están lejos de los seres humanos de carne y hueso, nos hallamos ante un poeta que se detiene en la descripción de situaciones y escenas cotidianas. En esas circunstancias, nos topamos con la figura sensata y sabia de Néstor, «…para exhortarles con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos». Así nos familiarizamos con usos y costumbres propias de esa patria remota: «…cogiéndonos de la mano, nos introdujo, nos hizo sentar y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer con los forasteros». Y una tierna escena, que aún hoy sorprende en cualquier lugar: «…como una niña que va con su madre y, deseando que la tome en brazos, le tira del vestido, la detiene, a pesar de que lleva prisa, y la mira con ojos llorosos para que la levante del suelo». ¿Y acaso la conciencia social y el sentido ético no dictaría esta imprecación?: «…me oprime el corazón y el alma cuando un hombre, porque tiene más poder, quiere privar a su semejante de lo que le corresponde y le quita la recompensa».

    Brevemente, me referiré a dos aspectos, influencia y estilo, que se desprenden de esta primigenia tradición literaria. Ante un mundo mítico de dioses y héroes de naturaleza superior, el lenguaje debía responder, como en consecuencia ocurre, a ese universo de exaltaciones; en ese sentido, el adjetivo, con énfasis en el epíteto, es una constante en la obra. Aquí unos ejemplos: «Néstor, suave en el hablar.» / «Esténtor, que tenía vozarrón de bronce…» / «Ilión, ciudad de hombres de voz articulada.» / «…la rapaz águila negra, que es la más forzada y veloz de las aves…». Para el amanuense hebreo que escribe la biografía de José, hijo de Jacob, (siglo IV a.C.), fueron muy útiles nueve líneas del Canto VI (pág. 128, ed. Bruguera).

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