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La distracción histórica en Colombia

El martes 11 septiembre, 2018 a las 4:39 pm

La distracción histórica en Colombia

La distracción histórica en Colombia

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Aun cuando antes del incidente del Florero de Llorente, los movimientos comuneros y el pensamiento independentista, soportaron toda clase de distractores a manera de astucias para desviar la atención con el fin de atajar sus intenciones, se prefiere tomar el episodio de “La Patria Boba”, como el génesis continuo de eslabones con que se inició la cadena para amarrar la posibilidad del discernimiento que pudo evitar el desvío continuo hacia las determinaciones perdidas.

En este primer episodio, bajo el argumento de establecer un sistema centralista o federalista, se cocía toda una lucha por los puestos, la tierra, los impuestos, por el reconocimiento, aún de la misma España.

Mientras esto ocurría, los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y toda Europa, crecían sus comercios y asentaban sus intereses en América.

El pensamiento visionario de Bolívar, el dialogo con San Martín en Guayaquil y los diálogos con los argentinos en el Potosí, se perdieron porque los autócratas locales imbuidos en la falacia de las autonomías, impidieron la formación de una inmensa republica americana.

De estas circunstancias se alimentarían los sectarismos necesarios para más adelante dividir al país en partidos para propiciar conflictos y guerras cuando fuesen necesarias, así se dieron las guerras de Los Supremos, y toda esa serie de escaramuzas que afectaron la planeación y programación de la producción nacional.

La Guerra de Los Mil Días, máxima expresión de cómo se arman las guerras para satisfacer diminutos intereses, llevó al país a una desgastante violencia que terminó por agotamiento de los dos bandos y sin saber por qué se peleaba.

La firma de las actas de terminación del conflicto tampoco aportaron nada a la convivencia, pero sí se sacrificó el crecimiento del cultivo y las exportaciones del café, tabaco, quina, algodón, las manufacturas y lo más grave, la situación propició la separación del Istmo de Panamá, auspiciada por los Estados Unidos, perdiéndose la participación de Colombia en el canal interoceánico.

Por las condiciones de las tierras caribeñas para el cultivo del banano, se entregaron bajo el pretexto de la inversión extranjera a la compañía Norteamericana United Fruit Company, además dueña del tren, instauró un imperio aberrante, imponía los precios, acabó con los hacendados locales, usó la fuerza pública de la nación a su servicio, generó la protesta social que ocasionó cientos de muertos, “La masacre de las bananeras”.

De la escaramuza con el Perú, porque en sí guerra no hubo, le quedó a Colombia una factura enorme por las municiones viejas que le vendió Estados Unidos, aumentó en forma desproporcionada la deuda externa. Atrás del distraído sentimiento patriótico, también se hacen negocios; así no interesen las fronteras.

Después, la violencia partidista, otros años de muerte y desplazamiento, pájaros y chusmeros, conservadores y liberales, haciendas y fincas arrasadas, se repite el sacrificio de la producción agropecuaria, el campo escenario de violencia, hasta cuando por arte de magia los jefes de los partidos descubren que no hay motivo para tener trescientas mil víctimas; que la mermelada alcanza bien repartida.

Con el antecedente del golpe de estado, de la dictadura militar y del acuerdo de los jefes de los partidos liberal y conservador, qué fácil iniciar el Frente Nacional, se repartió la burocracia, el presupuesto y la economía del país; se excluyó a los no firmantes y allí se gestó la acción subversiva, con una nueva guerra para otros cincuenta años.

Cada generación ha vivido así su etapa de horror y distracción histórica, diluida en el tiempo, “porque las generaciones condenadas a cien años de soledad, no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra”, así termina la novela de América, bicentenario de horror y muerte.

La repetición incesante de los hechos se oculta en eventos distractores, para que la atención se pierda en cosas etéreas, sin importancia, con el fin de que la razón y la conciencia no actúen, sino que se diluyan.

Luego los “Cuerpos de Paz” y “La Alianza para el progreso”, y aparece la marihuana, la coca y la amapola, y así el narcotráfico, y el monopolio de los abonos y los fungicidas, otras utilidades, otra guerra y otras relaciones con la política y el poder, el estado y la iglesia se doblegan y se construye la cárcel de “la catedral”, simbólico nombre de grandeza, humillación y muerte, para terminar en lo que no terminó nunca, el proceso 8.000, el paramilitarismo y la guerrilla.

Todo aquí distrae, aun los fines del estado, porque su función se enreda en los asuntos particulares, razón por la cual, el ciudadano desprevenido asume que toda actuación pública, por buena que parezca, tiene algo escondido, un interés soterrado que lo engaña, de allí la estrategia “del caracol”.

A continuación el delirio por el Nobel de un presidente, un país que vota NO a la paz, los Acuerdos del Teatro Colon, todo un enredo, las disidencias y los incumplimientos, la incertidumbre de una nueva violencia.

Y sin más alternativa se convoca a señalar la corrupción, pero en el ambiente hay otros distractores más fuertes que se reflejan en espejos múltiples que deforman, hasta acabar la imagen para distraer la historia.

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Otras publicaciones de este autor: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/nelson-eduardo-paz-anaya/

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