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LA GUERRA POR LA PAZ

El miércoles 4 junio, 2014 a las 1:13 pm
Gustavo Andres Gonzales Mina

Escrito por: Gustavo Andrés González Viafara[email protected]

Twitter: @GustavoAndresG_

 

La elección presidencial de 2010 estuvo rodeada de un ambiente caudillista en el que poco estaba en juego respecto al futuro del país. El panorama era el de una izquierda debilitada por los escándalos de corrupción en el gobierno capitalino por el llamado carrusel de la contratación que terminó con la destitución del alcalde de Bogotá Samuel Moreno Rojas; la desaparición de los dos partidos tradicionales, los cuales uno reducido a unos pocos espacios burocráticos, tras cederle sus banderas en dos elecciones consecutivas a Álvaro Uribe Vélez y el otro en vía de extinción luego de estar 12 años por fuera del poder, no representaban ningún peligro para los intereses reeleccionistas que hicieron famosa la célebre frase del presidente de turno quien dijo tener “una encrucijada en el alma” encrucijada que se reducía a tomar la decisión de mantenerse en el poder por otros cuatro años o permitirle a cualquiera de sus alfiles que lo hicieran, es decir, la continuidad de la seguridad democrática, que fue la bandera de su gobierno, estaba garantizada.

Pero fue justamente un fallo judicial sobre la constitucionalidad de la reforma hecha exclusivamente para que Uribe estuviera cuatro años más en el poder, el que resolvió esa encrucijada, al declararse inexequible la reforma por errores en el trámite, Uribe que ya tenía dos de sus mejores ministros listos para competir por la primera magistratura, no tenía otro camino que ceder su espacio en la Casa de Nariño.

En la puja por la candidatura conservadora, estaba “Uribito” Andrés Felipe Arias, quien se hizo más famoso por el escándalo de Agro Ingreso Seguro, que por su competencia por la candidatura que perdió con Noemí Sanín, que como era de esperarse hizo un vergonzoso papel en la primera vuelta presidencial.

Santos-Uribe

En la otra orilla estaba el ministro estrella de Uribe, Juan Manuel Santos, hijo de una de las familias más poderosas de este país, quien se había desempeñado en cargos de mucha relevancia, el último de ellos el de ministro de defensa que le mereció el odio no solo de la izquierda colombiana, sino de la latinoamericana, al punto de tener en contra una orden de captura en Ecuador por ser el autor intelectual de la Operación Fénix que terminó con la muerte de Raúl Reyes el segundo hombre más importante de las Farc.

Todo estaba decantado, la aplanadora uribista ganaría nuevamente las elecciones, pese a los esfuerzos de una minoría que desesperada buscó refugio en la posibilidad que le ofreció Antanas Mockus, que se convirtió en un buen invento del uribismo para cercenar las posibilidades de Germán Vargas Lleras y Gustavo Petro, los dos contendores más fuertes que tenía la seguridad democrática, quienes borrados del camino, finalmente tuvieron que, uno asistir sin voz ni voto a la segunda vuelta y el otro, aliarse con el candidato Santos quien finalmente ganó las elecciones.

Sin embargo, contrario a lo que se esperaba, Santos empezó a dar un giro inesperado y en menos de nada tomó decisiones que le causaron una irreconciliable enemistad con su jefe político; la primera de ellas fue nombrar como ministro de agricultura, al exministro de Hacienda del gobierno Pastrana, Juan Camilo Restrepo, quien también había sido uno de los principales detractores de la primera candidatura presidencial de Uribe.

El segundo revés en las relaciones Uribe-Santos fue a causa del reconocimiento que hizo el nuevo presidente, del conflicto interno en Colombia, que a la luz de la comunidad internacional, le daba un estatus de beligerancia a las Farc, tema crucial para algo que muy pocos analistas alcanzaban a vislumbrar.

Otros hechos que marcaron la distancia entre el presidente y el expresidente fue la reconciliación de Santos con el presidente de Venezuela, Hugo Chavez, el peor enemigo de Uribe, y posteriormente el que Santos ternara a Vivian Morales para ser elegida Fiscal General de la Nación, un cargo que completaba más de un año en interinidad debido a la desavenencia entre el presidente saliente y la Corte Suprema de Justicia, Morales investigó y encarceló a varios de los más cercanos hombres de Uribe entre ellos el exministro de agricultura Andrés Felipe Arias.

