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LA GRACIA

El domingo 8 febrero, 2015 a las 7:09 pm
Rodrigo Valencia

Rodrigo Valencia Q ©

Algunas gentes veían a Jesús comiendo y bebiendo en las fondas, y entonces desconfiaban de él. «Es amigo de publicanos y pecadoras», decían los escribas y fariseos, acusándolo. Y en una ocasión en que salía de la fonda, Jesús encaró a algunos de ellos. «Mirad, nunca entraréis al Reino, el Padre no os ha llamado con la sutileza de la gracia. Por eso no creéis en mí, mi luz no os alcanza. Y en verdad os digo, el día del juicio, las prostitutas y los publicanos os precederán en el Reino de los Cielos, porque los sanos no tienen necesidad de médico sino los enfermos». Y entonces se alejaron de él musitando reproches; pero un hombre de mediana edad vino y se le acercó, y lo convidó a su casa. Jesús aceptó y caminaron hasta ella, que quedaba fuera de la ciudad; así tuvieron tiempo de compartir un buen rato de la tarde, y entre una y otra palabra el hombre preguntaba por el significado del Reino. «No entiendo, Maestro; tú eres un hombre que toca las alturas, pero mi entendimiento no alcanza para tanto», dijo. «Renunciad a todo entendimiento; solamente mirad hacia adentro y dejad que venga la mirada de la Gracia; tú eres el templo del Dios vivo», le enseñó Jesús. Y en esas, dos niños vieron que su padre se acercaba a la casa, y corrieron a recibirlo con regocijo y abrazos; entraron los cuatro, y la esposa se unió a ese cálido recibimiento. «Benditos sois del Padre, porque tenéis un hogar donde puede entrar la luz; veo que el amor es aquí un sentimiento mutuo, aquí habita el ángel de la paz». Y luego se sentaron a oír las palabras que el Maestro les decía. La esposa era una mujer bella, tenía en sus ojos cierta dulzura que daba confianza, tenía el cabello anudado con una trenza morena; les trajo una bandeja con panes ácimos de trigo y cebada, y les sirvió algo de beber. «Es extraño; todavía la tarde guarda la mirada del sol, pero ya debería ser de noche», dijo ella más tarde, mirando por la ventana que daba hacia la parte trasera de la casa, por donde aún brillaban las colinas con el sol de los venados. Pero entonces Jesús se despidió, y al salir, ya era noche intensa. Ellos se preocuparon y le dijeron: «Buen hombre, por favor, quédate a dormir aquí». Jesús aceptó: «De Dios vengan las gracias; esta casa es un buen templo para la piedad; cumpliré aquí, entonces, mi cita con Alguien que me espera donde las estrellas hablan, y allí oraré por vosotros».
Afuera arreciaba fuerte brisa, con su música del viento.
RVQ
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