Jueves, 17 de junio de 2021. Última actualización: Hoy

La furia del Puracé

El martes 18 mayo, 2021 a las 1:55 pm
La furia del volcán Puracé

La furia del Puracé.

Por: Álvaro Jesús Urbano Rojas.

Han pasado 72 años desde aquel jueves 26 de mayo de 1949, cuando un grupo de 18 ansiosos escaladores del Liceo de bachillerato de la Universidad del Cauca, organizaron la excursión en la casa de Carlos Pérez por convocatoria de Tulio Mosquera Canencio; emulando a sus intrépidos contendientes estudiantes del colegio Champagnat, que 15 días antes habían avistado el cráter del volcán, sus arenales y los dorados pajonales que lo circundan. Necios ante las advertencias de los indígenas de la zona que se negaron a guiarlos y sordos ante los bufidos estrepitosos del Puracé, movidos por su arrojo juvenil, valor y tenacidad, marcharon de cara a la cima a desafiar el imponente volcán, guiados por el joven Alejandro Caldas M., quien conocía la ruta que surcaba el trágico episodio, aprovechando el inicio de las vacaciones para transgredir la prohibición de los rectores del Liceo, Carlos Hernández Pérez, y de la Universidad del Cauca, Luis Carlos Zambrano, quienes de manera tajante negaron el permiso. Todos los intrépidos escaladores apostaron de a dos pesos cada uno, en favor del primero que coronara el portentoso cráter: humeante, hosco y perturbador.

La salida se programó a las cuatro de la mañana, por esperar a Alberto Ávila Ordoñez, quien no compareció oportunamente a la cita, salieron a las cuatro y media de la madrugada de la plazoleta de Santo Domingo, en una colorida chiva Ford 45 que los acercó a la base de la montaña.

A las seis de la mañana, desde las instalaciones de la mina de azufre, emprendieron la caminata siniestra de cara al cráter, advertidos por el graznido luctuoso de un cuervo que sobrevolaba con aleteo angustioso los pajonales dorados, los frailejones pubescentes y los pequeños robledales.

Los excursionistas asumieron el ascenso con sus pechos henchidos de emoción, animados por risotadas y chacotas frecuentes y sus miradas fijas en el cráter, dispuestos a irrumpir la furia del coloso, escalaron el cono volcánico mientras el verde se hacía avaro y el sendero se tornaba agreste. Superado las empinadas faldas, soportaron las inclemencias del viento gélido con su fuerza cortante y acuchilladora. Ya en los arenales se hacía difícil caminar y respirar, las piedras sueltas se deslizaban hacia el precipicio y el volcán con sus fauces humeantes de más de ochocientos metros de diámetro, no dejaba de rugir para disuadir la intrepidez de los muchachos.

Con su porfiada testarudez los jóvenes dominaron la altura, sin dejarse amilanar por los estrepitosos tremores del volcán, profanaron la montaña de fuego, poseídos por el vértigo, empezaron a gritarle insultos e improperios. Uno de los muchachos muy cerca de las estribaciones del cráter, gritó: “explotá hijueputa si sos berraco”. De repente el coloso los fulminó con una lluvia de piedras y lava hirviente, los desgajó por los abismos como ángeles encendidos dejando esparcidas tiras de piel, cadáveres de cosas, hilachas de ropa y rezagos de avío a medio sepultar entre las rocas humeantes de vapor sulfuroso, cuyas cenizas se esparcieron por dos semanas sobre las techumbres añosas de Popayán.

El rescate fue impresionante, el primero en llegar fue don Benjamín Arboleda, él con su habilidad de cazador experimentado, organizó una comisión de rescate y alcanzó a ayudar a los dos únicos estudiantes sobrevivientes: Napoleón Montealegre y Alberto Ávila. Los socorristas aprovecharon pedazos de arbustos incinerados para simular los restos, entre los despojos se encontró un reloj de pulso cuyas manecillas se habían detenido justo en la hora trágica, el desfile fúnebre mostró un drama conmovedor que aún se recuerda. Los cuerpos sin vida transitaron por el pueblo de Puracé antes de seguir a Popayán, en una caravana de sirenas ululantes que dejó muda de dolor a la ciudad y enlutados los hogares de los bravos escaladores. La destructora erupción inmoló 16 estudiantes. Sólo se salvaron Alberto Ávila Ordóñez, quien murió hace quince años y Salomón Montealegre, prestigioso y octogenario médico que murió el año pasado. Desde esa fecha, el volcán ha permanecido sin tremores pero activo.

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