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LA ESPERA

El lunes 25 junio, 2018 a las 3:13 pm
LA ESPERA

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

LA ESPERA

LA ESPERA

Imagen de referencia, tomada de: https://bit.ly/2MkR4BY

Recuerdo una película que va describiendo la amistad del perro con su dueño que vivía fuera de ciudad y debía viajar a diario en tren. Tenía unos lugares fijos en donde acostumbraba a jugar con él en las horas que estaba con él. Bien en un parque, frente a su casa o cuando iba caminando hasta la estación del tren.

El director va narrando y mostrando el tamaño y la profundidad de la amistad y comprensión que había entre el dueño y su perro. Era obvia la entrega mutua mientras los mostraban juntos en la casa, en la calle y cuando se despedían y tren se iba alejando y el perro se quedaba solo y volvía a casa.

Todos hemos leído historias de la fidelidad del perro con su dueño o hemos sido testigos del cariño y apego que se llegan a tener entre sí, tanto el dueño como el animal. Mas este ejemplo que pongo de relieve en esta reseña tenía un tono o toque muy singular.

Sí. Todos los dueños se hacen amigos casi inseparables de su perro después de convivir por un tiempo importante de su vida. Hay un comportamiento y unas demostraciones de amistad entre los dos que se parece a la de entre humanos.

A este respecto, traigo a cuento lo que confesaba Emily Dickinson de su perro Carlo a su mentor Thomas W. Higginson: «Me acompañan las Colinas – el Crepúsculo – y un Perro – tan grande como yo, que me compró mi Padre – Ellos son mejores que los Seres humanos -porque saben – pero no dicen, – y el ruido del Estanque al Mediodía – supera a mi Piano-*

El dueño del perro, al bajar del tren y querer tomar la calle para encontrarse con su perro sufrió un accidente mortal. Siempre el guionista se da cuenta de inmediato y le dio la noticia a su perro. Había que ver cómo el perro entendió la situación, cambió la serenidad con la que esperaba en la esquina a su dueño. Desesperado salió corriendo por calles y avenidas sin importar el peligro de tranvías, bicicletas y autos.

Corrió y corrió, paraba para verificar el rumbo y seguía. Hasta que llegó al sitio donde había sucedido el accidente. Ya no estaba allí su amo amigo. Lo habían recogido muerto y lo habían llevado a la morgue. Olió la sangre, intuyó la imagen de lo que había ocurrido y dudó unos momentos. ¿Qué hacer? ¿Para qué dirección tomar sin saber a dónde lo llevarían quienes lo encontraron.

Los transeúntes ni lo miraban y el perro inquieto daba vueltas y miraba los gestos de quienes pasaban a su lado. Hasta que sintió la mirada de alguien que había visto días atrás a su amo con él y se detuvo. Lo reconoció y se extrañó verlo solitario y ansioso. Iba y se devolvía y no sabía a dónde ir ni qué hacer. Sí, algo extraño había sucedido. El perro no iba con su dueño. Era la hora del encuentro y era el lugar donde todos los días lo recogía.

Trató de recogerlo y le habló pero no levantaba su testa. Prefirió ir hasta el monumento del frente y allí se recostó tozudo, con su cabeza entre las patas, a esperar a su dueño.

21-06-18                                                   11:30 a.m.

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Otras publicaciones de este autor, aquí: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

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