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Lunes, 19 de octubre de 2020. Última actualización: Hoy

La guerra y la paz

El miércoles 8 abril, 2015 a las 8:44 am
Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

En Colombia, como ambiguo, la paz divide más que la guerra. ¿Será porque vimos tantas películas de Ranger’s, o porque nos hemos creído las historias de Rambo y Terminator?

Un presidente inmaduro fue a metérsele a la cocina de “Tirofijo”, con la idea loca de que tenían que firmar la paz. Foto va, foto viene. Y la anhelada paz se quedó en los pañuelitos blancos que agitamos por las calles, con emocionados discursos que nos llevaban hasta la hilaridad. Nunca antes el país estuvo tan unido. Incluso aceptamos que el presidente inmaduro fuera candidatizado para premio Nobel.

Después llego otro presidente, enano como el anterior, reformó la constitución con la disculpa de un bien mayor para la patria, y al estilo de Rambo cuatro, o Duro de Matar siete, mandó disparar a diestra y siniestra en medio de los aplausos de la inmensa mayoría, quienes propusieron al Papa que lo santificara como el reivindicador de la nación, en la peor comedia trágica al estilo de Esquilo. Terminó con sus ocho años de mandato y la paz a punta de bala no la vimos. Y seguimos matándonos.

La guerra y la paz en Colombia - Imagen - Proclama del Cauca

Hoy, en La Habana, un sitio de eterno carnaval, con ron, chicotes de tabaco para los pobres viejitos a quienes les tienen prohibido el cigarrillo por sus quejambres de próstata, mulatas como la danzarina Encarnación, a ritmo de Son, exploran la posibilidad de un acuerdo con el que pretenden favorecer a unos cuantos guerrilleros, pero que también se rubrique el estilo de la politiquería criolla basada en dulces almibarados y palmadas en la espalda, extendida para las altas cortes con su: tú me nombras, yo te nombro.

Lógico que la división es mayúscula. El 50% quiere constituyente, de los cuales el 40% desean una dictadura paisa por secula seculorum en persona conocida, y el resto 10 %, para acomodar la ley de tal manera que puedan establecer una republiqueta “bolivariana”, donde se pueda delinquir sin sanción por haber sido elegidos por voto popular. El otro 50% queremos la paz, o nos da lo mismo por la costumbre de ver cómo los fuegos artificiales divierten a uniformados de todas las armas y todos los bandos, mientras humildes campesinos quedan con las patas mochas y caminando en muletas.

Ojalá venga el Papa, y con su discurso pausado, ponga las cosas en su sitio. Sin duda hablará claro, como lo ha hecho desde el inicio de su pontificado, para decir que la paz no se logra con la firma de un papel sudado, olfateando a alcohol y a pucho guardado, sino con la justicia que reivindique a tanto compatriota víctima de la violencia descarnada de un país que figura en la esfera internacional como uno de los más desiguales del mundo. Causa real de la guerra, no solo con la guerrilla, sino con todos los actores que desde la culata de un fusil hablan del ahogante desenfreno con que se discrimina y se cierra las oportunidades a la inmensa mayoría de la población.

Por lo menos que lo reconociéramos. Sería el primer paso para conseguir un país en paz, con oportunidades para todos. Que nos ayuden, los líderes espirituales de todas las creencias, a construir nuestro sueño; el sueño colombiano.

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