Pero las diferencias no pararon allí. Aprovechando una tendencia izquierdista de dos de los miembros de su familia, Santos utilizó las relaciones con los Castro en Cuba, para iniciar acercamientos con las Farc, en busca de que esa guerrilla se sentara a negociar la paz en unas condiciones totalmente diferentes a las del bochornoso episodio del Caguán, que prácticamente había cerrado cualquier posibilidad de una paz concertada con ese grupo rebelde.

Santos, sobrino nieto del expresidente Eduardo Santos, autor de una de las reformas laborales más generosas de la historia de Colombia, que le entregó a los trabajadores unos beneficios que fueron desmontados uno a uno durante los ocho años de gobierno de Uribe, mostró una tendencia de gobierno mucho más social que la de su antecesor, algunos le atribuyen esa posición a la herencia de su abuelo Enrique Santos, el famoso “Caliban”, columnista respetado de la editorial El Tiempo, herencia que influyó directamente en Enrique, el hermano del presidente, a quien muchos le arrogan los primeros acercamientos con las Farc, grupo al que conoce desde hace mucho tiempo.

Así las cosas la división entre el presidente y su antiguo jefe era inminente, con su método más usual, Uribe empezó a lanzar trinos a través de su cuenta en twitter que dejaron ver su disgusto con el heredero de sus tres huevitos, la situación fue incierta, hasta que el presidente reconoció que el exmandatario no le contestaba el teléfono y después de eso se iniciaron los ataques frontales por parte de Uribe quien para ese momento no rebajaba a Santos de traidor; mientras eso sucedía, Santos ganaba espacio en la opinión de una dirigencia que cada vez reconocía en el mandatario una tendencia social, y que además veía con buenos ojos los diálogos de paz.

En el camino para las negociaciones, Santos logró en el Congreso la aprobación del Marco Jurídico para la Paz, una reforma constitucional que faculta al Estado colombiano para dictar normas tendientes a la justicia transicional, encargada de dar condiciones para el pos conflicto.

Sin embargo estas negociaciones defendidas a capa y espada por un amplio sector de la sociedad colombiana, también cuentan con unos enemigos acérrimos, liderados por el expresidente Uribe y su candidato presidencial Oscar Iván Zuluaga.

El debate electoral se ha centrado en el tema de la conveniencia o no de estas negociaciones, donde tres de los cinco candidatos, incluyendo al presidente, han defendido los avances que ya cuentan con acuerdos en tres de los cinco puntos de la agenda, tierras, participación política y narcotráfico, no obstante, la excandidata Martha Lucia Ramírez, antecesora en la cartera de defensa de Santos durante el gobierno Uribe, se ha mostrado en desacuerdo en la forma en que se adelantan las negociaciones, mientras que Zuluaga ha variado en su posición al vaivén de su favorabilidad en las encuestas y a la perspectiva del momento de la opinión pública.

La campaña ha estado rodeada de ataques inescrupulosos entre candidatos, enlodada de mentiras y ausente de propuestas, pero lo más preocupante ha sido la manipulación de la opinión pública por parte del expresidente Uribe quien haciendo uso de su método de la mentira ha lanzado denuncias de las cuales, sin retractarse directamente, ha luego variado su versión, como el caso de las supuestas pruebas de infiltración de dineros ilícitos en la campaña de Santos en el 2010, las cuales redujo a indicios que hasta el momento no han sido mostrados al país.

La incertidumbre corre por cuenta de la marcada posición de Zuluaga de poner unas condiciones imposibles para que los diálogos continúen y el interés de Santos de concluir esas negociaciones que él inició, dándole al país la histórica oportunidad de terminar con una guerra de 50 años. Ese, que es el deseo de muchos colombianos, ha estado manchado por mentiras como la de que Timochenko será el próximo ministro de la seguridad ciudadana o la de que guerrilleros que hayan cometido crímenes atroces irán al Congreso, desconociendo que estas negociaciones cuentan con vigilancia internacional que no da pie a la impunidad, por el necesario cumplimiento de los pactos internacionales, que con la experiencia de otros países e incluso de hechos históricos como las guerras mundiales, cuentan con una nutrida normatividad en materia de resolución de conflictos.

Ese es el mapa electoral que rodea la campaña, que cuenta con un ambiente de incertidumbre que se resume en una guerra frontal entre dos candidatos por definir la conveniencia o no de alcanzar la paz en Colombia.

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