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La historia ficticia

El lunes 15 diciembre, 2008 a las 11:04 am
Por Alfonso José Luna Geller

La desilusión y el agobio se apoderaron de nuestras humanidades al borde de la media noche, cuando llegamos a Quilichao con las manos vacías. Nos sentimos derrotados, burlados y hasta comprometidos, por la candorosa intrepidez con que asumimos la posibilidad de devolver la alegría a unos cuantos hogares, precisamente en estos tiempos de navidad.
Desde tempranas horas del día habíamos decidido la renuncia al descanso dominical y a la noche de velitas en familia, por la incierta faena de recibirlos y entregarlos a sus familias, luego de muchos años de despiadado secuestro en las selvas colombianas; la felicidad y el júbilo masivo serían superiores al esfuerzo que requería la tarea. Cualquier sacrificio estaría justificado.
La visita del supuesto guerrillero se planteó desde la noche anterior y muy temprano se produjo el contacto: ustedes deben alistar todo lo necesario para recibirlos y entregarlos a las autoridades, obviamente, junto con otras pruebas de supervivencia que debemos hacer llegar, una vez nos pongamos a salvo. Bueno… ¿pero a cambio de qué? ¿cómo financiar posibles gastos? ¿qué garantías de seguridad tenemos?… Tranquilos, está todo previsto, no necesitamos cobrar ni un peso, lo escogimos a usted porque es un reconocido periodista; necesitamos que esta sea una noticia mundial y usted es el indicado para todos los contactos… Estamos acorralados, desesperados, casi aguantando hambre, con mínimas condiciones de supervivencia; necesitamos liberarnos del acoso y la noticia es una estrategia para permitir un respiro de reacomodo y salir del área.
¿Y la fuerza pública que puede estar por allá? ¿No seremos objeto de judicialización por esta acción? ¿Si nos frustran la misión?. Pues ante todo, es una comisión humanitaria y creo que las autoridades deben entender que el riesgo que vamos a correr es por el bien de nuestra sociedad y de todas maneras, llegaremos a ellas con el resultado de la gestión.
¡Manos a la obra! Dijo uno los cinco integrantes del equipo, quien asumió el rol de coordinador con autoridad voluntariamente cedida para tomar decisiones de grupo. ¿Y cómo justificamos nuestra presencia en el área? Se notará que somos extraños. Surgió entonces, la historia ficticia, que poco o casi nada nos la creyeron en la Estación de Policía a donde fuimos a parar ya como a las diez de la noche, luego de ser abordados en el retén policial que se había montado.
Por la mañana habíamos salido optimistas pero preocupados por la incertidumbre; el médico con su instrumental necesario para atender una víctima en grave estado de salud, los radios y celulares encendidos, el vehículo con camillas y ropas limpias para quienes íbamos a recibir, las cámaras fotográficas, y claro, una inspirada oración que en coro entonamos para que Dios también hiciera parte de la comisión. El supuesto guerrillero en medio de nosotros indicándonos el camino a seguir.
Después de varias horas de recorrido por carretera pavimentada y luego una larguísima trocha, llegamos al primer sitio; estaba controlado totalmente por el Ejército; sin embargo, allí nos bajamos y el guerrillero, vestido de civil, se desplazó hacia un determinado lugar con el conductor del vehículo. Al rato nos llamaron informándonos que no había condiciones para hacer el movimiento por ese sector. Nos encontramos más tarde en una estación de gasolina cercana al sector urbano, luego de que quienes quedamos sin vehículo transitáramos una considerable distancia a pie hasta el pueblo.
El transcurso de las horas sin resultados nos angustiaba. La gente ya comenzaba a vernos como marcianos; presentíamos la noche sin posibilidades de entrega. Por indicaciones del guía, volvimos al área por otro carreteable; el individuo realmente conocía el terreno milímetro a milímetro. En el nuevo lugar nos dividimos; atrás quedé con el coordinador y otro voluntario, una avanzada se desplazó hacia otro sitio más adelante con el conductor, que esperaría al supuesto guerrillero y al médico, mientras traían a los presuntos secuestrados. Ya era de noche y la espera desesperaba.
De pronto, una comunicación: ¡Nos traicionaron, una trampa, estamos cercados! ¡Piérdanse de aquí!. El médico, que alcanzó a llegar más cerca, en su atormentado repliegue, se perdió en el monte por más de una hora, el conductor no sabía para dónde pegar y los tres que esperábamos atrás, perdimos la comunicación con los otros dos compañeros. Se descargaron los celulares, bloqueados los radios y la tenebrosa noche, cómplice de un gran espanto.
Cuando por fin llegó el vehículo, un respiro resucitador; el médico venía embarrado hasta la coronilla, ni siquiera pudo ver a sus pretendidos pacientes y el desmoralizado regreso se inició apresuradamente hasta caer en manos de la Policía, que no pudo entender nuestra historia ficticia, a pesar de que la consigna del día había sido poner todo lo más noble y generoso de nuestro espíritu con el más hondo desinterés, en un dramático encargo humanitario que nunca fue viable.
Ahora, analizando la aventura con la almohada, me parece probable que fuimos víctimas de otro falso positivo montado por un paranoico creído de guerrillero con una historia ficticia mucho más fácil de creer, por los detalles de todo el montaje que estructuró, que la improvisada por nosotros para realizar una tarea que resultó imposible.
Imposible, cree uno, que las cosas puedan así suceder: simultáneamente en otra parte del país, dos miembros de una comisión del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, de asistencia social, murieron y tres más resultaron heridos cuando el vehículo en el que viajaban en una carretera de la selva del sur del país fue atacado con explosivos.
Según el presidente del Concejo Municipal de San Vicente del Caguán, Caquetá; Noberto Clavijo, «la guerrilla pensaba que en el vehículo iban el alcalde y los concejales, amenazados desde hace meses por los guerrilleros”.
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