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Domingo, 19 de enero de 2020. Última actualización: Hoy

El miércoles 12 noviembre, 2008 a las 9:11 am

LA ESCRITURA EN MEDIO DE LA GUERRA

www.unc.edu/…/003/004/Pugsley/historia.html

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

leoquevedom@hotmail.com

Todo oficio requiere un mímimum de tranquilidad y ocio espiritual. Las máquinas son voraces fieras que cortan dedos y desfiguran la persona si por un momento el operario se distrae con ruidos o trifulcas. El zapatero puede adquirir una uña negra más un morado edema en su dedo gordo por un martillazo, si en la esquina se estrella un bus o desde una moto el parrillero dispara a quemarropa al cliente ya pagado. O el chofer puede chocar con el poste si se le atraviesa en su camino una bomba de mujer en minifalda.

La atención humana y la concentración de las neuronas no fueron educadas para soportar el cúmulo de distractores y traqueteos que nos llegan desde los campos de batalla. Prende uno el radio o el televisor o abre la ventana de su alcoba y de inmediato le llega a sus ojos y a sus oídos el fragor de las peleas verbales, de las películas de acción y narcotráfico o guerrillas, o las imágenes de atentados, asaltos a mano armada o la invasión de fuerzas militares a territorios enemigos. La globalización con sus tentáculos no respeta la intimidad, la edad, ni escuelas ni hospitales. Entra como perro sin escrúpulos, ladra y saca de la nevera el kilo de carne adobada para el guiso del medio día.

La escondida cueva que poseía Jerónimo el asceta en el desierto ya fue descubierta por los satélites y el avión fantasma. Su pluma fue barrida por el viento de helicópteros que transportaban a mercenarios a luchar por un poco de agua en el oasis en donde se bañaba en la mañana. No hay lugar a donde la tecnología, el raeguetón y sus tambores, la publicidad y sus mujeres desvestidas no perturben la paz que necesita el ser humano para meditar e hilar ideas.

El escritor de hoy no tiene el ambiente de sosiego y solaz que la mente necesita para cavilar y urdir escenarios, personajes, episodios y desenlaces. Tampoco Cervantes gozó de reposo en las cárceles y travesías por los mares para redactar uno a uno los capítulos de su larga historia de molinos, curas, Dulcineas y posadas.

No se podrá decir que la escritura es un oficio para desocupados o monjes de clausura. El escritor deberá tener un ojo sobre la página y una mano en el teclado, pues con el otro ojo deberá observar lo que ocurre en el planeta y con la otra mano conseguir para el mercado. No se puede concebir que quien escribe sólo lo hace para fruición propia y por gastar su tiempo garabateando alegorías y desvaríos. Sus historias y relatos deberán reflejar su entorno y concordar con la realidad en que viven los lectores. La literatura no es un rezo para que las cometas se eleven a las nubes, ni se piensa para hacer pensar a los querubines, ni es producto de un gruñido entre los sueños.

La escritura es un don esquivo que navega entre el humo de los incendios, entre el ruido de ladridos en la noche o entre sirenas de ancha cola o de las que asustan en los clips de los realities reenlatados. El escritor debe sacar la mano de entre el humo de las armas y dar respiración artificial a su corazón hambriento de ilusión. No puede parar su actividad de fabular, de echar a volar palomas sin maíz, de semejar a dar a luz desde su estómago a punto de llorar, por esta guerra que gobierno y facinerosos se han empeñado en no acabar.

12-11-08 – 8:23 a.m.

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